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sábado, 5 de diciembre de 2009

Mi experiencia con la corrección (II)

Hola, amigas y amigos.
Tras unos días de intenso trabajo literario y escasas horas de sueño, por fin conseguí terminar la revisión de mi último manuscrito. Debo confesar que estoy muy orgulloso de este trabajo por el esmero y las ganas que le he puesto. Tras varios meses de revisiones con momentos buenos y malos, si miro hacia atrás pienso, sinceramente, que ha merecido la pena. De hecho, ahora empiezo a comprender frases como: “la revisión puede llevarte más tiempo que la propia escritura” o “tienes que dedicar mucho tiempo a un párrafo”. Jolines, en mi caso creación y revisión han estado casi a la par en términos cuantitativos de tiempo, y, SÍ: tardé horas en revisar un página que escribí en minutos, y, SÍ: me atasqué leyendo y releyendo un único párrafo (cientos de ellos), del derecho y del revés, batallando con redundancias, con chirridos molestos para el subconsciente, y cómo no, me confieso perpetrador de un crimen: pues seguí las instrucciones de los grandes maestros y asesiné a mis seres queridos. Ya que para avanzar no hay otra forma: debes despojarte de cierto egocentrismo, de cierta autosuficiencia que engalana tu ego pero lastra tu obra. Aunque fijaos que dije “cierto/cierta”. ¡Che, sólo soy un aprendiz imperfecto!

En esta labor post-creación debo agradecer la ayuda a tres mujeres.
La primera, mi esposa, que entraría dentro de la definición del maestro King como mi “lectora ideal”. Ella ha sido y es mi primera lectora, pues ha leído todos mis manuscritos, incluyendo el famoso mamotreto de 900 páginas, que por cierto, es el que más le gusta, aún cuando las editoriales y agencias no quieran verlo ni en pintura. Su apoyo es primordial para mí. Un escritor (o aspirante a escritor) necesita alguien que le ponga los pies en la tierra, que le anime cuando se siente derrotado y le diga que no es el fin del mundo, o que le eche un jarro de agua y le ponga los puntos sobre las “íes” cuando se ha pasado de la raya y ha escrito una bazofia. Por suerte, la escritura no es como la vida, pues en el caso de la primera podemos revisar y revisar antes de dar a luz. Pero como dijo la increíble Esther de Prosófagos (una chica con un don especial para corregir y para detectar arrugas): si no te esmeras lo suficiente, y publicas tu obra con fallos, luego te arrepentirás, porque saldrá a la calle, se hará independiente y no podrás cambiarla. Y yo añado: lo peor de todo, para un escritor que se precie, es contemplar una obra suya y saber que pudo hacerla mejor, que pudo poner más de sí.
Y continuando con el hilo: mi esposa leyó el manuscrito y me hizo sugerencias que me fueron muy útiles, fundamentalmente en el desenlace de la obra, donde tuve que soltar lastre por mi tendencia a empedrarlo todo, y después de tres borradores, ha quedado bastante majo. ¡¡Muchas gracias por aguantarme!!
Las otras dos personas han sido dos amigas cuya identidad no revelo porque ellas mismas me lo pidieron (al menos una de ellas explícitamente y la extiendo a la otra por si acaso, ¡qué queréis que os diga!, mejor pecar de prudente).
Estas amigas (relacionadas con la literatura en distintos grados) tuvieron la amabilidad de ofrecerse, sin que yo lo pidiera, para leer una parte del manuscrito, en concreto las cincuenta primeras páginas. Quizá para muchos no sea un número muy significativo, pero en el caso de esta nueva novela sí lo es por algunas razones: la estructura ya está definida, aparecen los personajes principales, y también el estilo.
Sin que ambas amigas supieran entre sí sus identidades respectivas, sus comentarios coincidieron en muchos puntos: la excesiva descripción del entorno (“Sergio parece como si quisieras describir una ciudad entera con los ojos del personaje), el uso reiterado de frases cortas que la hacían muy cortante a ojos del lector, así como varias cosillas de gramática, puntuación y el uso de la raya en los diálogos, sobre todo en las intervenciones no habladas. Os dejo un enlace que puede seros de utilidad:

De la primera amiga secreta (primera por orden de ofrecimiento, que conste) debo destacar que me ha ayudado un montón (con apuntes, correcciones…), pero sobre todo le estoy profundamente agradecido por su “visión editorial” adquirida con su propia experiencia. Así, siguiendo sus consejos, aumenté el ritmo del inicio del manuscrito, alternando dos capítulos entre sí (segundo por primero). El inicio es fundamental en una obra y yo, tiendo a comportarme como un motor diesel, arranco despacito y voy ganando terreno conforme pasan las páginas, lo cual no es muy aconsejable en este mundo literario con el que nos ha tocado lidiar. Y si no que os lo digan a vosotros, que como yo estáis acostumbrados a los rechazos, pues como es sabido, las editoriales y agencias piden a menudo tan sólo las primeras páginas. ¡¡Muchas gracias por tus sabios consejos, primera amiga secreta!!
Y respecto a la segunda amiga, pues maravillosa también (es una lectora con un olfato finísimo): me dio consejos, enlaces, me escribió apuntes, correcciones… buff… se portó genial, algo que no se puede expresar con palabras. Y me dio profundos ánimos, que también se agradece. ¡¡Muchas gracias segunda amiga secreta!!

En resumen, que le debo mucho a estas dos amigas (y a mi esposa) porque uno termina obcecándose con la obra y necesita una referencia externa, que le hable con cierta objetividad o subjetividad, pero que le dé una opinión para que uno pueda darse coscorrones contra la pared, y aunque en un principio se rasgue las vestiduras (creedme, a veces, ocurre), luego tras una reflexión más fría puede sacar muchas cosas de provecho.

Y para finalizar os pongo un adelanto de mis conclusiones respecto a la corrección, que tal vez, en el futuro, termine completando. Pero, ojo, no me toméis muy en serio, al fin y al cabo, sólo soy un autor novel, un aspirante a escritor que aún no ha publicado:

1. Tras el primer borrador es cierto que hay que dejar reposar el manuscrito. No puedes seguir corrigiendo con la excusa de que las primeras partes las escribiste hace meses (lo hemos hecho todos y es un atajo inadecuado). Yo dejé un mes, y no fue suficiente. La próxima vez pondré el listón en seis semanas.

2. La primera revisión debes hacerla tú solo (sin ayuda de nadie) y debe ser general para detectar el ritmo de la novela, si los tiempos verbales son adecuados, si el sentimiento es correcto y emociona, también posibles lagunas argumentales, y si existe alguna cosa o tema que debas resaltar, o mejor expresado: si tu novela trata de algún tema en concreto, en el que no habías reparado. Esto que puede sonar a locura transitoria ocurre en mi caso porque yo escribo sin conocimiento previo de lo que va a ocurrir y por tanto la historia crece por sí misma. En esta revisión puedes descubrir conexiones entre ciertas partes que tal vez, hayan quedado demasiado débiles o dispersas. Anótalas y ensálzalas si es necesario. Y por contra, pule (elimina, cercena) aquellos excesos de información o párrafos redundantes que en esta lectura general saltan como balizas en un mar oscuro.

3. La segunda revisión debería leerla alguien más aparte de ti mismo, y si es posible más de una persona de tu confianza (en mi caso bastó con las primeras páginas, aunque por supuesto es mejor toda la obra). En esta revisión céntrate en correcciones ortotipográficas, para darles tiempo a tus lectores a darte consejos. Seguramente te los darán antes de acabar y así puedes, tras estudiarlos, empezar a meterlos en la revisión (que podría saltar casi que a la tercera).
Si el cambio sugerido es importante (tanto como para obligar a reescribir la historia) tómate tu tiempo para asimilarlo. Tal vez tu primera reacción sea echar espumarajos por la boca, pero créeme, debes dejar pasar un tiempo para comprender, para asimilar con el cerebro.

4. Tal vez, requieras de más revisiones antes de la última, yo creo que estuve por cinco o seis, pero no fueron profundas cada una de ellas, pues afectaban a partes distintas cada vez (tiempos verbales, ortografía…).

5. Lo que sí recomiendo es una última revisión exhaustiva, párrafo a párrafo, frase a frase, palabra a palabra, chirrido a chirrido. Larga, concisa y sin piedad. Es la que más me costó y fue la que mejor deja al manuscrito. ¡Parece mentira que pueda darse un salto tan importante al final!

