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sábado, 1 de mayo de 2010

Recuerda, un relato de Sergio G.Ros


Recuerda
de
Sergio G.Ros

Se levanta con el ánimo sombrío.
Vestida solo con una camiseta de tirantes, se acerca al cristal de la ventana. Ladea la cortina con una mano y se queda mirando la placita de enfrente, presidida por una palmera curvada, con sus hojas verdes colgando, impertérritas, sin que una brizna de viento las acose. De fondo, se escuchan los chillidos de las cotorras que viven en la copa y que comienzan un nuevo día entre los mortales.
La luz del amanecer hace su aparición rompiendo la enredadera de sombras. Suspira; todavía nota el latido desbocado que se originó en los sueños de los que acaba de huir. Durante un instante, el cristal le devuelve parte de su reflejo: los pechos caídos, las caderas ensanchadas, las raíces negras, los ojos cercados de arrugas. La mano tiembla en la tela de la cortina. Desde atrás, ahogando el estruendo de las cotorras, le llegan los ronquidos de Pedro, entrecortados, rotundos. Yace ocupando casi toda la cama; su reflejo no puede ser más desalentador: gordo, flácido, velludo. Otrora fue un hombre apuesto, musculoso, coqueto.
Piensa: el tiempo lo cura todo, hasta las ganas de hacer deporte.
Antes de ir al lavabo ojea de nuevo la plaza.

Durante la mañana, el ánimo no mejora. El jaleo que arman sus compañeras, correteando por los pasillos de la oficina, mascando chicle, aporreando los teclados y gritando para entenderse por teléfono, le recuerda a las cotorras de la palmera. En cierta forma, parte de ella sigue allí, en esa plaza de ladrillos apretados.
Antes de comer, la jefa la llama a su despacho: mala señal. No se equivoca, después de todo siempre fue buena intuyendo cosas. El discurso comienza sin paliativos, con la consiguiente mención a la crisis. Mientras escucha no puede dejar de mirarle las uñas; necesitan una manicura urgente. Recibe la noticia sin pestañear; podría haber sido peor, al menos le dan a elegir: reducción de jornada con pérdida de seiscientos euros (la mitad de su sueldo) o la calle. Contesta que se lo pensará, se levanta y sale del despacho sin despedirse; sabe que en parte ha decepcionado a su jefa, seguro que esperaba otro tipo de reacción: lagrimeos, lloros, pataleos… lucha. El placer subyugante de la humillación. Pero hoy no es día para luchar.

