Tras unos días de intenso trabajo literario y escasas horas de sueño, por fin conseguí terminar la revisión de mi último manuscrito. Debo confesar que estoy muy orgulloso de este trabajo por el esmero y las ganas que le he puesto. Tras varios meses de revisiones con momentos buenos y malos, si miro hacia atrás pienso, sinceramente, que ha merecido la pena. De hecho, ahora empiezo a comprender frases como: “la revisión puede llevarte más tiempo que la propia escritura” o “tienes que dedicar mucho tiempo a un párrafo”. Jolines, en mi caso creación y revisión han estado casi a la par en términos cuantitativos de tiempo, y, SÍ: tardé horas en revisar un página que escribí en minutos, y, SÍ: me atasqué leyendo y releyendo un único párrafo (cientos de ellos), del derecho y del revés, batallando con redundancias, con chirridos molestos para el subconsciente, y cómo no, me confieso perpetrador de un crimen: pues seguí las instrucciones de los grandes maestros y asesiné a mis seres queridos. Ya que para avanzar no hay otra forma: debes despojarte de cierto egocentrismo, de cierta autosuficiencia que engalana tu ego pero lastra tu obra. Aunque fijaos que dije “cierto/cierta”. ¡Che, sólo soy un aprendiz imperfecto!
En esta labor post-creación debo agradecer la ayuda a tres mujeres.
La primera, mi esposa, que entraría dentro de la definición del maestro King como mi “lectora ideal”. Ella ha sido y es mi primera lectora, pues ha leído todos mis manuscritos, incluyendo el famoso mamotreto de 900 páginas, que por cierto, es el que más le gusta, aún cuando las editoriales y agencias no quieran verlo ni en pintura. Su apoyo es primordial para mí. Un escritor (o aspirante a escritor) necesita alguien que le ponga los pies en la tierra, que le anime cuando se siente derrotado y le diga que no es el fin del mundo, o que le eche un jarro de agua y le ponga los puntos sobre las “íes” cuando se ha pasado de la raya y ha escrito una bazofia. Por suerte, la escritura no es como la vida, pues en el caso de la primera podemos revisar y revisar antes de dar a luz. Pero como dijo la increíble Esther de Prosófagos (una chica con un don especial para corregir y para detectar arrugas): si no te esmeras lo suficiente, y publicas tu obra con fallos, luego te arrepentirás, porque saldrá a la calle, se hará independiente y no podrás cambiarla. Y yo añado: lo peor de todo, para un escritor que se precie, es contemplar una obra suya y saber que pudo hacerla mejor, que pudo poner más de sí.
Y continuando con el hilo: mi esposa leyó el manuscrito y me hizo sugerencias que me fueron muy útiles, fundamentalmente en el desenlace de la obra, donde tuve que soltar lastre por mi tendencia a empedrarlo todo, y después de tres borradores, ha quedado bastante majo. ¡¡Muchas gracias por aguantarme!!
Las otras dos personas han sido dos amigas cuya identidad no revelo porque ellas mismas me lo pidieron (al menos una de ellas explícitamente y la extiendo a la otra por si acaso, ¡qué queréis que os diga!, mejor pecar de prudente).
Estas amigas (relacionadas con la literatura en distintos grados) tuvieron la amabilidad de ofrecerse, sin que yo lo pidiera, para leer una parte del manuscrito, en concreto las cincuenta primeras páginas. Quizá para muchos no sea un número muy significativo, pero en el caso de esta nueva novela sí lo es por algunas razones: la estructura ya está definida, aparecen los personajes principales, y también el estilo.
Sin que ambas amigas supieran entre sí sus identidades respectivas, sus comentarios coincidieron en muchos puntos: la excesiva descripción del entorno (“Sergio parece como si quisieras describir una ciudad entera con los ojos del personaje), el uso reiterado de frases cortas que la hacían muy cortante a ojos del lector, así como varias cosillas de gramática, puntuación y el uso de la raya en los diálogos, sobre todo en las intervenciones no habladas. Os dejo un enlace que puede seros de utilidad:
De la primera amiga secreta (primera por orden de ofrecimiento, que conste) debo destacar que me ha ayudado un montón (con apuntes, correcciones…), pero sobre todo le estoy profundamente agradecido por su “visión editorial” adquirida con su propia experiencia. Así, siguiendo sus consejos, aumenté el ritmo del inicio del manuscrito, alternando dos capítulos entre sí (segundo por primero). El inicio es fundamental en una obra y yo, tiendo a comportarme como un motor diesel, arranco despacito y voy ganando terreno conforme pasan las páginas, lo cual no es muy aconsejable en este mundo literario con el que nos ha tocado lidiar. Y si no que os lo digan a vosotros, que como yo estáis acostumbrados a los rechazos, pues como es sabido, las editoriales y agencias piden a menudo tan sólo las primeras páginas. ¡¡Muchas gracias por tus sabios consejos, primera amiga secreta!!
