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sábado, 26 de noviembre de 2011

Ventas humildes y un fragmento de Transmutación

De momento mis ventas en Amazon están siendo muy humildes, no se pueden comparar, por ejemplo, con las de los amigos Blanca Miosi, Armando Rodera... o Fernando Trujillo. Todos ellos se lo merecen y me alegro de corazón y si me lo permitís, sobre todo por Armando que, en una situación parecida a la mía, se ha puesto el mundo por montera y está despuntado a nivel digital de una forma bárbara con El color de la maldad y ahora con El enigma de los vencidos.


Por otro lado Blanca Miosi es ya un referente para muchos de nosotros, la verdad, amiga, no sé cómo lo haces pero vaya donde vaya en el ciberespacio te encuentro, ¿de dónde sacas el tiempo? Me alegro muchísimo por ese bestseller que es ya El manuscrito, un libro que recomiendo a todo el mundo pues desde que empiezas a leerlo no puedes parar.

Y a Fernando Trujillo: tío eres un crack, además de una persona generosa a la que debo, entre otras cosas, el ánimo para publicar en Amazon.

Y dicho todo esto, sólo deciros que no cejo en mi empeño por escribir y mejorar. Contra viento y marea, ;)

Ahora mismo ando metido en la corrección de mi primera novela, El escritor de Kung fu, que ha sufrido una importante restructuración. La he dividido en dos novelas (pues es una trilogía). Estoy con la primera parte (Mâ) y tardo como tres o cuatro horas en corregir una sóla página.

Y para acabar: perdonadme si he sido y soy un poco pesado con esto de promocionar mis novelas pero, ¿qué otra cosa puedo hacer?, ¿acaso un libro no es, para un escritor, como un hijito pequeño por el que ha de luchar?

Eso sí, aunque seáis muy poquitos los que me hayáis comprado daros las gracias, de verdad, es una ilusión enorme que te lean. Y a todos, todos, agradeceros también a que me ayudéis a promocionar mis novelas.

Un abrazo,

Sergio.



Os dejo con un fragmento de Transmutación, mi última y más inquietante novela.


http://www.amazon.com/Transmutación-Spanish-Edition-ebook/dp/B0063WJOZ6/ref=pd_sim_sbs_kinc_3?ie=UTF8&m=A317O7WZ1CN6AQ