Vuelve a casa caminando, siguiendo el recorrido que seguramente “él” hacía todas aquellas tardes hasta la placita. Pasa junto al mercado de frutas, compra una manzana que parece sacada de una película de dibujos animados y la muerde mientras contempla el paisaje. Algunos hombres la observan, pero ya no levanta la misma expectación que antaño. Ha perdido parte de ese poder magnético, casi animal, que hacía girarse las barbillas y recibir pescozones a los hombres casados.
Cuando alcanza la placita, de la manzana sólo queda el corazón; la tira en una papelera. Quizá todavía pueda salvarse el día: lo bueno de que Pedro esté desempleado es que no tienen que rendir cuentas a nadie; pueden coger el coche e irse al pueblecito en la sierra donde se encerraron un fin de semana, siendo novios, e hicieron el amor sin parar.
Se detiene junto a la palmera, protegiéndose del sol. Mira hacia lo alto, contando los pisos de su edificio para poder calcular qué ventanas corresponden al suyo. Se da cuenta de que, por primera vez, está mirando desde la misma posición desde la que él la observaba todos los días, durante aquel año en el que le hizo aquella promesa de amor.
La ventana de su dormitorio tiene las cortinas abiertas. Sólo dura un instante pero puede ver a una mujer desnuda, de grandes pechos, asomándose al cristal y que cierra las cortinas. Se queda sin aliento; parpadea. Trata de recomponer la imagen en su memoria. Siente que el corazón le oprime la garganta, traga saliva: cree reconocer a la chica. Podría ser la dependienta de la zapatería que hay en el bajo comercial. Sí, se dice, es ella.
Su mano busca el tronco de la palmera. Primero lo roza levemente, luego, descansa parte de su peso apoyando el hombro. Es un tronco rugoso, curtido con capas y capas que han crecido las unas sobre las otras, como viejas cicatrices.
Se asombra de que no pueda llorar. En cambio, siente un enorme vacío que se abre paso en su interior, a corte limpio entre las entrañas.
En algún momento descubre la inscripción en la corteza del tronco: J., 15 de septiembre de 1993.
¿Qué habrá sido de él?
Invadida por la desazón, cruza la calle; un coche tiene que frenar en seco para no atropellarla. Luego se adentra en un callejón pronunciado, de adoquines húmedos, apretando el paso y sin mirar hacia atrás, ni escuchar el claxon que la increpa.
Piensa: no quiero que las cortinas vuelvan a abrirse.
Tarda como cinco minutos en llegar a la estación; compra un billete. Durante el trayecto en autobús permanece abstraída, con la vista clavada en la ventanilla, ajena al discurrir de asfalto, de edificios primero, y campos de cultivo después. Atraviesan un puerto de montaña donde se ven los únicos atisbos de bosque en kilómetros. ¡Qué hermoso sería vivir en una casita, allá, en medio de la naturaleza, con alguien que te ame de verdad!
Se baja en la última parada, una estación que bulle de actividad. Hasta donde alcanza la vista, los bancos parecen ocupados por personas que llevan su equipaje a cuestas como si arrastrasen toda su vida en su interior. El murmullo que levantan resulta una jerigonza de babel imposible de interpretar. A trompicones, por pura intuición, consigue salvar los pasillos repletos, y salir fuera. Hasta el aire le parece distinto. El ruido de los coches la desvela de sus pensamientos; las colas se hacen interminables en los semáforos, los conductores protestan, los peatones tratan de cruzar la calle por dónde se les antoja, algunos niños se escapan de las manos que los retienen, el vendedor de cupones, que se busca la vida entre los vehículos, grita con estridente voz por encima de los cláxones.
Reanuda su marcha a grandes zancadas por la estrecha acera, sorteando a la gente, a sus hijos, a sus perros, a los carritos de la compra. Todo resulta paradójico para una persona que trabaja a jornada completa, de lunes a viernes, encerrada en una oficina. Se le descubre un mundo nuevo, palpitante de vitalidad. Eléctrico.
Cuando lleva varios minutos caminando, siente dolor en los talones y en los dedos de los pies. Por mucho que pasen los años no termina de acostumbrarse a los zapatos de tacón. No es el calzado más adecuado para caminar, pero tampoco lo tenía planeado. Piensa: qué estoy haciendo. Se detiene; duda. Pregunta una dirección a un anciano que espera junto a una marquesina. El anciano le indica el camino con amabilidad, sin dejar de sonreír. Tiene esa clase de sonrisas surcadas de arrugas que inspiran confianza.
Por fin, llega a un parque en cuyo centro hay una fuente de piedra blanca, atestada de palomas. El parque está rodeado de jardines salpicados de rosales, donde un césped recién cortado brilla bajo el cénit solar. Huele a hierba. Los aspersores lanzan finos chorros de agua, y las gotas son arrastradas al capricho de la brisa.
Encuentra un banco libre, a la sombra. El resto de bancos están ocupados por universitarios y hombres y mujeres con traje que almuerzan tomando el fresco. Es un lugar agradable, una especie de oasis en medio de la vorágine semanal.
Alza la vista. Comprueba el número en el portal del edificio que tiene ante sí: es el número que buscaba. Barre con la mirada los balcones de los pisos, uno a uno, hasta posarse en el sexto. No logra saber con exactitud cuál será el suyo. Solo estuvo una vez aquí, hace ya dos décadas. Ni tan siquiera puede saber si seguirá viviendo en el mismo sitio.
Pasa el tiempo, el sol pierde fuerza. Los usuarios de los bancos son reemplazados por otros, desaparecen los hombres y mujeres de traje, también los universitarios, llegan amas de casa y ancianos que se anticipan a la salida de los colegios en busca de los nietos, luego vuelven con los niños a dar cuenta de la merienda y a dar de comer a las palomas. Es como un oleaje de sonidos: silencio, brisa, jolgorio, arrullo de palomas; otra vez silencio, brisa, jolgorio, arrullo de palomas. Ella permanece ajena a todo. Incluso al tono de su teléfono móvil que suena varias veces en el interior del bolso.
Caída ya la tarde siente frío; las farolas se encienden.
Entonces repara en una figura que aparece en el balcón. Observa las volutas de humo que se pierden en el cielo nebuloso. La silueta del hombre ha ganado volumen y ha perdido gracilidad, pero los gestos y la pose siguen siendo los mismos.
Sonríe tratando, a pesar de la distancia, de escudriñar las añoradas facciones que un día fueron suyas.
Minutos después, un niño sale al balcón. El hombre le alborota el cabello, apaga el cigarrillo y vuelven dentro.
Ella se levanta, sacude los pies, y regresa a la estación de autobuses.
Ya no siente frío.
Le reconforta pensar que, una vez, alguien la amó de verdad.


