miércoles, 7 de octubre de 2009

Aquí se cocinará nuestro futuro...

Pues sí amigas y amigos, a estas alturas del partido, nosotros, los que hemos tomado la escritura como algo más que una afición y ansiamos publicar y, por supuesto, los que ya lo han hecho, hemos perdido la ingenuidad tan abruptamente como pierde una gitana lustrosa su virginidad el día de la boda, mostrando el pañuelo ensangrentado para goce de familiares y amigos. Y pobre de ella como no sea así.
Atrás quedaron los días en los que pensábamos que escribir era lo más difícil, el verdadero reto. Ahora sabemos que lo complicado es, en realidad, lo que viene después: hacerse un hueco en el mercado editorial. Un mercado en constante evolución, con ejecutivos, analistas, vendedores, ojeadores, datos, gráficos y toda la pesca. Perdonad si mi lenguaje suena esta vez algo más soez que de costumbre. La culpa quizá sea del comisario Llob, genial creación de Yasmina Kadhra y su “trilogía de Argel”, que he estado leyendo estas semanas y que ha sido tan revelador como dos buenas hostias dadas en toda la jeta (o la chola como diría él) para darme cuenta de la realidad.
Pero nunca es tarde si la dicha es buena y a mal tiempo buena cara. ¡La leche! Sí que se me ha pegado, sí. Bueno, este sarcasmo ácido que envuelve mi pluma virtual es una muestra del nerviosismo que invade mi futuro próximo. Y el vuestro.
¿El nuestro?, diréis… ¡Ja! ¡Os he pillado! Pues sí. Un profesional del sector me alumbró con algo que desconocía y que, con toda seguridad, es una de las razones por las que las agencias y editoriales esperan antes de pronunciarse sobre algunos manuscritos que están en su poder. ¿¿Qué razón?? -diréis abrumados por la perplejidad, pues barrunto que algunas y algunos ignorabais que podía haber una razón lógica. Pero la hay, porque no olvidemos el principio de la entrada: esto es un mercado de negocio, económico, puro y duro.
¿De qué se trata Sergio? Vale no os hago esperar más: pues se trata de la Feria del libro de Frankfurt, de la que dependerá el futuro de unos cuantos de nosotros: la que marcará la tendencia en las ventas, el género de moda, lo que se llevará en los próximos meses y los huecos que se abrirán o se cerrarán. Algo así como la Pasarela Cibeles con hojas y e-books en vez de trapitos.
Por eso no os extrañe recibir emails pasadas unas semanas: crucemos los dedos.


Y ya que estamos, pues me he informado un poco de qué va este tinglado y comparto la información con vosotros y vosotras porque me caéis bien, ja, ja.. Así que me quito el abrigo lleno de agujeros del comisario Llob, y paso a un discurso aséptico y formalito digno de un periódico como el País o elABC, por poner dos ejemplos para todos los gustos. ¡Que Dios reparta suerte!


La feria del libro de Frankfurt, Alemania (Frankfurter Buchmesse, Frankfurt Book Fair) es la mayor feria comercial de libros del mundo. Lugar de encuentro de los expertos de la industria literaria: editores, agentes, libreros, escritores e, incluso, productores cinematográficos.
Está considerada como el mercado más importante en temas de derechos, lincencias y en general en todo lo relativo al universo literario y los medios de comunicación.
Se suele celebrar anualmente por octubre; este año 2009, en concreto, entre los días 14 al 18, siendo China el país invitado de honor.
Os pongo el enlace, que permite la traducción al español.
http://www.frankfurt-book-fair.com/en/fbf/

Algunos datos de infarto referentes a 2008 que podréis encontrar en la página y que os pueden aportar una ligera idea:

Expositores: más de 7.300 expositores procedentes de 100 países.
Visitantes: más de 299.000.
Los visitantes profesionales: alrededor de 186.000 de 117 países (75 % de los visitantes procedentes de Alemania y el 25 por ciento desde el extranjero).
Periodistas: alrededor de 10.000 periodistas de 63 países
Agencias literarias: 286 agencias.
Publicaciones: 402.284 , de las cuales había123.496 títulos nuevos
Eventos: alrededor de 2.900.
Área: aproximadamente 172.000 metros cuadrados
Online-inscripciones: alrededor de 15.000 visitantes profesionales registrados, 2.000 en virtud del mismo libreros y más de 800 traductores.

Por supuesto las Agencias Literarias tienen su apartado propio dentro de esta feria, en el pabellón 6.2, que posee, además, distintos servicios como reprografía, fax, salas de reuniones, de exposiciones, área de noticias y un bar, que será testigo de acuerdos rubricados con una gran jarra de cerveza.


Según la página web, este punto de encuentro de las agencias es, desde 1978, el más importante y activo dentro de la Feria de Frankfurt. En él se dan cita casi 300 agencias y más de 500 agentes, lo que puede dar una idea del intenso trabajo y movimiento.
Otra cosa interesante que he encontrado en la página web, aparte de publicaciones, búsqueda y consulta de libros, exposiciones de editoriales, etc. es lo referente a los datos de publicación de libros. Por supuesto, me he centrado en los españoles. Son datos fiables y objetivos que toman el pulso a nuestro mercado editorial y que, en mi opinión, son muy interesantes. Y con esto termino. ¡Que aproveche!
Información sobre la producción de libros en España

Ventas
En 2005, la industria del libro español alcanzó unas ventas totales de aprox. € 2.933.000 millones (2001: € 2.607.000 millones).

Las 29 mayores empresas de publicación fueron responsables de 63,2% de estas ventas en 2005. Las ventas totales aumentaron un 1,8% en comparación con el año anterior.

Libros representaron el 75% de las ventas, el 25% provino de otros productos, principalmente películas (48,8%) y CD-ROM (27,4%). (Fuente: Federación de Gremios de Editores de España: Comercio Interior del Libro en España 2005).

