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sábado, 24 de abril de 2010

¡¡Gracias, amigos!!


Bueno, pues ésta ha sido una semana turbulenta: a mediados de la misma recibí un rechazo de una agencia literaria.
Sé que ya os he hablado de mi retahíla de rechazos, que parece más larga que la cola del paro, pero últimamente percibo que estos rechazos son más “in extremis” que antes.
De hecho, la respuesta de esta agencia no fue estándar, lo cual ya es un logro, y, en varios párrafos, me señalaba diversos puntos que, desde su experiencia, podrían mejorar mi novela. Algunos de ellos los tengo claros y otros no tanto. La pregunta ahora es: ¿debo realizar esos cambios?
Aquí es donde las posturas de unos y otros autores se encuentran. Yo, que soy bastante tozudo, llevo unos días sopesando qué debo hacer. Ante mí tengo dos claros caminos: obviar los comentarios de la agencia y dedicarme a otra nueva obra, o meterme de lleno en una revisión de la novela.
En este punto hago un pequeño inciso para dar las gracias a las amigas y amigos escritores que me han apoyado, dándome consejos y opiniones.
Creo que, como autor novel, debo cuando menos escuchar a otros y no cerrarme en banda. Hace apenas unos años no hubiera pensado así, pero empiezo a modelar esa tozudez que me dio la genética y que me sale por naturaleza. Algunas de las cartas de mis amigas y amigos han sido bellísimas, explicándome su enfoque, su interpretación de mi rechazo, las opciones que tengo, y lo más curioso de todo es que ¡algunas opiniones son diametralmente opuestas! Pero como digo: son hermosísimas y defienden con pasión el amor hacia la literatura y todo lo que para ellas representa: ¡¡Muchas gracias!!
Una amiga en particular, cuyo periplo literario discurre paralelo al mío con ciertas diferencias, me ha descrito en apenas unas horas (en varios emails), toda una declaración de intenciones que sería para enmarcar en un cuadro. Ella, al igual que yo, piensa intentarlo: demostrarse a sí misma que puede mejorar como escritora.
Aunque sea como aferrarse a un clavo ardiendo, voy a hacer mía la máxima de “Descubriendo a Forrester” (de la que me habló mi amigo Ithur), donde Sean Connery le dice a su pupilo: “escribe con el corazón, y después re-escribe con la cabeza”. Mi manuscrito salió directo del corazón, y toca ahora, que la cabeza tome el control de la obra.
Esto que en principio, va en contra de mi forma de plantear la escritura, supone un reto para mí, pero creo que merece la pena intentarlo. No quiero convencer a nadie pero dado que he estado meditando sobre ello, he llegado a la conclusión de que en el fondo todo arte tiene mucho de oficio: el oficio nos proporciona herramientas para que lo que nuestro corazón tiene que contar fluya hacia el exterior, pero también tiene la misión de limar las asperezas de ese alumbramiento. Un director de cine, por ejemplo, puede tener inspiraciones maravillosas durante el rodaje pero existe un oficio del séptimo arte (el de “montador”) que es el que da el toque final, la estructura a la película.
Por eso, a vosotros que me habéis ayudado tanto y que me seguís ayudando: ¡os dedico esta entrada!
Escribir será una tarea solitaria pero genera un vínculo afectivo que se transmite por cables de red y por hojas impresas.
Y dicho todo esto, toca ahora meterse en faena: primero debo poner en claro qué tengo que hacer. No se trata de empezar sin orden ni lógica.
¡Ya os contaré!
Para rematar, os dejo un enlace de la Revista Románticas, a la que me invitó mi amiga Arlette Geneve, donde colgaron un relato mío (página 37 de la revista): Recuerda.

¡Besos! , ¡ya llevamos 20.000 visitas!!

sábado, 10 de abril de 2010

El territorio de lo que sentimos


Hoy quisiera compartir con vosotros una noticia que me ha hecho especial ilusión: El alma impresa se encuentra dentro del Top Ten de blogs de literatura, según el ranking Wikio.

La verdad es que lleva algunos meses dentro de él, y en concreto, en este mes de abril, se halla en el puesto 47. Quizá no resulte algo muy espectacular, pero siendo un blog joven, creo que tiene un mérito cuando menos gratificante, por lo menos para mí, que soy el papi. Por eso quisiera agradeceros vuestros comentarios, vuestras visitas, vuestro apoyo en definitiva, por ser tan grata compañía en este, mi peregrinaje literario y existencial.

Y, enlazando con esta breve entrada y con la anterior, quisiera hacer algo a lo que no suelo estar muy acostumbrado: publicar el artículo de otro escritor. Pero, preparando la información para la tertulia de este sábado me topé con un artículo que quisiera compartir con todos aquellos que no la hayais leído. Una auténtica maravilla, que renueva las ganas de dedicarse a esto de la literatura. Que lo disfrutéis.

El territorio de lo que somos, por Jose María Merino.
Publicado el 13 de diciembre de 2008, en ABC.