Todos los derechos reservados, © Sergio G.Ros

sábado, 24 de abril de 2010

¡¡Gracias, amigos!!


Bueno, pues ésta ha sido una semana turbulenta: a mediados de la misma recibí un rechazo de una agencia literaria.
Sé que ya os he hablado de mi retahíla de rechazos, que parece más larga que la cola del paro, pero últimamente percibo que estos rechazos son más “in extremis” que antes.
De hecho, la respuesta de esta agencia no fue estándar, lo cual ya es un logro, y, en varios párrafos, me señalaba diversos puntos que, desde su experiencia, podrían mejorar mi novela. Algunos de ellos los tengo claros y otros no tanto. La pregunta ahora es: ¿debo realizar esos cambios?
Aquí es donde las posturas de unos y otros autores se encuentran. Yo, que soy bastante tozudo, llevo unos días sopesando qué debo hacer. Ante mí tengo dos claros caminos: obviar los comentarios de la agencia y dedicarme a otra nueva obra, o meterme de lleno en una revisión de la novela.
En este punto hago un pequeño inciso para dar las gracias a las amigas y amigos escritores que me han apoyado, dándome consejos y opiniones.
Creo que, como autor novel, debo cuando menos escuchar a otros y no cerrarme en banda. Hace apenas unos años no hubiera pensado así, pero empiezo a modelar esa tozudez que me dio la genética y que me sale por naturaleza. Algunas de las cartas de mis amigas y amigos han sido bellísimas, explicándome su enfoque, su interpretación de mi rechazo, las opciones que tengo, y lo más curioso de todo es que ¡algunas opiniones son diametralmente opuestas! Pero como digo: son hermosísimas y defienden con pasión el amor hacia la literatura y todo lo que para ellas representa: ¡¡Muchas gracias!!
Una amiga en particular, cuyo periplo literario discurre paralelo al mío con ciertas diferencias, me ha descrito en apenas unas horas (en varios emails), toda una declaración de intenciones que sería para enmarcar en un cuadro. Ella, al igual que yo, piensa intentarlo: demostrarse a sí misma que puede mejorar como escritora.
Aunque sea como aferrarse a un clavo ardiendo, voy a hacer mía la máxima de “Descubriendo a Forrester” (de la que me habló mi amigo Ithur), donde Sean Connery le dice a su pupilo: “escribe con el corazón, y después re-escribe con la cabeza”. Mi manuscrito salió directo del corazón, y toca ahora, que la cabeza tome el control de la obra.
Esto que en principio, va en contra de mi forma de plantear la escritura, supone un reto para mí, pero creo que merece la pena intentarlo. No quiero convencer a nadie pero dado que he estado meditando sobre ello, he llegado a la conclusión de que en el fondo todo arte tiene mucho de oficio: el oficio nos proporciona herramientas para que lo que nuestro corazón tiene que contar fluya hacia el exterior, pero también tiene la misión de limar las asperezas de ese alumbramiento. Un director de cine, por ejemplo, puede tener inspiraciones maravillosas durante el rodaje pero existe un oficio del séptimo arte (el de “montador”) que es el que da el toque final, la estructura a la película.
Por eso, a vosotros que me habéis ayudado tanto y que me seguís ayudando: ¡os dedico esta entrada!
Escribir será una tarea solitaria pero genera un vínculo afectivo que se transmite por cables de red y por hojas impresas.
Y dicho todo esto, toca ahora meterse en faena: primero debo poner en claro qué tengo que hacer. No se trata de empezar sin orden ni lógica.
¡Ya os contaré!
Para rematar, os dejo un enlace de la Revista Románticas, a la que me invitó mi amiga Arlette Geneve, donde colgaron un relato mío (página 37 de la revista): Recuerda.