Producciones Libro / nuevas publicaciones por año
Título de la producción de 2005: 69.598 (2004: 67.822), Nuevas publicaciones de 2005: 35, 046
Fiction (14.208 títulos)
Non-Fiction (14.879 títulos)
Literatura infantil y adolescente (11.756)

Estadísticas de la licencia
En 2005, el español fue una vez más uno de los 10 idiomas más importantes para la venta de los derechos y licencias a otros países.
Para las empresas editoriales de Alemania, España ocupa el cuarto lugar después de Polonia, la República Checa y Corea del Sur por los derechos de las licencias vendidas en el extranjero. En 2005, las empresas editoriales alemanas venden 529 derechos de las licencias a España (2004: 465), o el 7,1% del volumen total. La concesión de derechos para los españoles en la literatura infantil y de adolescentes también sigue aumentando. Después de sólo 112 de los derechos o licencias en 2004, el total fue de 145 en 2005. Esto sólo es superado por las ventas para el chino y coreano. (Fuente: Buch und Zahlen Buchhandel en 2006).
Exportaciones e importaciones
Las exportaciones se redujeron en 2005 en comparación con el año anterior, mientras que las importaciones aumentaron.
Las exportaciones totales de 2005: € 452.894 millones (2004: € 467.954 millones)
Las exportaciones a Alemania 2005: € 28.886 millones (2004: € 39.321 millones)
Las importaciones totales de 2005: € 43.927 millones (2004: € 39.735 millones)
(Fuente: Federación de Gremios de Editores de España: Comercio Interior del Libro en España 2005.)
Número de empresas editoriales 2005: 1.272 empresas editoriales ; 724 empresas editoriales son miembros de las asociaciones de editores (2004: 1.265 empresas de publicación / 701 miembros de la asociación).
Desglose:
Las grandes editoriales: 26 (las ventas de entre € 18.1 y 60 millones de € al año)
Medianas empresas de publicación de tamaño: 107 (ventas entre € 2,41 y € 18 millones al año)
Las editoriales pequeñas: 549 (ventas entre € 0,3 y € 2,4 millones al año)
(Fuente: Federación de Gremios de Editores de España: Comercio Interior del Libro en España 2005).
Las ventas por punto de venta:
Las librerías y cadenas de librerías: 48,8% de cuota de mercado
Centros comerciales: 9,8%
Quioscos: 5,3%
Clubes del libro: 3,9%
La ficción se vende principalmente a través de librerías, cadenas de librerías y centros comerciales, con los clubes del libro desempeñan un papel importante para la venta de literatura infantil y de adolescentes (8%).

jueves, 1 de octubre de 2009

Martín Eden o el sueño de ser escritor.

Mi agradecimiento al compañero Oriafontan de Locus Literario por haberme recomendado este libro.

Martín Eden es un libro de extremos, un viaje catártico desde el fango de la ignorancia humana hasta la cumbre de la belleza. Y el medio de transporte de ese viaje es la palabra impresa, leída, soñada.
Pienso que todo autor que se precie, y, desde luego, todo escritor que empieza el oficio debería leer Martín Eden. A mí, personalmente, me ha conmocionado, me ha noqueado. Porque todas las inquietudes que puede sentir alguien que escribe y que ansíe publicar están condensadas en sus páginas, de forma tan densa ―con tanta nitidez y tanta crueldad―, que te dejan sin aliento.
En pocos libros que yo recuerde he tomado tantas notas, he subrayado tantos párrafos: Jack London nos desborda con un compendio de sabiduría, cual manantial, que brota y brota hasta cubrirnos.
Toda la obra es un canto a la lucha por mejorar, por aprender, por superarse. El punto de partida no puede ser más desolador: la ignorancia acunada en la pobreza, enquistada en ella. Es ahí, donde un marinero hasta entonces embrutecido (Martín), un día, eclipsado por una mujer de clase social superior de la que se enamora, percibe que “hay algo más”, algo que fluctúa en la realidad que le rodea, dotándola de hermosura. Esa hermosura está encerrada en los libros, apresada sin saber cómo ni de qué forma. Sorprendido por la existencia de la belleza, la fija como meta para triunfar, asegurando con ello el amor de esa mujer. Pasa de ser un marinero a un buscador de belleza, una belleza que ansía expresar en voz alta, pero que se le escapa, se le pierde entre las manos porque carece de herramientas con las que dominarla. Y, es tan grande ese sentimiento, tan puro, y él es tan cabezota, tan fuerte, tan acostumbrado a conseguir lo que quiere a través del trabajo, del esfuerzo, que se pone por meta lograrlo.

>>Y entonces, con esplendor y gloria, nació la gran idea: sería escritor. Sería uno de esos ojos a través de los cuales ve el mundo, uno de los oídos, a través de los cuales el mundo oye, uno de los corazones a través de los que el mundo palpita.

La lucha de personaje por alcanzar la belleza literaria es narrada con todos los lastres y las trabas que podemos encontrar hoy en día. Arranca en la ingenuidad del artista en ciernes, pobre, radicalmente pobre, que al sentirse capacitado y seguro de sí mismo se relame con las venideras fortunas ganadas gracias a las letras. Y es ahí donde el destino lo vapulea de forma constante y sin concesiones por medio de los anónimos y despóticos rechazos:

>>Todos los días pasaba a máquina lo que escribía y copió también sus primeros manuscritos. Y su sorpresa fue grande cuando, a máquina y todo, volvieron a rechazárselos. Con gesto tenaz y agrio los mandó a nuevas publicaciones.
>>…No acabó la frase, sino que miró por todo el humilde cuarto, hasta que su vista se detuvo, triste, en el montón de escritos rechazados, que, fríos en los sobres, se hallaban en un rincón, sobre el suelo.