Costa Occidental de la República Democrática del Congo, dos semanas antes de Navidad.
El esquife abandonó la bahía dejando tras de sí el zumbido de su potente motor fueraborda. A un par de millas uno de los tres hombres se irguió y enfocó con unos prismáticos. Por entre la bruma empezaba a materializarse la silueta de un buque, los hombres cogieron sus armas y las amartillaron. Poco a poco la bruma se fue retirando mar adentro como si el mismo Dios la aspirara y la guardara para la noche.
―¿Son ellos?
El hombre de los prismáticos no contestó inmediatamente.
―Sí, han hecho la señal.
El que había preguntado, el más mayor del grupo, asintió y miró al otro tripulante, apenas un chiquillo, que contestó agitando una banderola. Todos sintieron las gargantas un poco secas y quizá por eso bebieron uno a uno del pellejo donde guardaban whisky. Habían esperado encontrar un viejo carguero coreano, como otras veces, pero tenían ante sí una fragata de guerra holandesa, vendida años atrás al sector civil. Los nuevos dueños la habían equipado con ametralladoras de calibre pesado, y en la popa, resplandecía un pequeño helicóptero.
El hombre que manejaba el timón, el jefe del grupo, dirigió el esquife hacia el costado del buque, maniobrando con habilidad. Les lanzaron un cabo y se arrimaron lo suficiente para poder subir por una escala.
En la cubierta, encontraron una mujer de pelo blanco con una cicatriz en el rostro y un marinero corpulento que era el que les había tirado el cabo.
―Este no es el barco que nos dijeron―la espetó el jefe acomodándose la boina militar.
―Lo sé, pero el So-Sang tuvo problemas cuando cruzaba el Estrecho.
―No te había visto antes, mujer―dijo el jefe con desconfianza.
―Yo a ti tampoco, pero eso no importa, importa que traigas con qué pagar lo que voy a venderte.
El jefe asintió, mirando de soslayo a su acompañante. Ambos empuñaban ametralladoras ligeras pero eso no pareció molestar a la mujer.
―¿Tu otro amigo no sube? ―preguntó el marinero.
―No, se quedará en el bote esperando que le arriéis la mercancía.
La mujer se dio la vuelta y avanzó hasta una gran caja de madera sin tapa, rodeada por otras muchas. Todos se acercaron y ojearon el interior.
―Pedimos un centenar de minas antipersonales.
Ella asintió.
―¿Y los Stinger?
―Hay una docena.
―Pedimos veinte.
―Trajimos también quince RPG´s.
―¿Imitaciones?
―No, son rusos.
El acompañante gruñó y dejó la ametralladora colgando de su hombro. Luego, fue desenvolviendo paquetes y despejando la viruta que protegía los fusiles, y las pistolas.
―¿Y las carabinas norteamericanas?
―En esa caja de ahí―contestó la mujer con frialdad―. ¿Traéis nuestra parte?
El jefe asintió de mala gana dejando una pesada bolsa de deporte sobre la cubierta. El marinero musculoso inspeccionó el interior.
―¿Todo en orden? ―dijo la mujer.
―Sí.
―Bien. Izaremos las cajas con la grúa y las pasaremos a vuestro bote. Espero que no se hunda.
―No se hundirá, hemos hecho esto muchas veces.
El marinero silbó y otros dos hombres aparecieron por una compuerta de la superestructura. Mientras uno de ellos clavaba las tapas de las cajas, los otros colocaban las eslingas y los grilletes para el izado.
El jefe descubrió entonces una figura femenina en la puerta, la observó fugazmente y se alejó hacia la borda para dar instrucciones al chico que debía recibir las cajas.
―Tú, ayúdale.
El acompañante, cuya piel negra relucía por el sudor, obedeció sin rechistar bajando por la escala. La mujer de la puerta caminó hacia allí, cojeando un poco, tenía un largo pelo azabache y vestía unos pantalones cortos por los que asomaba una prótesis.
―¿Es él? ―le preguntó la mujer de la cicatriz cuando estuvo a su altura.
―Sí.
La mujer de la cicatriz la miró con curiosidad.
―Su amiga ha gastado mucho dinero para encontrar a este viejo cerdo.
―El dinero es mío, y no me importa, ella lo necesita, ¿habrá algún problema con lo que le hemos pedido?
―En mi empresa, señorita Ford, sólo existe el valor económico. Y, si hay dinero, no existen los problemas.
Dicho esto, la mujer de la cicatriz dio algunos pasos, acercándose al jefe del grupo que vociferaba a sus dos compañeros desde la borda.
―Antes de que se vaya, tenemos algo más que ofrecerle, estoy segura de que le interesará―le dijo.
―¿Qué cosa? ―respondió el jefe girándose hacia ella, con la ametralladora cruzada en la espalda.
―Venga, se lo mostraré. Está en ese cajón que ha quedado ahí.
El jefe la miró dubitativo, echó un último vistazo a la maniobra de carga en el esquife, y fue tras ella. La mujer llevaba unos pantalones tácticos y una camiseta de tirantes, tenía una figura bastante apetecible. El cajón era más pequeño que los otros, y estaba abierto y relleno con viruta, en medio de ella había una cajita de nácar. El veterano guerrillero enarcó una ceja, y tomó la caja, abriéndola.
Frunció el ceño escrutando la antigua fotografía de bordes amarillentos, sin comprender.
―¿Los conoce?
No tuvo tiempo de contestar: la compuerta de la bodega se abrió bajo sus pies, engulléndolo en las entrañas del barco. La fotografía flotó en el pesado aire de África y se posó sobre el suelo de la cubierta. En ella se veía un atardecer, y dos figuras, la de un hombre descomunal y musculoso, y una chiquilla de piel extraña con ojos hipnóticos.