¡Besos! , ¡ya llevamos 20.000 visitas!!

lunes, 2 de noviembre de 2009

Una mañana de domingo


Ayer domingo recogí a mis padres y los llevé a dar un paseo en coche.
Antes, cuando mi padre podía conducir, era parte de su ritual semanal. Solían pasear por los mismos lugares todos los fines de semana, a saber: el muelle, la plaza del Ayuntamiento, el faro de Navidad… Nuestra ciudad, aunque pequeña, tiene un puñado de sitios acogedores, marineros, donde uno puede pasear mecido por la brisa, ensanchando los pulmones.
Los llevé al valle de Escombreras, para que vieran todo lo nuevo que se había construido en acero y hormigón. Entramos por Alumbres y no abandonamos la visión de las tuberías hasta que dejamos atrás los túneles que conducen a Cala Cortina.
Detuve el coche en el mirador, bajamos, y desde lo alto contemplamos la playa. Aunque el sol no terminaba de decidirse, hacía un día agradable. Debajo nuestra, un par de bañistas nadaban en aguas transparentes observados por la gente que tomaba el aperitivo en la terraza del restaurante.
Apenas hablamos. Estábamos sobrecogidos por la tranquila visión que ofrecía el mar.
Yo pensaba lo curioso que es el subconsciente. Aquella cala, como otros lugares que visitaríamos el domingo, habían servido de inspiración para mi nuevo manuscrito. Así, Cala Cortina se había transformado sobre el papel en Cala Marfil. Una playa que no era exactamente igual a la original, aunque recordaba vagamente a ella. Era, por decirlo de algún modo, el otro lado del espejo, aunque un espejo imperfecto, deslucido. El espejo particular de mi propia visión de las cosas.
Últimamente estar con mis padres me produce una desgarradora melancolía. De pequeño, no me detenía a pensar en el tiempo. Supongo que la vida, que el estrés laboral y la propia sociedad, te sumergen en la creencia de que lo importante sucede en los períodos vacacionales. Nos pasamos media vida pensando en las vacaciones y cuando las tenemos, nos pasamos medias vacaciones pensando en lo poco que nos queda. Cuando uno es niño no piensa en el tiempo, preciado y precioso, que disfruta junto a sus padres. En lo fuertes y seguros que se ven con los ojos de la infancia.
Por eso, cuando puedes disfrutar con ellos una mañana de domingo, sientes que el tiempo se ha detenido para ti y te ha guiñado un ojo. Como si fuera posible atraparlo en una cajita de música y reproducirlo siempre que quisieras. Aunque sabes que, eso, no mitigará el dolor cuando ya no estén.
Reproduzco ahora unos versos de Agustín, conde de Foxá, que encontré en el libro que me dejó mi amiga Isis: "La brújula loca", de Torcuato de Tena.

En los ojos de tu madre
serás niño hasta el final.