Por el camino, cual flor a la que se le caen los pétalos, Martín va perdiéndolo todo: la familia, los amigos, los seres queridos… y se encuentra cara a cara con la soledad más absoluta del artista. El artista que pasa hambre, que no duerme, que no vive por poder escribir. Nadie cree en él, y solo él tiene fe en sí mismo. Nace aquí una demoledora crítica contra el sector editorial en dos vertientes bien diferenciadas:

  • La propia máquina editorial en sí misma como un ser abstracto:
    >>Era como las máquinas tragaperras, que cuando se metía una moneda por una rajita hacían un ruido de metal loco y echaban un chicle o una pastilla de chocolate. Según se echase la perra por una rajita u otra, así salía el chocolate o el chicle. Eso pasaba con la máquina editorial. Una rajita daba cheques, otra trabajos devueltos. Hasta entonces él no había acertado con la rajita buena. Lo peor de todo eran los papelitos impresos que solían acompañar los trabajos devueltos; con ellos quedaba completamente establecido el carácter mecánico de la devolución. Si hubiese recibido un solo reglón escrito a mano, de carácter personal, aunque fuera rechazándolo, lo hubiera agradecido. Pero ningún director daba pruebas de existencia. Así, llegó a la conclusión de que no había nadie al fin de la cadena: tan sólo una máquina bien engrasada, de funcionamiento perfecto.
  • Y los que gobiernan dicha máquina editorial: los editores.
    >>Hablando de editores y directores, yo te diré que la aptitud del noventa por ciento para serlo es nula. Suelen ser escritores fracasados. No creas que prefieren el aburrido trabajo de pupitre que hacen y la esclavitud a las razones económicas a la alegría de escribir. Trataron de escribir y han fracasado. Y aquí está lo paradójico: toda entrada al reino del triunfo literario está guardada por estos fracasados de la literatura. Los directores, subdirectores, los editores de libros, en general, son escritores fracasados. Y, sin embargo, ellos, los seres más inadecuados que hay, son los que deciden qué se debe publicar y qué no se debe publicar. Ellos, los que no han demostrado originalidad y gusto, son los jueces de los originales y con buen gusto.

Pero como dije, Martin Eden es un libro de extremos. Y como tal, es fiel a sí mismo. Ese es el único “pero” que pongo a la historia, no porque no sea real, ni honesta, sino por el mensaje desolador que queda al escritor obnubilado por la belleza: la más absoluta soledad. Un rasgo profundamente autobiográfico, un vaticinio del autor sobre su propio futuro.
Dejo aquí mi reseña para no deshilachar más la imaginación del lector y me quedo con la tristeza, al acabar el libro, de haber perdido un antihéroe tan extraño como digno de ser recordado. Una especie de Conde de Montecristo, cincelado por la cultura, con un objetivo grabado a fuego sobre su conciencia.
Y, en medio de ese caos espeso, de esa melancolía brumosa y oscura del genial Jack London me quedo con dos apuntes:

Su definición de la escritura:

>>El escribir …era el esfuerzo consciente de liberarse de una angustia y el momento límite que indicaba que otra angustia había de surgir. Era algo como eso que hacen muchos hombres y mujeres, el "desahogarse", que les lleva a decir hasta la última palabra de un dolor real o imaginario para curarse de él.

Y el otro, un rayo de luz en medio de la densa niebla de párrafos y letras, que nos hace, a pesar de todo, creer en la esperanza:

―Pero, Martín; si eso es así, ¿cómo es que hay escritores que han triunfado?
―Llegaron a triunfar…, triunfando. Haciendo tales maravillas, tan gloriosas creaciones, que quemaban con su fuego y reducían a cenizas todo lo que se oponía a su triunfo. Y eso es lo que yo quiero hacer:
triunfar.

¡Gloria a Martín Eden! ¡Gloria a Jack London!

domingo, 27 de septiembre de 2009

Mi experiencia con la corrección


A raíz de una pequeña conversación con la encantadora Esther, de Prosófagos, blog: (http://www.necesidadyazar.com.ar/), he estado dándole vueltas al tema de las correcciones.
Como sabéis, dejé pasar un mes desde que acabé mi cuarto manuscrito, antes de iniciar la labor de pulido. Me preguntaba Esther si la experiencia de este “descanso” me había parecido productiva, pues, antes, yo era de los que nada más acabar, corregían y mandaban a editoriales y agencias.
Le dije que necesitaba madurarlo, pues no lo tenía muy claro.
Bueno, pues lo he meditado un poco y sigo hecho un lío, así que voy a tratar de desenmarañar la madeja a ver qué encuentro.
Para ello necesito echar mano de dos opiniones o comentarios de otros compañeros de foros y blogs:
1) Espartano (Blas Malo, http://lenegaron27.blogspot.com/), otro genial escritor en ciernes, habitual de Bibliotecas Virtuales, nos expuso a los compañeros del foro su método de trabajo. Os pongo el enlace por si queréis echarle un vistazo porque es de lo más interesante.
http://portal.bibliotecasvirtuales.com/es/foros/mis-contactos-con-las-agencias?page=33
Básicamente, Espartano establece tres pautas: un hilo temporal de la obra, una sinopsis corta de una página, y una sinopsis larga de unas quince o veinte páginas con lo más importante de cada capítulo, sobre la cual se establecen las correcciones antes de pasarla a la obra en sí. Lo que es obvio es que su método funciona, por lo menos a él le funciona, y deja claro su profunda seriedad y profesionalidad a la hora de iniciar una corrección, contando, además, con el asesoramiento de una agencia literaria.
2) naTTs y su excelente blog Palabras, ladrillos, muros y otras historias (http://cutthesewordsandtheywouldbleed.blogspot.com/) habla en sus últimas entradas del proceso creativo, diferenciando los distintos métodos que tienen los escritores a la hora de abordar la narración de una obra. Básicamente (aunque es malo generalizar) hay quienes perfilan a los personajes y definen muy bien la trama o tramas de la obra, subtramas y sucesos más importantes antes de empezar a escribir. Incluso hacen una especie de guión, o sinopsis (Ken Follet). Otro grupo parte de un personaje o personajes y de una situación concreta, sin guión previo, aunque sí puede tener una ligera idea, que puede ser tan simple como una situación o una imagen recurrente. Sería algo así como una labor de arqueología en la que vas desenterrando sin saber exactamente lo que encontrarás. Depende de lo que les de por hacer a los personajes. Y así el escritor puede llevarse una sorpresa: al principio pensabas que ibas encontrarte un carro romano, y luego se trata de una catapulta, por decir algo. A este grupo pertenecería Stephen King (y un servidor, pero lo digo en voz bajita porque ponerme al lado del maestro es mucho poner, claro…je, je).
Os invito a echar un vistazo el blog de naTTs.