Cuando era niño, fascinado por las aventuras de los personajes de las novelas que leía, creía que lo sustantivo de la literatura se hallaba en los azarosos riesgos y en las recurrentes sorpresas de las tramas, de los argumentos. En aquellas lecturas fervorosas, las acciones de los intrépidos protagonistas que, a pesar de tantos y tan continuos peligros, llevaban a cabo sus propósitos, eran para mí el motivo principal de mi compenetración con ellos. El paso de los años me fue descubriendo cualidades literarias menos evidentes que mi poca edad no me había permitido vislumbrar antes, y profundicé en aspectos que entonces no pude siquiera imaginarme, aunque ya los cuentos populares escuchados y leídos me habían advertido de lo que era la sustancia de la ficción, por encima de las peripecias y más allá de que transcurriesen en espacios maravillosos o exóticos: un testimonio peculiar del modo de ser de la gente, de su manera de actuar, un panorama completo, minucioso, de las extrañas, diversas, innumerables, formas del comportamiento humano.
Maneras de sentir. Conforme me iba haciendo mayor fui teniendo cada vez más relación con los habitantes de la realidad, y muy a menudo me desconcertaban determinadas actitudes en los demás o en mí mismo, porque no era capaz de desentrañar de modo cabal su significado. Para mí era evidente que, frente a la opacidad de lo real que me rodeaba, a lo inescrutable o contradictorio de muchas conductas, el mundo de la literatura era diáfano, claro, y los personajes de las novelas me permitían entrar sin restricciones ni dificultades en su interior.
Así fue cómo, para empezar, descubrí que las páginas de las novelas que yo iba pasando, absorto en su lectura, eran puertas sucesivas que me daban entrada a un país único, incomparable, el territorio donde se mostraban con claridad todas las posibles maneras de ser y de sentir, con sus ambigüedades y matices: la lealtad y la traición, el heroísmo y la cobardía, la avaricia y la generosidad, el amor y el odio, la atracción y la repulsa, lo piadoso y lo cruel. De ese modo conocí la nostalgia de Heidi, la osadía de Jim Hawkins y de D?Artagnan, la lealtad de Gabriel Araceli y de Miguel Strogoff, la doblez de John Silver y de Uriah Heep, el afán científico y justiciero del capitán Nemo, la potencia imaginativa de Tom Sawyer y de Guillermo Brown, la perspicacia de Sherlock Holmes, la caballerosidad de Phileas Fogg, la melancolía de Mowgli.
Sutiles enlaces. Con el correr del tiempo, fui ya del todo consciente de que nunca podría entrar en los secretos del comportarse de los seres de carne y hueso, como yo mismo y quienes me rodean, con la diafanidad con que lo hago en los de la literatura: desde el colérico Aquiles hasta el desconcertado Gregorio Samsa, madame Bovary, Ana Karenina, Raskolnikov, doña Berta de Rondaliego, «Bola de Sebo», los Snopes, Hans Castorp, Francisco Torquemada, Segismundo, Oblómov, Humbert Humbert, Molly Bloom, Charles Bingley, Hamlet, un tal Hans Pfaall y tantos otros más, me han enseñado a conocer bastante a los seres humanos de la realidad y un poco mejor a mí mismo. Burla burlando, en un momento de El rojo y el negro, para explicar la confusión de madame de Rênal ante la persistencia del joven Julian Sorel en sus requerimientos amorosos, Stendhal cuenta: «Como madame de Rênal no leía novelas, no sabía lo que le estaba sucediendo?».
Además, la progresión, la abundancia y la riqueza de las lecturas me permitió saber que sutiles enlaces comunican a casi todas ellas, para ordenarlas en mundos característicos: comprendí que la búsqueda del tesoro que intenta La Hispaniola evoca aquella del vellocino de oro que emprendieron Jasón y sus argonautas, y la del Grial de los caballeros artúricos, como la aventura de Huck Finn intentando liberar a su compañero y ayudante, el esclavo Jim, o el ingenio de Kim para la supervivencia propia y del Lama a quien acompaña en busca del Río de la Flecha, no dejan de reproducir ciertas actitudes del ingenioso hidalgo y caballero don Quijote de la Mancha, ayudado por Sancho Panza en su lucha contra los hechiceros y las injusticias, del mismo modo que el mono Hanuman ayudó a Rama en su empresa de rescatar a Sita del poder de los demonios, y también cómo el esfuerzo perseverante de Robinson Crusoe para construir en la isla virginal de su naufragio un lugar de civilización, reproduce todos los mitos originarios sobre la creación del mundo desde la nada. Y muy a menudo, en las narraciones que releo o leo por primera vez, reconozco, disfrazado por el cambio de época, el eco de alguno de los episodios que vivió aquel varón de multiforme ingenio llamado Odiseo, a quien resultó tan complicado regresar a su casa.
El tiempo de la vida. Debo añadir algo que ahora también sé: esas puertas pequeñas, flexibles, de las novelas y de los libros de cuentos, no sólo me han permitido entrar en la médula de las conductas humanas, sino comprender en su verdadera atmósfera material y moral los ámbitos físicos donde vamos cumpliendo nuestro misterioso destino, desde las comarcas, aldeas y megalópolis que evocan las reales, hasta otras poblaciones y lugares solo construidos con materiales fabulosos. Y en todos ellos he percibido transcurrir el tiempo de la vida, el de la dicha y el del dolor, el de las esperanzas y el de las desilusiones, con una perspectiva y una lucidez que no me permite el fluir vertiginoso del tiempo de mi particular realidad.
Muchos creen, todavía en la falacia aristotélica, que sólo en la Historia está el archivo seguro de nuestras circunstancias, pero el más certero registro de lo que caracteriza a la especie humana, donde verdaderamente se encuentra la historia de nuestro corazón a lo largo de los milenios, es en la literatura, constituida desde la capacidad simbólica que nos identifica. Leer nos da acceso al gran espacio de la imaginación reveladora: el país de lo que somos, el territorio de lo que sentimos.