6. Por último conviene usar el Word o cualquier otro programa para darle un nuevo barrido a todo y encontrar nuevas faltas ortográficas (a veces, tras tantas revisiones, sale algún horroroso gazapo). Tened en cuenta que habéis revisado y simultáneamente reescrito ciertas partes, por lo que el error es posible.

7. Y para finalizar: Maquetación, simple y concisa. Cuanta más sensación “de limpieza” deje el manuscrito, mejor. Sin grandes alardes, ni dibujos, ni fotos, ni letras saltonas, ni nada de eso. En mi caso y por si os interesa: letra New Times al 12, interlineado 1.5, y portada sencillita, con títulos en 14 y mis datos personales en la esquina derecha (como me dijo Daniel DC).

Bueno, Esta ha sido mi primera incursión seria con una corrección (a este nivel, claro). Lo dejo escrito para recordarlo la próxima vez, como una especie de ruta. De todas formas, no todo el trabajo está hecho, después, si hay suerte, han de venir los profesionales con sus sugerencias, con sus consejos, con nuevos fallos… Resumiendo: más trabajo todavía.
¡Ah, se me olvidaba! Lo más importante que he sacado en claro y que me ha enseñado el “clic” que os comenté en la anterior entrada, es que para corregir debéis desarrollar un vínculo entre vuestro cerebro lógico y vuestro cerebro creativo. El lógico detecta los chirridos, las arrugas, señala los puntos flacos, lo que no funciona, pero es el creativo el que reescribe. Es algo así, como los coches híbridos, por buscar un símil.
¡¡Menudo rollo os he soltado!! ¿Seguís ahí? Je,je, je… un abrazo.

domingo, 29 de noviembre de 2009

Una vida de ermitaño.


Como sabéis, estoy ultimando la corrección de mi cuarto manuscrito.
La suma de varios factores: un catarro matrimonial (…en lo malo y en lo bueno, en la salud y en la enfermedad…), una semana de vacaciones forzadas y la llegada del frío (tampoco mucho), han provocado que mi mujer y yo tengamos que enclaustrarnos en nuestro pisito, y que me centre.
Realmente hago lo que nos gustaría a muchos: vivir como un escritor, o casi. Me levanto de madrugada y trabajo a conciencia durante horas. Pero ha ocurrido un suceso inesperado. Siento que algo hizo “clic” en mi cabeza. Tal vez, una ruedecilla celular invisible giró ―sólo Dios sabe por qué―, encajando donde debía hacerlo, y, de esa manera, el engranaje de la máquina literaria que habita en mí se puso en marcha. De hecho, hace apenas unos días una amiga me dio su opinión sobre uno de mis relatos breves. Señaló varios fallos y apuntó consejos muy útiles, pero, yo, aunque quería aprender de los errores, no conseguía conectar con lo que ella me comentaba. Era como si estuviese ciego. Y, ahora, de pronto, el velo de terquedad se ha retirado de mis ojos. Por lo menos una parte del mismo.
La nueva revisión supone un salto cualitativo bastante importante. Pienso que en esta semana lograré mejor trabajo que en dos meses de los de antes. Eso sí, con limitaciones, pues tengo claro que para que mi escritura “sobresalga” necesitaré la ayuda de los grandes, aunque debo matizar, que éstos serán ―finalmente― clásicos y contemporáneos.
Os hablaré de las conclusiones cuando pase la tormenta.
En paralelo a la revisión, he empezado a ojear el libro “Saber escribir” del Instituto Cervantes que me aconsejó Javier Pellicer (
http://tierradebardos.blogspot.com/ ), y por las noches, ya en cama, leo “La brújula loca” de Torcuato Luca de Tena, estimado préstamo de mi amiga Isis
(http://unpasilloencerado.blogspot.com/). Los descansos que me permito durante la revisión los dedico a visitar vuestros blogs o a echar un ojo en los foros.
Ahora, mientras escribo, observo la pila de libros que se amontonan en las baldas de las estanterías de mi despacho, algunas de ellas combadas (no exagero) por el peso. He anticipado los Reyes y ardo en deseos de iniciar la lectura.
Y para rematar la faena, ayer noche me topé con una sorpresa que me dejó el amigo Oriafontan en los comentarios de la anterior entrada. Todavía estoy en estado de shock.
¿Tendré fiebre?