Os preguntaréis: ¿Qué relación he establecido entre ambos comentarios de Espartano y naTTs?
Pues mirad, después del mes de descanso, cogí el manuscrito con muchas ganas y empecé la corrección. ¿Las sensaciones? Bueno, pues para mi decepción fueron rancias. Algo así como si se me hubiera dormido el cerebro. Me encontraba entumecido, y me costaba entrar en la historia. Luego fui arrancando motores y terminé a todo trapo, trabajando muchas horas y sin descanso hasta que terminé la corrección “gorda”. Entré con la intención de pasar la guadaña, os lo juro, pero no fue así. Eso sí, como en mi manuscrito tienen mucha importancia los flashbacks decidí cambiar el tiempo verbal de algunos capítulos, pues yo los había escrito en presente. Eso me llevó un montón de trabajo y resultó una labor muy pesada. Corregía, leía y volvía para atrás a volver a leer. Un tostón.
Lo positivo: a pesar del coñazo de corregir los tiempos verbales de un montón de páginas el resultado me gustó mucho. Creo que es un buen manuscrito, y que va ganando fuerza a medida que pasas páginas, algo habitual en mi forma de escribir. Leerme exige un esfuerzo, tienes que subir una colina para contemplar lo bueno que hay detrás. Supongo, claro, ya que hasta ahora casi nadie ha leído mis manuscritos.
Bien, llegados a este punto e hilvanando con el inicio de esta entrada: nada más terminar la corrección gorda, estaba tan cansado que no sabía por dónde tirar. Bueno, tenía claro que era el turno de la sinopsis, pieza que me cuesta mucho conseguir y que es clave para “enganchar “ a editoriales y agencias.
Lo primero que hice fue imprimir el manuscrito en papel, para lo cual os aconsejo que vayáis a una copistería o reprografía y lo llevéis en lápiz de memoria. Es más rápido y sale más barato que hacerlo en vuestra casa, que os lo dice uno que se tiró un día entero para sacar un manuscrito en su pequeña impresora. Además encuaderné el manuscrito y buff…¡vaya subidón! Es una satisfacción difícil de expresar. Me encantó verlo en papel, y creo que no se puede comparar a ver tu manuscrito en digital, ni de coña. Estaba, ¿cómo decirlo?, límpido. Como vestido de fiesta. Hermoso.
Bien, volviendo a lo de la sinopsis. Leí el comentario de Espartano y empecé a realizar resúmenes de los capítulos, pero no llevaba ni tres hechos cuando me di cuenta de que no podía seguir, que aquello era superior a mis fuerzas. ¡¡Seré vago!!, me repetía exasperado. … Entonces me dio por pensar. Creo que la corrección, la sinopsis, la redacción de un hilo temporal, se fusionan de alguna forma con el proceso creativo. Para mí, cuando escribo, me es imposible ser tan metódico, tan frío. Ojo, no es ni de coña una crítica al método de los demás, señalo lo que me ocurre a mí, pues ya he remarcado que el método de Espartano me parece super profesional y seguro que mucha gente del sector lo usa. Pero, ¡chicos y chicas, yo no puedo usarlo! Jolines, me ha faltado darme coscorrones contra la pared, pero nada, ni argumentando las cosas positivas: Sergio que tienes memoria de pez, dentro de un mes no te acordarás de por qué tu personaje fulanito hizo tal o cual cosa, ni podrás explicar qué ocurrió antes de esta otra… ¡Es verdad, todo es verdad! Pero yo no puedo. Es algo que va en contra de mi forma de concebir mis historias. Cuando han sido muy largas he anotado en un papel algún dato para no meter mucho la pata, pero de ahí no he pasado. Para mí sería como diseccionar la historia, abrirla en canal e ir destripándola… y va en contra de mi proceso creativo. No me puedo plantear por qué mi personaje decidió matar a este otro: simplemente lo hizo así en ese momento, mientras yo escribía con total honestidad. Para mí fue creíble en el momento de esa creación y ahora no voy a entrar a replanteármelo.
Os aseguro que si hubiera leído el manuscrito y me hubiera chirriado pues habría cambiado cosas. De hecho lo hice con alguna escena puntual, algunos párrafos y frases. También lo de los tiempos verbales.
Así que Esther, contestando a tu pregunta: creo que el descanso ha sido bueno en la medida que ha enfriado “la pasión” con la que escribí el manuscrito. Adormeció mis sentidos y pienso que eso te da cierta objetividad, ganas perspectiva. Ahora bien, como autor –y esto es a nivel solo personal- tengo serias limitaciones a la hora de pulir. Creo que yo tengo un nivel de saturación, impuesto por mi propio sistema creativo: obviamente creo que es bueno corregir, y corregiré, pero hasta cierto punto. Si la obra, tras una relectura, en líneas generales me gusta, no voy a seguir amasándola como un trozo de pizza, ni distorsionándola en función de si mi estado de ánimo se encuentra triste, melancólico o efusivo. Quizá mi método sea el menos recomendable, el menos purista. Pero para mí, hacer otra cosa, sería quitarle frescura a la historia. Aniquilarla. Porque en ella hay un hilo mágico, invisible, que fluye de alguna manera de forma subconsciente, que no puede ser analizado, ni descuartizado, puede percibirse pero no reproducirse en laboratorio.
Siento ser un pésimo corrector. Solo espero que si algún día me coge alguna agencia o editorial pueda adaptarme a sus exigencias.

Muchas gracias Esther por haberme hecho meditar. También aprovecho para indicar lo mucho que valoramos (me consta que lo hace un montón de gente) tu labor generosa de corrección en Prosófagos.
Chica, tienes cualidades mágicas. ¿Dónde las aprendiste, en Hogwarts?

jueves, 24 de septiembre de 2009

PARA QUE HAYA SOMBRA, TIENE QUE HABER ÁRBOL.