Cuando despertó se encontraba con los brazos en cruz, atados a una viga de hierro que pendía de unas cadenas. Estaba completamente desnudo y le dolían los hombros y el cuello, y le costaba respirar.
Ella se acercó hacia él y bajo una solitaria bombilla pudo vislumbrar sus rasgos exóticos y esa piel de color indefinido.
―¡Suéltame, perra!
Asima sacudió levemente el rostro.
―Hace años, siendo yo una niña, te saciaste conmigo y cambiaste mi vida. Ahora, es mi turno de recuperar lo que me quitaste.
El hombre se revolvió haciendo acopio de todas sus fuerzas irguiéndose sobre las puntas de los pies, pero todo quedó en un penduleo de la viga que lo dejó sin respiración. Asima entró en el círculo de luz, y con un gesto fugaz desabrochó su vestido y éste cayó en el suelo metálico.
―¿Qué haces, quieres que te folle otra vez?
Ella sonrió con una expresión indescifrable, extendió el brazo libre y aferró el miembro y los testículos, tirando de ellos con suavidad, separándolos de las caderas.
―¿Te gustan, verdad? ―La escupió―. ¡Pues, jódete maldita zorra!
La luz brilló entonces en la hoja del machete, y se hundió en la carne. Los gritos del hombre quedaron ahogados dentro de aquella bodega.

La mujer de la cicatriz la esperaba en cubierta, donde la grúa izaba la última caja de regreso al buque. Ahora había como una docena de hombres moviéndose de un lado para otro, uno de esos hombres cortó el cabo, y el esquife, con la madera astillada y los cuerpos de los guerrilleros inertes y retorcidos, se alejó al capricho de la marea.
Asima pasó junto a la mujer sin articular palabra y se acercó a la borda, estaba untada de sangre espesa hasta los codos pero mantenía el vestido sorprendentemente impoluto. Dejó caer el machete al océano y se quedó un rato allí, abstraída y murmurando. La mujer de la cicatriz miró a Helen Ford, que se encontraba en el puente, muchos metros por encima de sus cabezas. Helen asintió y la mujer dio una orden.
Las puertas de la bodega se abrieron y la grúa tiró de las cadenas. El hombre negro fue izado con los brazos en cruz, chorreando sangre por la herida y gritando con los ojos fuera de las órbitas. Todos siguieron el recorrido que hizo cuando la grúa rotó, dejando un reguero de sangre sobre la cubierta, y lo vieron bajar hacia las olas, hundiéndose en ellas hasta el pecho. La mujer hizo una señal, y el gruista detuvo el cable, de modo que se quedó allí, gritando en un costado del barco a la merced del oleaje.
La aleta del tiburón apareció más tarde, una estela gris en medio del mar agreste. Los gritos del jefe tardaron todavía un poco en extinguirse. Después, la grúa izó las cadenas, y con ellas una solitaria viga herrumbrosa.
Los hombres volvieron a sus puestos y el buque empezó a virar. Helen Ford bajó del puente, con un bote de cristal entre las manos.
―Tenemos un último favor que pedirle―le dijo a la mujer de la cicatriz.
―¿Qué favor?
―Necesitamos que le haga llegar esto al señor JJ, creo que nosotras tendríamos problemas para hacerlo.
La mujer observó el frasco y lo que en él flotaba con un brillo en los ojos.
―De acuerdo, se lo haré llegar. ¿Qué nombre quiera que ponga en el remite, si quiere que ponga alguno?
Helen dudó un instante.
―Simplemente ponga “E”.
―Bien.
―Y… por último, Asima le estaría muy agradecida si pudiera proporcionarle la dirección actual del señor JJ.
Ella frunció el ceño.
―Eso no entraba en el trato, el señor JJ pertenece a nuestra organización y no estoy autorizada a decírselo, y, además, ¿por qué razón iba a hacerlo?
Helen Ford suspiró.
―Porque ellos se aman.

sábado, 19 de noviembre de 2011

El valle del demonio, en el blog Mi experiencia Kindle

Hola amigos,

Desde aquí quiero agradecer a Jake, del blog Mi experiencia Kindle que me haya dedicado una entrada, por cierto, encantadora, en su magnífico blog.

Además, aquellos que lo visitéis optáis por sorteo a un ejemplar de El valle del demonio en ebook.