domingo, 27 de septiembre de 2009

Mi experiencia con la corrección


A raíz de una pequeña conversación con la encantadora Esther, de Prosófagos, blog: (http://www.necesidadyazar.com.ar/), he estado dándole vueltas al tema de las correcciones.
Como sabéis, dejé pasar un mes desde que acabé mi cuarto manuscrito, antes de iniciar la labor de pulido. Me preguntaba Esther si la experiencia de este “descanso” me había parecido productiva, pues, antes, yo era de los que nada más acabar, corregían y mandaban a editoriales y agencias.
Le dije que necesitaba madurarlo, pues no lo tenía muy claro.
Bueno, pues lo he meditado un poco y sigo hecho un lío, así que voy a tratar de desenmarañar la madeja a ver qué encuentro.
Para ello necesito echar mano de dos opiniones o comentarios de otros compañeros de foros y blogs:
1) Espartano (Blas Malo, http://lenegaron27.blogspot.com/), otro genial escritor en ciernes, habitual de Bibliotecas Virtuales, nos expuso a los compañeros del foro su método de trabajo. Os pongo el enlace por si queréis echarle un vistazo porque es de lo más interesante.
http://portal.bibliotecasvirtuales.com/es/foros/mis-contactos-con-las-agencias?page=33
Básicamente, Espartano establece tres pautas: un hilo temporal de la obra, una sinopsis corta de una página, y una sinopsis larga de unas quince o veinte páginas con lo más importante de cada capítulo, sobre la cual se establecen las correcciones antes de pasarla a la obra en sí. Lo que es obvio es que su método funciona, por lo menos a él le funciona, y deja claro su profunda seriedad y profesionalidad a la hora de iniciar una corrección, contando, además, con el asesoramiento de una agencia literaria.
2) naTTs y su excelente blog Palabras, ladrillos, muros y otras historias (http://cutthesewordsandtheywouldbleed.blogspot.com/) habla en sus últimas entradas del proceso creativo, diferenciando los distintos métodos que tienen los escritores a la hora de abordar la narración de una obra. Básicamente (aunque es malo generalizar) hay quienes perfilan a los personajes y definen muy bien la trama o tramas de la obra, subtramas y sucesos más importantes antes de empezar a escribir. Incluso hacen una especie de guión, o sinopsis (Ken Follet). Otro grupo parte de un personaje o personajes y de una situación concreta, sin guión previo, aunque sí puede tener una ligera idea, que puede ser tan simple como una situación o una imagen recurrente. Sería algo así como una labor de arqueología en la que vas desenterrando sin saber exactamente lo que encontrarás. Depende de lo que les de por hacer a los personajes. Y así el escritor puede llevarse una sorpresa: al principio pensabas que ibas encontrarte un carro romano, y luego se trata de una catapulta, por decir algo. A este grupo pertenecería Stephen King (y un servidor, pero lo digo en voz bajita porque ponerme al lado del maestro es mucho poner, claro…je, je).
Os invito a echar un vistazo el blog de naTTs.