Hoy tocaba McDonald´s para comer. Así que he cogido el coche y he ido a un centro comercial cercano.
A mi mujer y a mí nos encanta comer comida basura mientras vemos capítulos de Las chicas Gilmore en el DVD. Tiene que ser algo relacionado con el subconsciente porque las protagonistas de la serie, Lorelay y Rory (madre e hija), sólo comen porquerías -muchas y a todas horas-: pizzas, dulces, chocolate, hamburguesas, rollitos de primavera… je,je, lo que nos gusta a nosotros y, claro está, lo que en una dieta sana no se puede comer todos los días. Así que nos permitimos un homenaje de cuando en cuando, con el consiguiente arrepentimiento posterior, que no es muy sentido, todo sea dicho.
Bueno, el caso es que aparco en frente de la entrada del McDonald´s, me bajo del coche y empiezo a caminar, contemplando los nubarrones que se acercan por el este, tan negros como la tinta china. Camino deprisa, siempre lo hago, es una costumbre. Pero, para mi sorpresa, veo a un hombre que debe frisar los cuarenta, entrado en carnes, apretar el paso, y, con gran esfuerzo, ponerse a mi altura. De la mano, lleva a su hijita (supongo que debe serlo) de unos cinco añitos, linda y mofletuda, que a trompicones y sin protestar, sigue el ritmo de su padre. Durante unos instantes he sentido que manteníamos una especie de carrera por llegar a la entrada de la hamburguesería. Me ha parecido fuera de lugar que alguien quiera romperle los meniscos a su hija pequeña con tal de llegar antes a la fila de comida rápida, así que he frenado un poco para dejarles pasar primero. El tipo, con gran avidez, se ha colocado raudo en la única cola disponible en ese momento. Eran más de las tres de la tarde, y la punta de clientes había decaído.
Total, ahí estoy yo, tras padre e hija, y un hombre y su mujer, esperando turno. Lo bueno del McDonald´s (y os juro que no es por hacer propaganda) es la eficiencia con la que te atienden, por lo menos al que voy yo. El encargado ha abierto otra caja, y la cola se ha dividido en dos, para gran satisfacción del “padre destroza meniscos”. Bueno, ya me queda menos, pienso. Pero no las tengo todas conmigo. En esto, llega un viejo y se pone detrás de padre e hija. Un hombre mayor, de los de manual, ya sabéis: pantalones grises y rebeca de punto blanca. Terminan de despachar a padre e hija, pero la chica de la caja donde espera el viejo se ausenta un segundo. Al mismo tiempo, la pareja que está delante de mí también acaba de recoger su pedido. Como llevan una bandeja bastante voluminosa, cargada con todo el repertorio del menú, me hago a un lado para dejarlos pasar. Y ocurre. Claro.
El viejo da una zancada y se pone en mi cola, y pide. Y le atienden. Quiero un café cortado, dice.
Frunzo el ceño. Me pongo a su altura y le digo: Perdone, señor, iba yo primero. Repito la frase pero el viejo hunde la barbilla en el pecho, sin mirarme y hace como que no me escucha. Observo el audífono en su oreja derecha, su cara arrugada y la piel salpicada de manchas. Enarco una ceja y lo dejo estar. El encargado que pasa por ahí, me observa hosco, y me invita a hacer el pedido, pero de mala gana, con malas pulgas. Con una expresión flotando en su rostro que viene a decir “joder, tío, deja en paz a ese pobre viejo, no seas maleducado, ¿no ves que es un hombre mayor?” Eso también me joroba bastante.
Tras cinco minutos de espera, pago y recojo mi bolsa. Antes de irme, puedo ver de soslayo al viejo tomando café con su mujer en una de las mesas del fondo. Suspiro y me marcho.

Otro caso:

Un sábado por la mañana, bien temprano, llevo a mi padre a comprar al mercado de Santa Florentina, un conglomerado de puestos situados en el interior de un edificio de principios de siglo XX, recién remodelado. A mi padre le gusta comprar allí la verdura y el pescado que le encarga mi madre.
La historia comienza de forma parecida: estaciono el coche en una avenida aledaña, rebusco en mis bolsillos una moneda y me acerco a la máquina para sacar un tique de aparcamiento. Imaginaos la escena: las aceras están desiertas, hay un montón de plazas para aparcar, no se ve un alma a la vista, camino con la moneda entre los dedos y, de pronto, cuando apenas me quedan diez metros para llegar hasta la máquina, aparece un hombre –que debe rondar los sesenta- corriendo a todo lo que le permiten sus piernas. Me quedo perplejo, tardo en comprender que ese hombre se juegue (sus meniscos) por coger turno en la máquina. Total, que no me “pico” y le dejo alcanzarla antes que yo. No quiero ser cómplice de una muerte prematura, ni nada de eso. Bueno, pues el viejo se encorva delante de la máquina y mete tembloroso la mano en sus pantalones, saca un monedero todo pellejudo y empieza a buscar con impaciencia una moneda. Medio minuto, un minuto, minuto y medio, y yo detrás, esperando con mi moneda entre los dedos. Puro egoísmo, algo ridículo. No quiero pensar qué sería de nosotros si estuviéramos en la época de las cartillas de racionamiento. La de hostias que nos íbamos a dar por conseguir un poco de comida.

Lo que quiero resaltar con esta entrada es que ese tipo de cosas me pasan cada vez con más frecuencia. Ya no son hechos aislados. Lo curioso es que me ocurren con gente mayor, supuestamente educada, gente que ya olvidó lo que es tener acné hace mucho tiempo.
Cuando me ocurren me produce cierto desasosiego, cierta inquietud.
Entonces recuerdo el libro de Saramago: “Ensayo sobre la ceguera”, un libro muy escatológico pero que, a mi parecer, refleja muy bien la delgadísima línea que nos separa del embrutecimiento. Del palo, el fuego y las pinturas en las cavernas. Saramago describe a la perfección los rasgos más impíos de la sociedad, los rasgos más “humanos”. Tiene frases que dejan huella, y juega hábilmente con los refranes populares para poner al descubierto nuestros mayores defectos, lo ruines que podemos llegar a ser.
“Si no somos capaces de vivir enteramente como personas, hagamos lo posible para no vivir enteramente como animales”.
Como suele decirse, en situaciones límite o catastróficas, sale a la luz “lo mejor y lo peor del género humano”, es verdad, los hechos heroicos, pero no sé… últimamente parece haberse perdido algo de esa dignidad, de ese cultivo por las buenas maneras, o por lo menos, las mínimas maneras.
Es como si la mala educación se hubiera extendido como la mala hierba en un jardín, que nadie, o casi nadie, se preocupa por cuidar como es debido. Los políticos (sea del bando que sean) señalan con desdén a las plantas jóvenes, pero se olvidan con frecuencia, que el mismo descuido crece también alrededor de las viejas.
Por supuesto sería una falacia generalizar, pero me queda ese mal sabor de boca, ese resquemor. Siento que nuestros mayores han perdido tanto o más que los jóvenes. Porque solo puede perder algo quien alguna vez lo tuvo. Y lo tuvieron, porque en mis recuerdos no tan lejanos, las personas mayores eran la primeras en saludar cortésmente, las que cedían el sitio a las embarazadas, las que pedían permiso antes de entrar, o las que preguntaban el turno en la tienda… En definitiva, se mostraban dignas, se comportaban como “señoras y señores”. No era una cuestión de dinero, ni de rango social.
Por eso termino, esta entrada-reflexión, con otro refrán: “A quien buen árbol se arrima, buena sombra le cobija”.