Esta es la entrada:


Lo dicho: que muchas gracias, amigo Jake. Cualquier publicidad para promocionar mis novelas me viene como agua de mayo, ;)

Un abrazo,

Sergio.

domingo, 2 de octubre de 2011

Ya a la venta: El valle del demonio, de Sergio G.Ros

¡¡Pues sí!!Ya ha salido publicada mi primera novela en Amazon. Como os decía en la anterior entrada, se trata de “El valle del demonio”, una novela de terror clásico, que tiene la particularidad de desarrollarse en una vieja fábrica, a caballo entre el presente y el pasado, donde nada, ni nadie, es lo que parece.
Y, ¡poco más! Que es una sensación estupenda la de ver tu librito exportándose al mundo, vía ciberespacio. Una emoción fantástica la de pensar que alguien, en algún lugar, pueda leerte.
Así que os dejo el enlace del libro por si os apetece (leerme):
http://www.amazon.com/valle-del-demonio-Spanish-ebook/dp/B005R62BZY/ref=sr_1_1?s=books&ie=UTF8&qid=1317510580&sr=1-1

¡¡Muchas gracias!!
Sergio G.Ros


Nota: El valle del demonio sale a la venta al módico precio de $5.74 (a fecha de hoy sólo 4.30 euros).
Al ser un libro publicado en Amazon, está en versión Kindle, pero para el que no tenga el lector Kindle y quiera leerlo en su PC existen programas gratuitos que le permiten hacerlo:
http://www.tuexperto.com/2010/07/08/kindle-pc-descarga-gratis-la-aplicacion-de-kindle-para-pc/

domingo, 14 de agosto de 2011

¡¡SEGUNDO ANIVERSARIO!!


¡Pues sí, ya han pasado dos años desde que se abrieron las puertas de El alma impresa!, ¡dos años!


Si echo la vista atrás me siento orgulloso de este pequeño rinconcito al que, como os dije en la anterior entrada, no puedo dedicarle el tiempo que se merece por mis compromisos laborales. En una época donde una gran cantidad de personas no tienen trabajo, sería muy injusto por mi parte quejarme precisamente de lo contrario. El trabajo trae el pan a casa y nos brinda un techo donde dormir, un espacio propio donde habitar.
Así que aquí estoy, en mi único día de descanso después de un buen montón de jornadas, redactando unas líneas. Agotado, pero feliz.
¿Y la literatura? Está ahí, agazapada entre mis libros pendientes, entre mi nuevo manuscrito, embrionario y lleno de esperanza… y, también, aquí, en El alma impresa.
Me parece increíble que, a pesar de haber dilatado en el tiempo las entradas y no poder intervenir en vuestros blogs y en los foros, El alma impresa siga recibiendo un montón de visitas (54.492 visitas en total, 124 seguidores, 2572 comentarios)… de los países más dispares (números del último año):
España 17.038, México 1.871, Estados Unidos 1.372, Argentina 1.100, Colombia 827, Perú 616, Venezuela 568, Chile 465, Alemania 286, Rusia 267

Respecto a las entradas más populares, en el pequeño ranking que es pongo a continuación, podéis ver que dos novelas de dos amigos (Blas Malo y Lola Mariné), están entre las más visitadas (lo que indica que, de algún modo, sus obras se han conocido gracias a este humilde rinconcito o que, la gente, al buscar en Google llega a ellos a través de aquí). Y también el post “Cuenta atrás”, repleto de cariño hacia la inminente llegada de mi hijo, o mis reseñas, o, cómo no, la Generación del XXI, dedicada a presentaros a todos vosotros, noveles y no tan noveles:

LA GENER@CIÓN DEL XXI
09/02/2010, 73 comentarios 1.143 Páginas vistas

Cuenta atrás
21/08/2010, 44 comentarios 574 Páginas vistas

El Esclavo de la Al-Hamrā, de Blas Malo
18/10/2010, 14 comentarios 560 Páginas vistas

Baja por paternidad
13/09/2010, 18 comentarios 525 Páginas vistas

La generación del XXI (revisión 2011)
30/04/2011, 39 comentarios 441 Páginas vistas