domingo, 20 de septiembre de 2009

Despedida de soltero

Son las seis y cuarto de la mañana y acabo de regresar a casa de la despedida de soltero de un buen amigo. Era una despedida mixta -de chicos y chicas- porque Juanjo (que así se llama el novio) tiene un buen puñado de amigos y amigas.
Para mi esposa ha sido un momento especialmente emotivo. Juanjo es para ella como el hermano que nunca tuvo. Durante la cena en el restaurante le ha leído una hermosa carta que a punto ha estado de hacerlo llorar. Me quedo con un mensaje hermoso: la amistad entre hombres y mujeres, más allá de tópicos y dichos populares malintencionados. Y, yendo un poco más allá, con el agradable sabor que deja la "amistad" sin géneros.
La despedida ha sido sencilla, sin espectáculo de striper ni nada de eso. Como en los viejos tiempos: una reunión de amigos en torno a una mesa, bebiendo, charlando y echando unas risas. Por supuesto, ha habido bromas picantes con un vaso en forma de genitales femeninos, tetas saltarinas, camiseta para el novio, chapas para los amigos, refranes picantes, y nata, mucha nata.
Yo, aparte de participar con mi esposa en los preparativos (una semana agotadora), he hecho algo que se ha convertido en una tradición para nuestro grupo de amigos: dibujar un cómic con caricaturas de los presentes. Esto provoca siempre la risa de ellos, y, verles tan felices me hace feliz a mí. Hoy he compuesto una breve historia, titulada "El señor de los culillos", una versión propia de "El señor de los anillos", con una buena dosis de cachondeo made in "Sergio". Por supuesto, Juanjo era el protagonista de la historia en el papel de Juanjo Bolsón, acompañado por Asensio y Puri, dos amigos que son "mis musas artísticas", aunque les pese... ja,ja.
El broche de la despedida lo ha puesto "La Choni", una muñeca hinchable a la que el novio ha dado vida insuflándole aire de sus propios pulmones. Después, la ha vestido con lencería fina y medias negras compradas por dos perras en un "chino".

Parece mentira lo que puede dar de sí una muñeca hinchable. Tras la cena, hemos ido al Campamento festero, porque aquí, en Cartagena, estamos en fiestas de Cartagineses y Romanos. Hemos paseado entre las distintas casetas (que están agrupadas por tropas y legiones), bailando, bebiendo y saltando, todo ello con la Choni como reclamo de la gente que se cruzaba en nuestro camino. El novio se ha hecho como media docena de fotos con extraños, y otros y otras, no se han cortado un pelo en comprobar la profundidad de los orificios de la Choni con sus propias manos.
Pobrecilla, vaya sobeteo le han dado. Si lo pensáis bien, no hay nada como un muñeco o una muñeca para invitar a la risa y al entretenimiento. A la felicidad porque sí. Una alegría tonta, de esas que sacan la sonrisa del más serio. Ha sido un gustazo.

Para finalizar, hemos acabado sentados en una terraza comiendo churros con chocolate, como no podía ser de otra forma. Charlando tranquilamente. Incluso le he contado a dos amigas que escribo. Se han quedado sorprendidas (mis amigos no lo sabían). Te das cuenta de la percepción errónea que tienen las personas que no conocen nada acerca de cómo se las gasta el mundo editorial. No imaginan lo realmente difícil que es poder llegar a publicar.
Tras los churros y el merecido descanso, hemos dejado al novio a buen recaudo de la novia (que estaba también en el campamento "en su propia despedida") y cada uno ha tomado una dirección distinta de regreso a casa.
Mi esposa y yo hemos caminado un buen trecho -ella con un tremendo dolor de pies por los zapatos de tacón-. Ahora duerme como una bendita. Y servidor escribe.
Sí, escribe y está feliz por ello.

Un abrazo a todos y, si me lo permitís, ¡brindo por la amistad!

jueves, 27 de agosto de 2009

Luz de sabiduría en una noche de estrellas.