Y me pregunto: ¿Dónde está el árbol ahora?

domingo, 20 de septiembre de 2009

Despedida de soltero

Son las seis y cuarto de la mañana y acabo de regresar a casa de la despedida de soltero de un buen amigo. Era una despedida mixta -de chicos y chicas- porque Juanjo (que así se llama el novio) tiene un buen puñado de amigos y amigas.
Para mi esposa ha sido un momento especialmente emotivo. Juanjo es para ella como el hermano que nunca tuvo. Durante la cena en el restaurante le ha leído una hermosa carta que a punto ha estado de hacerlo llorar. Me quedo con un mensaje hermoso: la amistad entre hombres y mujeres, más allá de tópicos y dichos populares malintencionados. Y, yendo un poco más allá, con el agradable sabor que deja la "amistad" sin géneros.
La despedida ha sido sencilla, sin espectáculo de striper ni nada de eso. Como en los viejos tiempos: una reunión de amigos en torno a una mesa, bebiendo, charlando y echando unas risas. Por supuesto, ha habido bromas picantes con un vaso en forma de genitales femeninos, tetas saltarinas, camiseta para el novio, chapas para los amigos, refranes picantes, y nata, mucha nata.
Yo, aparte de participar con mi esposa en los preparativos (una semana agotadora), he hecho algo que se ha convertido en una tradición para nuestro grupo de amigos: dibujar un cómic con caricaturas de los presentes. Esto provoca siempre la risa de ellos, y, verles tan felices me hace feliz a mí. Hoy he compuesto una breve historia, titulada "El señor de los culillos", una versión propia de "El señor de los anillos", con una buena dosis de cachondeo made in "Sergio". Por supuesto, Juanjo era el protagonista de la historia en el papel de Juanjo Bolsón, acompañado por Asensio y Puri, dos amigos que son "mis musas artísticas", aunque les pese... ja,ja.
El broche de la despedida lo ha puesto "La Choni", una muñeca hinchable a la que el novio ha dado vida insuflándole aire de sus propios pulmones. Después, la ha vestido con lencería fina y medias negras compradas por dos perras en un "chino".

Parece mentira lo que puede dar de sí una muñeca hinchable. Tras la cena, hemos ido al Campamento festero, porque aquí, en Cartagena, estamos en fiestas de Cartagineses y Romanos. Hemos paseado entre las distintas casetas (que están agrupadas por tropas y legiones), bailando, bebiendo y saltando, todo ello con la Choni como reclamo de la gente que se cruzaba en nuestro camino. El novio se ha hecho como media docena de fotos con extraños, y otros y otras, no se han cortado un pelo en comprobar la profundidad de los orificios de la Choni con sus propias manos.
Pobrecilla, vaya sobeteo le han dado. Si lo pensáis bien, no hay nada como un muñeco o una muñeca para invitar a la risa y al entretenimiento. A la felicidad porque sí. Una alegría tonta, de esas que sacan la sonrisa del más serio. Ha sido un gustazo.

Para finalizar, hemos acabado sentados en una terraza comiendo churros con chocolate, como no podía ser de otra forma. Charlando tranquilamente. Incluso le he contado a dos amigas que escribo. Se han quedado sorprendidas (mis amigos no lo sabían). Te das cuenta de la percepción errónea que tienen las personas que no conocen nada acerca de cómo se las gasta el mundo editorial. No imaginan lo realmente difícil que es poder llegar a publicar.
Tras los churros y el merecido descanso, hemos dejado al novio a buen recaudo de la novia (que estaba también en el campamento "en su propia despedida") y cada uno ha tomado una dirección distinta de regreso a casa.
Mi esposa y yo hemos caminado un buen trecho -ella con un tremendo dolor de pies por los zapatos de tacón-. Ahora duerme como una bendita. Y servidor escribe.
Sí, escribe y está feliz por ello.

Un abrazo a todos y, si me lo permitís, ¡brindo por la amistad!

jueves, 17 de septiembre de 2009

La soledad del escritor

Este personajillo que se ve en la foto es Keitaro Urashima, un agapornis papillero, criado por mi mujer desde que era un pollito. Como podéis ver tiene una expresión dulce e inteligente (lo cual es curioso porque no posee ni cejas, ni nariz). El caso es que Keitaro tiene una novia: otra agapornis llamada Midori, voluptuosa y posesiva. Pero Kei-Kei (como llamamos a Keitaro) no le hace mucho caso, la verdad. Pensábamos que se animarían a tener descendencia, pero en vez de eso, se dedican a perseguirse por la jaula y a quitarse el columpio. Obviamente, siempre gana ella. La culpa de toda esta falta de interés, reside, tal vez, en que el cabroncete de Kei-Kei desahoga sus instintos en una bola de plástico de esas que hay dentro de los Kinder Sorpresa. O dicho claramente: que se tira a la sorpresa (sin relleno, claro).
A estas alturas de la entrada os preguntaréis a dónde quiero llegar. Bueno, pues para quien no lo sepa: los agapornis emiten un sonido agudo y discontinuo, especialmente molesto. Keitaro y Midori son una de las chirriantes muestras de afecto que pueblan mi vida cotidiana y que, aunque esté mal el decirlo, a veces, se convierten en un suplicio.
No sé qué os pasará a vosotros, pero yo, para escribir, necesito un profundo silencio. Como vivimos en un pisito dentro de un barrio humilde, recurro a tapones para los oídos.
Tengo que decir que me siento mal por ello. Desde que escribo en serio me he vuelto un poco egoísta. Cuando tengo una historia en mente, necesito volver a ella casi a diario, y olvido con asiduidad otras cosas. A menudo tengo la sensación de que al escribir y conforme pasa el tiempo, me convierto poco a poco en una especie de ermitaño.
Por eso, no puedo evitar recordar las palabras del maestro Hemingway respecto a la soledad del escritor:
"Para escribir me retrotraigo a la antigua desolación del cuarto de hotel en el que empecé a escribir. Dile a todo el mundo que vives en un hotel y hospédate en otro. Cuando te localicen, múdate al campo. Cuando te localicen en el campo, múdate a otra parte. "