Y respecto a la segunda amiga, pues maravillosa también (es una lectora con un olfato finísimo): me dio consejos, enlaces, me escribió apuntes, correcciones… buff… se portó genial, algo que no se puede expresar con palabras. Y me dio profundos ánimos, que también se agradece. ¡¡Muchas gracias segunda amiga secreta!!
En resumen, que le debo mucho a estas dos amigas (y a mi esposa) porque uno termina obcecándose con la obra y necesita una referencia externa, que le hable con cierta objetividad o subjetividad, pero que le dé una opinión para que uno pueda darse coscorrones contra la pared, y aunque en un principio se rasgue las vestiduras (creedme, a veces, ocurre), luego tras una reflexión más fría puede sacar muchas cosas de provecho.
Y para finalizar os pongo un adelanto de mis conclusiones respecto a la corrección, que tal vez, en el futuro, termine completando. Pero, ojo, no me toméis muy en serio, al fin y al cabo, sólo soy un autor novel, un aspirante a escritor que aún no ha publicado:
1. Tras el primer borrador es cierto que hay que dejar reposar el manuscrito. No puedes seguir corrigiendo con la excusa de que las primeras partes las escribiste hace meses (lo hemos hecho todos y es un atajo inadecuado). Yo dejé un mes, y no fue suficiente. La próxima vez pondré el listón en seis semanas.
2. La primera revisión debes hacerla tú solo (sin ayuda de nadie) y debe ser general para detectar el ritmo de la novela, si los tiempos verbales son adecuados, si el sentimiento es correcto y emociona, también posibles lagunas argumentales, y si existe alguna cosa o tema que debas resaltar, o mejor expresado: si tu novela trata de algún tema en concreto, en el que no habías reparado. Esto que puede sonar a locura transitoria ocurre en mi caso porque yo escribo sin conocimiento previo de lo que va a ocurrir y por tanto la historia crece por sí misma. En esta revisión puedes descubrir conexiones entre ciertas partes que tal vez, hayan quedado demasiado débiles o dispersas. Anótalas y ensálzalas si es necesario. Y por contra, pule (elimina, cercena) aquellos excesos de información o párrafos redundantes que en esta lectura general saltan como balizas en un mar oscuro.
3. La segunda revisión debería leerla alguien más aparte de ti mismo, y si es posible más de una persona de tu confianza (en mi caso bastó con las primeras páginas, aunque por supuesto es mejor toda la obra). En esta revisión céntrate en correcciones ortotipográficas, para darles tiempo a tus lectores a darte consejos. Seguramente te los darán antes de acabar y así puedes, tras estudiarlos, empezar a meterlos en la revisión (que podría saltar casi que a la tercera).
Si el cambio sugerido es importante (tanto como para obligar a reescribir la historia) tómate tu tiempo para asimilarlo. Tal vez tu primera reacción sea echar espumarajos por la boca, pero créeme, debes dejar pasar un tiempo para comprender, para asimilar con el cerebro.
4. Tal vez, requieras de más revisiones antes de la última, yo creo que estuve por cinco o seis, pero no fueron profundas cada una de ellas, pues afectaban a partes distintas cada vez (tiempos verbales, ortografía…).
5. Lo que sí recomiendo es una última revisión exhaustiva, párrafo a párrafo, frase a frase, palabra a palabra, chirrido a chirrido. Larga, concisa y sin piedad. Es la que más me costó y fue la que mejor deja al manuscrito. ¡Parece mentira que pueda darse un salto tan importante al final!
6. Por último conviene usar el Word o cualquier otro programa para darle un nuevo barrido a todo y encontrar nuevas faltas ortográficas (a veces, tras tantas revisiones, sale algún horroroso gazapo). Tened en cuenta que habéis revisado y simultáneamente reescrito ciertas partes, por lo que el error es posible.
7. Y para finalizar: Maquetación, simple y concisa. Cuanta más sensación “de limpieza” deje el manuscrito, mejor. Sin grandes alardes, ni dibujos, ni fotos, ni letras saltonas, ni nada de eso. En mi caso y por si os interesa: letra New Times al 12, interlineado 1.5, y portada sencillita, con títulos en 14 y mis datos personales en la esquina derecha (como me dijo Daniel DC).
Bueno, Esta ha sido mi primera incursión seria con una corrección (a este nivel, claro). Lo dejo escrito para recordarlo la próxima vez, como una especie de ruta. De todas formas, no todo el trabajo está hecho, después, si hay suerte, han de venir los profesionales con sus sugerencias, con sus consejos, con nuevos fallos… Resumiendo: más trabajo todavía.
¡Ah, se me olvidaba! Lo más importante que he sacado en claro y que me ha enseñado el “clic” que os comenté en la anterior entrada, es que para corregir debéis desarrollar un vínculo entre vuestro cerebro lógico y vuestro cerebro creativo. El lógico detecta los chirridos, las arrugas, señala los puntos flacos, lo que no funciona, pero es el creativo el que reescribe. Es algo así, como los coches híbridos, por buscar un símil.
¡¡Menudo rollo os he soltado!! ¿Seguís ahí? Je,je, je… un abrazo.