Os preguntaréis: ¿Qué relación he establecido entre ambos comentarios de Espartano y naTTs?
Pues mirad, después del mes de descanso, cogí el manuscrito con muchas ganas y empecé la corrección. ¿Las sensaciones? Bueno, pues para mi decepción fueron rancias. Algo así como si se me hubiera dormido el cerebro. Me encontraba entumecido, y me costaba entrar en la historia. Luego fui arrancando motores y terminé a todo trapo, trabajando muchas horas y sin descanso hasta que terminé la corrección “gorda”. Entré con la intención de pasar la guadaña, os lo juro, pero no fue así. Eso sí, como en mi manuscrito tienen mucha importancia los flashbacks decidí cambiar el tiempo verbal de algunos capítulos, pues yo los había escrito en presente. Eso me llevó un montón de trabajo y resultó una labor muy pesada. Corregía, leía y volvía para atrás a volver a leer. Un tostón.
Lo positivo: a pesar del coñazo de corregir los tiempos verbales de un montón de páginas el resultado me gustó mucho. Creo que es un buen manuscrito, y que va ganando fuerza a medida que pasas páginas, algo habitual en mi forma de escribir. Leerme exige un esfuerzo, tienes que subir una colina para contemplar lo bueno que hay detrás. Supongo, claro, ya que hasta ahora casi nadie ha leído mis manuscritos.
Bien, llegados a este punto e hilvanando con el inicio de esta entrada: nada más terminar la corrección gorda, estaba tan cansado que no sabía por dónde tirar. Bueno, tenía claro que era el turno de la sinopsis, pieza que me cuesta mucho conseguir y que es clave para “enganchar “ a editoriales y agencias.
Lo primero que hice fue imprimir el manuscrito en papel, para lo cual os aconsejo que vayáis a una copistería o reprografía y lo llevéis en lápiz de memoria. Es más rápido y sale más barato que hacerlo en vuestra casa, que os lo dice uno que se tiró un día entero para sacar un manuscrito en su pequeña impresora. Además encuaderné el manuscrito y buff…¡vaya subidón! Es una satisfacción difícil de expresar. Me encantó verlo en papel, y creo que no se puede comparar a ver tu manuscrito en digital, ni de coña. Estaba, ¿cómo decirlo?, límpido. Como vestido de fiesta. Hermoso.
Bien, volviendo a lo de la sinopsis. Leí el comentario de Espartano y empecé a realizar resúmenes de los capítulos, pero no llevaba ni tres hechos cuando me di cuenta de que no podía seguir, que aquello era superior a mis fuerzas. ¡¡Seré vago!!, me repetía exasperado. … Entonces me dio por pensar. Creo que la corrección, la sinopsis, la redacción de un hilo temporal, se fusionan de alguna forma con el proceso creativo. Para mí, cuando escribo, me es imposible ser tan metódico, tan frío. Ojo, no es ni de coña una crítica al método de los demás, señalo lo que me ocurre a mí, pues ya he remarcado que el método de Espartano me parece super profesional y seguro que mucha gente del sector lo usa. Pero, ¡chicos y chicas, yo no puedo usarlo! Jolines, me ha faltado darme coscorrones contra la pared, pero nada, ni argumentando las cosas positivas: Sergio que tienes memoria de pez, dentro de un mes no te acordarás de por qué tu personaje fulanito hizo tal o cual cosa, ni podrás explicar qué ocurrió antes de esta otra… ¡Es verdad, todo es verdad! Pero yo no puedo. Es algo que va en contra de mi forma de concebir mis historias. Cuando han sido muy largas he anotado en un papel algún dato para no meter mucho la pata, pero de ahí no he pasado. Para mí sería como diseccionar la historia, abrirla en canal e ir destripándola… y va en contra de mi proceso creativo. No me puedo plantear por qué mi personaje decidió matar a este otro: simplemente lo hizo así en ese momento, mientras yo escribía con total honestidad. Para mí fue creíble en el momento de esa creación y ahora no voy a entrar a replanteármelo.
Os aseguro que si hubiera leído el manuscrito y me hubiera chirriado pues habría cambiado cosas. De hecho lo hice con alguna escena puntual, algunos párrafos y frases. También lo de los tiempos verbales.
Así que Esther, contestando a tu pregunta: creo que el descanso ha sido bueno en la medida que ha enfriado “la pasión” con la que escribí el manuscrito. Adormeció mis sentidos y pienso que eso te da cierta objetividad, ganas perspectiva. Ahora bien, como autor –y esto es a nivel solo personal- tengo serias limitaciones a la hora de pulir. Creo que yo tengo un nivel de saturación, impuesto por mi propio sistema creativo: obviamente creo que es bueno corregir, y corregiré, pero hasta cierto punto. Si la obra, tras una relectura, en líneas generales me gusta, no voy a seguir amasándola como un trozo de pizza, ni distorsionándola en función de si mi estado de ánimo se encuentra triste, melancólico o efusivo. Quizá mi método sea el menos recomendable, el menos purista. Pero para mí, hacer otra cosa, sería quitarle frescura a la historia. Aniquilarla. Porque en ella hay un hilo mágico, invisible, que fluye de alguna manera de forma subconsciente, que no puede ser analizado, ni descuartizado, puede percibirse pero no reproducirse en laboratorio.
Siento ser un pésimo corrector. Solo espero que si algún día me coge alguna agencia o editorial pueda adaptarme a sus exigencias.

Muchas gracias Esther por haberme hecho meditar. También aprovecho para indicar lo mucho que valoramos (me consta que lo hace un montón de gente) tu labor generosa de corrección en Prosófagos.
Chica, tienes cualidades mágicas. ¿Dónde las aprendiste, en Hogwarts?

martes, 1 de septiembre de 2009

Lo que aprendí de "Tiburón"


Hay una frase en el libro “Mientras escribo” de Stephen King que reza:

“Cada libro que se elige tiene una o varias cosas que enseñar, y a menudo los libros malos contienen más lecciones que los buenos.”