Tengo la sensación de que los escritores son como mineros que escarban en lo profundo de sus mentes, y que, a pesar del esfuerzo y el trabajo, disfruntan con ello. Ansiando día tras día volver allí, al interior de las cavernas que pueblan sus sueños.
¿Qué os parece?

sábado, 12 de septiembre de 2009

Oda a los lectores profesionales



Hace un par de entradas, el compañero Daniel DC (cuyo blog podéis ver pinchando en el enlace de la derecha de esta página), me hizo reflexionar sobre los lectores profesionales.
Me aportó otro punto de vista distinto al que yo tenía, claro. Eso es lo bueno de los blogs, los foros y en general la comunicación que te brinda Internet: tienes la posibilidad de conocer de la mano de otras personas un medio para tí inaccesible, por lo menos de momento, que en este caso no es otro que el negocio de la literatura o el cine.
Como sabéis, en la entrada “Con la puerta en las narices” un servidor se lamentaba de no obtener una respuesta de rechazo más personal a sus manuscritos que la típica y estandarizada carta de rechazo.
Copio extractos de los comentarios de Daniel, por considerarlos de suma utilidad para muchos de los que ansiamos publicar, agradeciéndoselo de antemano. Oye, Daniel, incluso me siento un poco mal por hacerlo, en cierta medida me aprovecho de tu sabiduría, ¿Qué tal si publicamos esta entrada simultáneamente en tu blog y en el mío? Sería algo así como una unión de fuerzas, je,je
Daniel DC:
…Hace una década, comencé a entrar en la cinematografía y opté por el camino difícil: enviaba guiones a los estudios, productoras y agencias de representación. Todas me mandaron cartas de rechazo. Luego me propuse estudiar cine y al participar en los festivales, conocí a personas clave que me ayudaron a comprender, cómo opera la industria del entretenimiento.
Desde ese entonces, defiendo a la industria y su mecanismo de operación.
Tanto las productoras de cine y televisión, como las editoriales y agencias literarias, reciben miles de manuscritos “no solicitados” todos los días. Los lectores asignados, deben presentar un informe de los posibles recomendados; la decisión que tome la directiva, dependerá de la corriente literaria o idea del momento.
¿Qué hace un lector asignado cuando toma un manuscrito? Revisa la primera página; si no cumple con los estándares, de formato y estructura literaria, lo descarta y toma el siguiente manuscrito.
Si un manuscrito llama su atención, lee aleatoriamente dos o tres páginas para ver si mantiene el formato; de no cumplirlo, lo descarta y va con el siguiente, hasta encontrar uno que si cumpla con los estándares.
La política interna estipula que no deben leer manuscritos no solicitados (los que más abundan), como no pueden responder a miles de personas todos los días, tienen un formato de carta de rechazo que envían como solución diplomática…
….Cuando se está por fuera de la industria y se desconocen los motivos de una actitud de rechazo en conjunto, la persona se siente víctima y su primera reacción es hablar mal del proceso. Al emplear la empatía, se entiende por qué toman esa decisión.

Me explico:
Imagínate que consigues trabajo en una editorial, te asignan la posición de lector y te dicen: «debes presentar un informe al final del día sobre los manuscritos que te asignaremos», de pronto, te sientas en un mullido sillón y te colocan sobre la mesa 10 manuscritos. Tu primera impresión es si leo rápido, los puedo terminar al final de la tarde. Pero cercano a las 11:00 a.m., te colocan sobre la mesa 30 manuscritos más. Pudieras decir: “Bueno, entrego este informe a las 5 de la tarde y me llevo el resto de los manuscritos a casa para poder avanzar y los reporto mañana.”
Al día siguiente, con los ojos rojos del trasnocho, tienes el informe listo. Llegas al trabajo y te consigues en la mesa 40 manuscritos con la asignación del día y así sucesivamente a lo largo de la semana.
Luego de un par de meses, debes tomar una decisión: o renuncias o tomas medidas drásticas.
La solución: manuscrito que no se adapte al formato, será descartado.
“¿Cuál es el formato?” preguntarás.
Voy a preparar una entrada en mi Blog para suplir todas las dudas.
Un cordial abrazo,

Daniel DC”.
Es obvio que todos esperamos, Daniel, la entrada en tu blog para poder ver cuál es ese formato estándar. ¡Acabas de abrir la Caja de Pandora! Creo que tu blog va a pasar a ser uno de los más visitados en cuanto la hagas. ¡¡¡Avisa!!!
Bueno, ahora en serio, en este punto comienza realmente mi propia entrada:


La Oda al lector profesional.


¡Va por vosotros, semidioses anónimos!