La Manga es un pasillo estrecho de tierra que, a lo largo de una veintena de kilómetros, se interpone al paso del mar Mediterráneo. Ese bloqueo natural salvado solo por pequeños canales, creó en la costa cartagenera un gran lago de agua salada de escasa profundidad, flanqueado por deliciosas playas y pintorescas pedanías.
Cada año, en verano, mi mujer y yo solemos visitar la Manga de noche. Nuestra exigua economía no nos permite veranear en una casita de playa, pero, ciertamente, los cartageneros y en general los habitantes de la región de Murcia tenemos la suerte de poder clavar la sombrilla en la arena tras un corto recorrido en coche.
Decía que tenemos un pequeño ritual que consiste en visitar la Plaza Bohemia, uno de los corazones de la Manga. No es que sea nada del otro mundo, pero desde luego te aleja por unas horas de la solitaria ciudad. La brisa fresca, el intenso olor a sal y el trasiego de gente, te hace olvidar las sombrías calles, los olores nauseabundos y el calor pegajoso que solo puede espantarse a base de ventiladores, y, en el mejor de los casos, con aparatos de aire acondicionado.
La Plaza Bohemia es un compendio de lo que significa el verano, de lo que evoca su recuerdo. Mercadillos a base de puestos apretados con abalorios de todas las calañas, piedras mágicas para la salud, el dinero y el amor, sandalias, bolsos, pulseras y collares con penetrante olor a cuero, figuras de hueso, marfil o talles cincelados sobre conchas marinas, artistas dibujando caricaturas, juegos circenses. Puestos de “hippies” los llamamos nosotros. Y, flanqueando los puestos, las terrazas abarrotadas de gente elevando sobre el cielo nocturno un murmullo festivo. Heladerías, restaurantes, pizzerías, supermercados, tiendas y pubs que echan las persianas bien entrada la noche.
Uno se olvida de que al día siguiente tiene que trabajar. Pero merece la pena el esfuerzo. Rompes la monotonía impuesta por el despertador, lo cual siempre es de agradecer.
El sábado pasado estuvimos allí. El ritual se repitió como tantas otras veces, solo que, cuando llegábamos a la entrada de la Manga, justo en la bifurcación con Cabo de Palos, nos dimos cuenta de una inmensidad de siluetas silenciosas que se apelotonaban en uno de los flancos. Era, como suele decirse en estos tiempos, un macrobotellón. Sonreímos. Mientras cruzábamos en coche la avenida principal en dirección a la Plaza Bohemia, con sus altos edificios, veíamos los grupos dispersos de adolescentes –y no tan adolescentes- dirigiéndose, bolsas en mano, a comenzar una noche eterna en este sitio de moda. “Un mal endémico” según algunos. "Juventud , divino tesoro", según otros.
Un kilómetro antes de llegar a nuestro destino, divisé de reojo un par de casetas alargadas a nuestra derecha, que desprendían una luz tan blanca como la de una lámpara fluorescente. ¿Es lo que pienso?, dije. Mi mujer sonrió. ¿Podemos ir allí?, pregunté. Claro, asintió, Nos servirá para estirar las piernas, pero primero la Plaza. A la orden.
Hicimos lo de siempre. Aparcamos tras un buen rato de búsqueda, caminamos hasta los hippies y dimos una vuelta pausada, entre callejones apretados de hombres en bermudas y chicas y mujeres con pareos, bronceados todos y sonrojados los extranjeros hasta hacernos sentir un poco fuera de lugar. Compramos nimiedades de las que luego olvidas en algún cajón, o que, por el contrario, permanecen contigo toda la vida.
Tras la vuelta de rigor, entramos en el D´Costa, compramos una Coca- Cola Light y fuimos paseando por la avenida hasta el lugar que había llamado mi atención. Tuvimos una charla deliciosa, sencilla y despreocupada, de esas que con el estrés diario es difícil alcanzar y que, siendo más jóvenes tenías por doquier, cuando parecía que la vida duraba eternamente. Mi esposa estaba preciosa esa noche, y creo que nunca olvidaré su expresión relajada y tranquila caminando bajo las estrellas.
Llegamos en un suspiro, porque cuando uno está a gusto la aguja del reloj va tan rauda como un barco de vela impulsado por un viento favorable.
La luz blanca provenía de sendas casetas repletas de libros. Libros de todos los colores y tamaños. Tuve que pestañear y mirar mi reloj de pulsera varias veces. La una y media de la madrugada. En esos momentos dormitaba en una especie de ensueño. Caminé vacilante echando un ojo a las hileras desordenadas, amontonadas, torcidas, polvorientas, ajadas en algunos casos. Me entretuve en la segunda caseta. El vendedor, un hombre de barba, leía completamente concentrado, como si le fuera la vida en ello.
No sé a vosotros. A mí me entra cierto nerviosismo cuando veo un puñado de libros juntos. Es algo superior a mis fuerzas. Perdí la noción del tiempo. Mi mujer tuvo la gentileza de dejarme disfrutar intensamente de aquel instante, sentada en un banco del paseo marítimo.
Encontré dos ejemplares del maestro Hemingway con tapas gastadas de piel, y una edición bastante bien conservada del Principito que mi mujer deseaba leer. También algunas otras cosillas que terminaron en la bolsa de plástico y que alegraron la cara del vendedor. No parecía muy ocupado, salvo su propia lectura, aquella noche.
Por último le dije, ¿Le importa si hago una foto?
Se quedó desconcertado. Claro, claro, susurró. Saqué mi móvil y eché un par de instantáneas.
De regreso a nuestro coche, sintiendo el peso de aquella bolsa de libros, nos cruzamos con algunos jóvenes que iban en dirección contraria, también cargados pero con otro género distinto. Después de un buen trecho, temiendo que los torreones de apartamentos me impidieran contemplar aquel ensueño, no pude evitar mirar hacia atrás.
Parpadeé. La luz blanca había desaparecido. Quedaba tan solo una fina capa de arena tamizando las losas multicolores.
Tuvo que ser un sueño, pensé. Un hermoso sueño que iluminó la noche con la belleza de una estrella fugaz.