Psicosis, de Robert Bloch
22/06/2010, 18 comentarios 417 Páginas vistas

Por quién doblan las campanas, de Ernest Hemingway...
30/01/2010, 44 comentarios 413 Páginas vistas

¡¡PRIMER ANIVERSARIO!!
15/08/2010, 54 comentarios 323 Páginas vistas

Entrevista a María Dueñas
23/11/2010, 15 comentarios 235 Páginas vistas

Nunca fuimos a Katmandú, de Lola Mariné
27/08/2010, 19 comentarios 212 Páginas vistas

Y poco más puedo deciros, amigas y amigos: tan sólo que muchas gracias por vuestra fidelidad y por vuestra compañía. Y que sigo ahí, tratando de hacerme un hueco en el mundo literario.
Un abrazo muy fuerte a todos.



Sergio G.Ros

miércoles, 13 de julio de 2011

Escritor en construcción


Sí, lo reconozco, tengo algo abandonado el blog y apenas asomo el careto por el ciberespacio. La vida laboral me tiene contra las cuerdas, en jornadas extenuantes, donde el escaso tiempo sobrante está dedicado por entero a mi familia. Entre resquicio y resquicio ando recabando información para mi nuevo manuscrito, le doy un poco a la tecla, y leo. Ahora mismo, acabo de terminar “Verano” de J.M. Coetzee… y bueno, reafirma un poco más si cabe mi idea sobre la literatura, una literatura bastante alejada de lo que se entiende hoy por hoy como bestseller (esto es: producto precocinado, envuelto al vacío y listo para el microondas).
Nota personal: incidir sobre la definición de lo que es o no es un bestseller me inspira más tedio que otra cosa. El término se ha convertido en un círculo cerrado donde unas voces van en un sentido y otras en el contrario, discutiendo sobre la legitimidad del divertimento, sobre si un libro debe entretener o ser esto y lo otro, donde no se habla de alma, ni de “la verdad” de la literatura, más viva que la propia vida.
Lo triste del tema es que, aparentemente, ese “algo” (sustituyo “algo” por bestseller) es lo que buscan los grandes filtros editoriales, y, en los últimos tiempos con más ahínco por eso de la crisis: algo que se adapte a los moldes, algo que sea fácil y (sobre todo) rápidamente reconocible (a poder ser en una lectura de apenas unas páginas), algo que, nada más mostrado, indique a las claras ser merecedor de un código de barras.
Bien, pues Verano es una obra límpida, sencilla y, a la vez, sumamente compleja, inteligentemente construida, fascinantemente planteada. Demuestra, una vez más, que la gran literatura no está encadenada a reglas fijas, no puede preconcebirse, ni maniatarse.
Y, curiosamente, es tremendamente popular y llega al público (Verano ha sido considerada la mejor novela por muchísimos escritores españoles, y Coetzee es Premio Nobel de literatura).
Así que, de aspirar a algo, os pregunto a vosotros, aspirantes a escritores: ¿por qué no aspirar a lo más grande? ¿De qué os serviría ser un cohete de fuegos artificiales que brilla durante un segundo y se apaga para siempre?
También me quedo con algo que le leí una vez a Montse de Paz: que un buen escritor tarda en construirse a sí mismo (y si no recuerdo mal, puso un tope mínimo de diez años).
Por eso, he me aquí, amigas y amigos: un escritor en construcción, un aspirante a escritor, que escribe, lee y siente.
Sí, siente.