Es temprano y hace frío. Los cristales de la oficina están empañados por la escarcha, y abajo, los coches se apelotonan en una garganta luminosa que atraviesa la ciudad.
Sobre la mesa, cual pilares, se apelotonan decenas de manuscritos anillados de distintos grosores. Algunos tienen portadas dibujadas, otros son asépticos, fondo blanco y títulos en negro, los que prefieres. Tu jefa te ha dicho que tienes que entregar cuatro informes para el mediodía. Acabas de abrir uno de los manuscritos, al azar, y estás recostado en el duro sillón que tiene marcada tu silueta, con la luz de la lamparita verde a tu izquierda y el vasito de café de máquina sobre la mesita. Los cuadros baratos de la pared, imitación de grandes artistas, son los de siempre, el aroma perfumado de la habitación idéntico al de ayer, incluso el murmullo de gente que corretea por los pasillos de la agencia es el mismo que de costumbre. Te pones los tapones en los oídos para separarte del mundo, dejando atrás el sonido constante de los teléfonos. Umm… Después de varios años en este trabajo tienes claro tu oficio. Has desarrollado ese sexto sentido al que, secretamente, llamas “molde cósmico”. Consiste en abrir un par de páginas y ver si todo encaja. Líneas, párrafos, lenguaje, “tono”, argumento, personajes… Es fácil cuando uno sabe cómo hacerlo, aunque solo con aceite hirviendo lo confesarías públicamente. No, no, señorita, mi oficio es el arte más difícil del mundo. ¿Sabe cuántos manuscritos no solicitados nos llegan? Muchos, muchísimos.
Y tú eres uno de los filtros. La barrera de contención, el rompeolas del arte. Capaz de resistir las embestidas llenas de esperanza de autores anónimos sin despeinarte, sin enarcar una ceja, sin sentir remordimientos. Es un trabajo profiláctico, ¿no? Algo limpio. Sonríes en la penumbra. Estás bañado en la burbuja de luz de tu propia realidad, donde eres un semidiós. Tus dedos sostienen el folio que acabas de abrir. Un trabajo limpio, repites. Meditas en silencio, tu silencio. En algún lugar de tu mente está a punto de activarse ese mecanismo frío y calculador por el que te pagan. Un dedo imaginario se agita en el aire antes de pulsar el botón donde no hay vuelta atrás. El molde cósmico tiene que estar “en servicio” antes de que tus ojos se posen en la primera línea.
Sientes un escalofrío. Toses. Bebes el último sorbo de café y te hundes en el áspero sillón. El dedo continúa en el aire, pero no pulsa el botón. “Un trabajo limpio”. Observas el reloj de pulsera… “Por una vez…”. Suspiras. “Hay tiempo”, murmuras. No puedes oír que acabas de hablar en voz alta. Pero estás solo en la habitación. Tú y los manuscritos, un dios en el jardín del Edén.
De pronto, recuerdas. No sabes por qué, supones que es el cansancio del fin de semana, o los años que no pasan en balde. Sí. Recuerdas. El viejo desván en casa de los abuelos, la linterna grotesca de la Guerra Civil, la sábana polvorienta. Subías a oscuras y te acurrucabas protegido del mundo para leer. “La isla del Tesoro”, “Ivanhoe”, “Viaje a la luna”, “Los tres mosqueteros”… Sientes otro escalofrío al volver a la realidad. Te descubres mirando los horribles cuadros. ¿Por qué son horribles? Son imitaciones, te dices. Carraspeas incómodo. De repente te has dado cuenta de algo. Algo que te provoca un sudor frío por la espalda. Los libros, tus queridos libros. Aquellas hermosas novelas de juventud, que leías con pasión. Has tenido una revelación. Esas novelas no pasarían tu “molde cósmico”. No. Es un pensamiento tan horrible como verdadero. Sientes una profunda melancolía.
Tu mente contraataca: tienes que pagar la hipoteca, el Euribor ha subido medio punto, la luz un tres por ciento, toca la revisión del coche dentro de dos semanas, hay que comprar los libros de las niñas… Asientes, cabizbajo.
Pero no pulsas el botón. No esta vez.
Y lees la primera línea, y hasta el primer párrafo, con la mente límpida. Sin filtros, sin estándares, sin pensamientos preconcebidos.
Disfrutas leyendo.

Un millón de horas después la puerta de la habitación se abre. Te quitas los tapones de los oídos. Para tu sorpresa es la mujer de la limpieza, Cari, que te sonríe con afecto.
-¿Todavía sigues aquí?
-¿Qué horas es? –preguntas perplejo.
-Oh, más de las seis.
-¿Y la jefa?
-Creo que se marchó a Madrid y no volverá hasta mañana. Le salió una reunión urgente.
Parpadeas y cierras el manuscrito. Llevas dos terceras partes leídas. Observas el montón que descansa sobre la mesa. Sonríes por tu buena suerte.
-¿Es bueno?-pregunta Cari observándote.
Alzas el manuscrito orgulloso.
-De lo mejor que he leído hace años.
Sonríe.
-¿Sabes una cosa, Daniel?
-¿Qué?
-A veces yo también los leo cuando me quedo a solas.
-¿Si?
-Sí, me encanta leer. Nunca he comprendido por qué rechazáis algunos, a mí hubo uno, la semana pasada, que me hizo llorar como una magdalena. Todavía me arde el pecho cuando pienso en él. Sois muy duros con los libros, ¿no?
-Supongo que sí-te encoges de hombros y aprietas el manuscrito contra tu regazo.
-Me alegro de que te haya gustado ese-te dice mientras agita el plumero por los cuadros horribles.
-Desde luego que sí.
Te despides de Cari y te alejas, cansado y muerto de hambre, por el pasillo silencioso.
Cuando llegas a casa, todavía tienes el manuscrito bajo el brazo. Luego, vuelves a la vida real: comes, juegas con las niñas y les ayudas a hacer los deberes, echas una mano a tu mujer, y tomas una ducha.
Te vas a la cama temprano, apagas el televisor y abres el manuscrito. Tu mujer sale del baño y te mira sorprendida.
-Oye, nunca te había visto traer trabajo a casa. ¿No decías que tenías un sexto sentido para los manuscritos, que con un vistazo de diez minutos bastaba? ¡Dios mío, si ese lo estás terminando! –grita con sorna.
Asientes, sonriendo. Ella te revuelve el pelo, te da un beso en la mejilla y se acuesta a tu lado. Toma un libro de la mesita. Es una buena lectora, solo que no cobra por ello.
“Tengo el mejor trabajo del mundo”, te dices a tí mismo.
Más tarde, ella se ha quedado dormida. Cierras el manuscrito satisfecho. Mañana tendrás que levantarte un poco más temprano para llegar antes a la oficina, coger tres manuscritos sin posibilidades y hacer un informe negativo de ellos. Rápido y sin miramientos. Pero hoy, lo que se dice hoy, has salvado uno. Uno ya es algo.
Apagas la luz de la mesita.
Presientes que esta noche dormirás como un lirón.