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domingo, 29 de noviembre de 2009

Una vida de ermitaño.


Como sabéis, estoy ultimando la corrección de mi cuarto manuscrito.
La suma de varios factores: un catarro matrimonial (…en lo malo y en lo bueno, en la salud y en la enfermedad…), una semana de vacaciones forzadas y la llegada del frío (tampoco mucho), han provocado que mi mujer y yo tengamos que enclaustrarnos en nuestro pisito, y que me centre.
Realmente hago lo que nos gustaría a muchos: vivir como un escritor, o casi. Me levanto de madrugada y trabajo a conciencia durante horas. Pero ha ocurrido un suceso inesperado. Siento que algo hizo “clic” en mi cabeza. Tal vez, una ruedecilla celular invisible giró ―sólo Dios sabe por qué―, encajando donde debía hacerlo, y, de esa manera, el engranaje de la máquina literaria que habita en mí se puso en marcha. De hecho, hace apenas unos días una amiga me dio su opinión sobre uno de mis relatos breves. Señaló varios fallos y apuntó consejos muy útiles, pero, yo, aunque quería aprender de los errores, no conseguía conectar con lo que ella me comentaba. Era como si estuviese ciego. Y, ahora, de pronto, el velo de terquedad se ha retirado de mis ojos. Por lo menos una parte del mismo.
La nueva revisión supone un salto cualitativo bastante importante. Pienso que en esta semana lograré mejor trabajo que en dos meses de los de antes. Eso sí, con limitaciones, pues tengo claro que para que mi escritura “sobresalga” necesitaré la ayuda de los grandes, aunque debo matizar, que éstos serán ―finalmente― clásicos y contemporáneos.
Os hablaré de las conclusiones cuando pase la tormenta.
En paralelo a la revisión, he empezado a ojear el libro “Saber escribir” del Instituto Cervantes que me aconsejó Javier Pellicer (
http://tierradebardos.blogspot.com/ ), y por las noches, ya en cama, leo “La brújula loca” de Torcuato Luca de Tena, estimado préstamo de mi amiga Isis
(http://unpasilloencerado.blogspot.com/). Los descansos que me permito durante la revisión los dedico a visitar vuestros blogs o a echar un ojo en los foros.
Ahora, mientras escribo, observo la pila de libros que se amontonan en las baldas de las estanterías de mi despacho, algunas de ellas combadas (no exagero) por el peso. He anticipado los Reyes y ardo en deseos de iniciar la lectura.
Y para rematar la faena, ayer noche me topé con una sorpresa que me dejó el amigo Oriafontan en los comentarios de la anterior entrada. Todavía estoy en estado de shock.
¿Tendré fiebre?