Creo que Tiburón, la novela de Peter Benchley que fue bestseller a principios de los setenta, ha sido muy ilustrativa para mí. Antes de nada, debo reconocer que Tiburón, la novela, cuenta con un tremendo handicap: Tiburón, la película. En mi opinión, una pequeña obra maestra, firmada por Steven Spielberg.
Pero es más que eso.
Voy a tratar de explicaros lo que he aprendido, pero antes me gustaría advertir a quien quiera seguir leyendo, que, si no sabe nada acerca de Tiburón, y piensa leer el libro o ver la película (aunque el hecho de que no la haya visto me resulta harto difícil de imaginar, pero factible después de todo) no siga con esta reseña. Necesito descomponer ciertas partes de la trama y los personajes. Espero que sepáis disculpar mi torpeza.
Bien, empecemos:
El libro tiene un punto que sí me gustó mucho. Las escenas en las que Benchley describe el comportamiento del “pez” y sus reacciones psicomotrices ante lo que percibe en el agua. Lo hace de forma sencilla, insertando términos científicos que, sin embargo, no chirrían. Ahora bien, para desconsuelo del lector, las escenas donde realmente sale el “pez” se reducen hasta la nimiedad, y en la práctica podemos decir que “el tiburón” casi no es el protagonista de la historia. Salvo esas contadas escenas, si utilizamos términos marineros, el libro hace aguas por todos lados. ¿Por qué?
Digamos que el autor se olvida de lo principal, se olvida del monstruo. En vez de eso, se dedica casi todo el libro a priorizar al personaje de la esposa del jefe Brody, Ellen, quien siente una desdicha existencial porque pasó de ser una jovencita de clase alta, a ser un ama de casa, desposada con un funcionario y que pasa apuros económicos para llegar a fin de mes con sus tres hijos. Conforme pasaba las páginas del libro, un rumorcito sonaba en mi cabeza, y me decía: “Benchley no sigas por ahí, te estás metiendo en un bosque demasiado espeso, que no nos deja ver lo importante”. Y así fue. Benchley continúa priorizando a Ellen, e inserta a Hooper, el experto en tiburones, que resulta provenir, también, de familia adinerada y que se nos presenta como un joven apuesto. Se establece un triángulo amoroso entre Hooper, Ellen y el jefe Brody. Un triángulo que, a mi entender, no funciona demasiado bien y no termina de convencerme. La otra gran apuesta del libro es la seudo-trama mafiosa que intenta explicar el empeño del alcalde Vaughan por no cerrar las playas.
Tranquilos, no voy a seguir destripando el libro. Me detengo aquí para hacer mi reflexión. Justo antes de terminar de leer el libro busqué por Internet quién era el guionista de la película. Me sorprendí al descubrir que fue el propio Benchley uno de los co-guionistas, secundando por otros dos hombres, y entre ellos, probablemente, John Millius (director de Conan), que se dice que fue el escritor del monólogo de Robert Shaw (Queen, el pescador) sobre el desastre del Indianápolis.
Según leí, Benchley rescribió el guión varias veces hasta que fue del agrado de los Estudios.
Joder. El resultado fue espectacular. Se pasó de una novela lánguida, difusa y un poco mediocre, a una historia cerrada y espléndida. Pero, ¿cómo fue eso posible?
Umm… Debo confesar que, llegados a este punto, siento algo de miedo. Yo escribo de forma honesta, o trato de hacerlo. Doy lo mejor de mí, usando mis escasas herramientas y dones literarios, entregándome a mis personajes. Para mí, los personajes son lo principal de una historia, y son ellos, en mi opinión los que originan la trama, y no al revés. Digamos que creo que “la trama” los encuentra. Por eso siento algo de miedo, a que, después de escribir una historia con mi mejor intención, venga alguien, la coja y saque de ella “oro puro”. Supongo que ese miedo se debe a mi propio egoísmo, al fuerte vínculo afectivo que genero con mis personajes. “Quiero que estés a mi lado, amarte y estar contigo, aunque solo pueda ofrecerte lo que ves”, como le diría un joven humilde a su prometida.
Y eso es lo que ha pasado con Tiburón.
Si fuera un adolescente diría que lo han “tuneado”, ya que realmente casi no han dejado títere con cabeza. Salvo el lugar donde transcurre la historia, Amity, los nombres de los personajes, y algunas coincidencias, todo lo demás es muy, muy diferente. Alguien podría decirme, con razón, que en la película tampoco se muestra excesivamente al monstruo, pero es importante destacar, que la película contiene muchas escenas de mar, donde la música de John Williams crea una sensación de angustia sin parangón.
Pero sobre todo, la clave está en los personajes.
El jefe Brody (Roy Scheider), es ahora un hombre de ciudad que se ve trasladado a una isla. Desde el principio se nos muestra su animadversión por el agua, por lo que se comprende a la perfección, que “no está en el medio adecuado”. El alcalde y los miembros del consejo se empecinan en mantener las playas abiertas, pero en la película se hace más hincapié en el lado turístico del pueblo, que se describe de forma cálida y pintoresca, lo que tinta la película desde el principio de un aire de “historia de aventuras”.
Ellen, la esposa de Brody, queda relegada a un segundo plano. Aporta lo suficiente para consolar a su esposo, creando la tensión dramática necesaria y el dolor interno del personaje.
Hooper, con el maravilloso Richard Dreyfuss, se nos presenta como un tipo simpático, un estudioso o un estudiante aventajado, pijo, que cae bien, y que en vez de meterse en un triángulo amoroso, “conecta” con Brody. Aporta el lado real y científico de la trama, equilibrándola, pues inserta comentarios acerca del comportamiento de la bestia. Digamos que es el Van Helsing de la historia.
Quint. Llegamos al tipo duro. La revelación de la historia. Aquí es donde saltan los fuegos artificiales. El libro se queda corto con él. Robert Shaw, el actor, se zampa el papel como el tiburón se lo come a él mismo. La pesca de la bestia es totalmente una historia de aventuras, perfectamente narrada, con diálogos ágiles, cargados de cinismo. Por ejemplo, la escena en la que Brody está echando carnaza por la borda y al girarse ve al tiburón emerger del agua, mostrando sus enormes mandíbulas. Se levanta consternado y le dice a Quint: "vamos a necesitar un barco más grande."