Oh, lo olvidaba. El otro día encontré esto al descargar la cámara. También había un par de nuevos y viejos libros en mis estanterías. Pero no puedo evitar hacerme una pregunta:

¿prueba eso algo?


domingo, 23 de agosto de 2009

Frío como el acero. (Un relato breve de Deusvolt)


Imagínatelo.
Atraviesas el cielo a seiscientos kilómetros por hora. El aire infla la capa roja bermellón tras de ti, y tu sombra queda muy lejos, resbalando como si tuviera vida propia, entre las olas agitadas del Mar del Norte. Bajas. Subes. Danzas entre nubes de humedad. Acaricias el agua salada con tus enormes manos dejando tras tus botas la estela de un barco mercante. Las gaviotas se quedan expectantes, batiendo sus alas, tristes porque por mirarte han perdido el pez que tenían en mente, los delfines saltan y te observan curiosos para perderse de nuevo en lo profundo del océano, las ballenas sienten tu presencia, se asustan y viran en redondo, y las focas alzan sus cuellos lechosos y te hacen palmas desde las rocas negras.
Solo el gran tiburón no te presta atención. Emerge de golpe. Blanco y plateado, grandioso. Caza al león marino y lo voltea, como si fueran dos bailarines en una pista encerada. El tiburón tiene los ojos cerrados mientras mastica. Sus dientes puntiagudos son semejantes al escudo que luces en el pecho. Es insensible como tú.
¿No lo habías pensado?
La belleza que sientes está en tu cabeza. Solo ahí.
Sí. El frío que mantiene compacto el hielo no te afecta. Pero eso mismo te resta poder, ¿verdad? Añoras sentir la calidez de una manta en invierno, en el porche de una casa de campo mientras ves atardecer. Te entristece que la brisa no agite tu cabello, que la luz del sol no broncee tu piel, que el tacto sea un eco distante y difuso. Frunces el ceño. Lo haces a menudo para ahogar tus sentidos. Las voces a miles de kilómetros, la caterva de olores mezclados, las imágenes de otros continentes. Tienes que cerrarte al mundo para ser tú mismo.

Te quedas quieto sobre la marea. Ingrávido.

Anochece. Las olas se encrestan furiosas. Hasta llorar te cuesta.
Necesitas de tu imaginación para sentirte humano. Qué ironía. Cuántos hombres siendo niños quisieron ser como tú. Un hombre de acero. Y ahora que son hombres, cuántos, si supieran, querrían ser ellos mismos.
Tu sombra se la tragó la noche. Llueve. Un relámpago caprichoso zigzaguea en el horizonte. Apenas eres una mota en medio de la inmensidad del mar.
Decides volver hacia atrás. Buscando el norte. Allí donde el hielo se traga el ruido del mundo.
Aterrizarás en la fortaleza y te hundirás en lo profundo de la soledad. Te quitarás ese estúpido traje y quizá, si consigues dejar de pensar en lo que eres, podrás dejarte llevar. Tal vez, incluso, te permitas darte placer a ti mismo sin temor a dañar a nadie en el éxtasis. Es ridículo solo de pensarlo. Tanto poder lastrado a base de contención.
Pero tienes algo. Los libros.
Leerás en soledad y sentirás emociones que otros han vivido por ti.
Y, con suerte, olvidarás durante unos instantes que eres frío como el acero.

© S. G. Ros