Lo que hace una buena historia de Tiburón, la película, es que no te deja olvidarte ni por un momento donde te has metido. Estás en el agua, nene, y por ahí asoma una aleta dorsal. ¿Lo entiendes?

Creo que eso es lo más importante que he aprendido. Y me ha venido mejor que si hubiese leído un libro magníficamente escrito, con una trama cerrada y sin fisuras. Porque dentro de poco me propongo pulir mi última novela y ahora tengo claro que es necesario “devastar” todo lo superfluo. Al lector de Tiburón no le interesa para nada las operaciones inmobiliarias de Amity, ni la atormentada vida sentimental de Ellen. Hay que centrarse más en los personajes que rodean al tesoro de la historia: el tiburón. Debemos saber que Brody se siente torpe en un barco, que Quint es una especie de capitán Achab, duro y cínico, que sabe lo que se lleva entre manos, pero que es capaz de cualquier cosa, incluso de impedir que les socorran cuando el barco, la Orca, se hunde. Y, es una gran lección para un escritor novel, ¿no creéis? Observar la zozobra de una novela comparada con su versión posterior, que la encumbra mucho más allá de lo que se merecía inicialmente.
Y lo más desconcertante de todo: ¿Fue el propio Benchley quien lo consiguió?
De ser así refrendaría la importancia de pulir una obra, de extraer de ella lo mejor.
Sé que hay un amplio sector de escritores que están totalmente en contra de la labor de pulir. Incluso recuerdo a uno que, hablando de este tema, me contestó indignado que a su obra no le faltaba ni le sobraba ni una coma, ni una letra.
Pero, por definición, no existe nadie tan perfecto.
¡Eh, que a mí me cuesta mucho "pasar las tijeras"! Lo reconozco. Pero hay que armarse de valor, y salir al mar, aunque tengamos miedo. Tenemos que enfrentarnos con el monstruo.
Nuestro propio monstruo llamado egocentrismo.
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P.D. Para el que no lo sepa, el tipo que se ve en la foto del encabezamiento, posando sonriente entre las fauces del Gran Blanco, es un jovencísimo Spielberg.