lunes, 31 de enero de 2011

Sputnik, mi amor, de H. Murakami

Cuando he empezado a recibir opiniones de varias agencias literarias sobre Transmutación, algunas muy favorables aunque con la situación complicada del sector editorial como trasfondo, me he sorprendido con la relación intensa que tiene mi último manuscrito con la obra de Haruki Murakami. Ya lo decía alguien en uno de esos famosos consejos a escritores: “imita a los grandes”, a lo que yo apostillaría, “imita a los que te gustan”. De hecho, como he pasado unos días en el hospital por asuntos familiares he aprovechado para zamparme la novela “Sputnik, mi amor” y me he quedado con un buen sabor de boca, porque es una obra que emociona.
También me ha hecho preguntarme, seriamente, si en las condiciones actuales un autor tan laureado por crítica y público como Murakami (y cuyo nombre se escucha para el Nobel de literatura), publicaría fácilmente aquí, en España.
De todas formas, yo sigo soñando, ¿os imagináis ver publicada Transmutación en Tusquets?
Bueno, os dejo mis impresiones:
Sputnik, mi amor.
Haruki Murakami
Editorial: Tusquets
Año publicación: 2002 (primera edición).
SINOPSIS
Perdidos en la inmensa metrópoli de Tokio, tres personas se buscan desesperadamente intentando romper el eterno viaje circular de la soledad; un viaje parecido al del satélite ruso Sputnik, donde la perra Laika giraba alrededor de la Tierra y dirigía su atónita mirada hacia el espacio infinito. El narrador, un joven profesor de primaria, está enamorado de Sumire, a quien conoció en la universidad. Pero Sumire tiene una única obsesión: ser novelista; además se considera la última rebelde, viste como un muchacho, fuma como un carretero y rechaza toda convención moral. Un buen día, Sumire conoce a Myû en una boda, una mujer casada de mediana edad tan hermosa como enigmática, y se enamora apasionadamente de ella. Myû contrata a Sumire como secretaria y juntas emprenden un viaje de negocios por Europa que tendrá un enigmático final.

Reseña
Si se desgrana la obra de Murakami, uno puede llevarse la sorpresa de no encontrar nada especialmente relevante en el aspecto literario. No hay excesivas figuras literarias, el estilo podría decirse que es sobrio, minimalista en algunos casos… pero engancha, y ¡de qué manera!
Murakami tiene el don de producir un efecto hipnótico en la escritura, algo tan extraño que habría que honrar al primer editor que apostó por este escritor japonés: no en vano, sus novelas no pueden encasillarse fácilmente en un género concreto (pero tiene millones de seguidores en todo el mundo). Sputnik, mi amor es y no es al mismo tiempo una novela romántica, aunque subyace sobre ella, como una sombra prehistórica, la cadencia del trhiller, el suspense y una pizca de terror, todo ello bañado con un realismo mágico de gran originalidad. Podemos encontrar nexos comunes a otras de sus obras: el manejo de la primera y la tercera persona y que los protagonistas suelen ser personas extremadamente solitarias (de hecho la soledad se percibe como otro personaje, abrumador y perenne). Son además, casi siempre, personajes muy jóvenes, con una pasión desmedida por la música y la lectura, extremadamente melancólicos, con dificultadas para relacionarse completamente en el amor o en la sexualidad, en ambas o en una de ellas, que se ven inmersos en triángulos amorosos con personas del mismo sexo o el contrario, y, por encima de todo, destaca lo que parece ser un leit motiv constante en sus historias: la forma en que se enfrentan a un cambio importante en sus vidas. Me atrevería a decir que eso, el cambio, es el motor de Murakami y lo que hace que los lectores se queden enganchados a sus novelas, porque, humanamente, por muy extrañas que puedan parecer, son y se sienten como verdaderas.
… Y es que no hay una “lógica” racional en las tramas de Murakami, él mismo, en alguna entrevista, ha explicado que no sigue ningún proceso estructural prefijado. Son por tanto sus obras, en mi opinión, obras para ser leídas, no contadas. Donde no se respetan estrictamente las reglas literarias y donde nada es lo que parece, empezando por un lenguaje sencillo que desvela como pocos un extraordinario y desconcertante manejo de las emociones.
Sergio G.Ros

sábado, 17 de julio de 2010

Objetivo cumplido, revisión terminada.


Hola, amigos.
Como habréis podido comprobar llevo un tiempo alejado del ciberespacio. El motivo ha sido la revisión de mi último manuscrito, “Su nombre empezaba por E”, al que para abreviar llamaré SNEE, costumbre que tomo prestada de Blas Malo, escritor y bloguero conocido por todos vosotros, cuyas peripecias podéis seguir en el excelente blog A Hemigway le negaron 27, y que en septiembre publicará su primera novela: El esclavo de la Alhamra, Ediciones B (título al que se refiere habitualmente con la abreviatura de EEDLA).
La verdad es que he quedado satisfecho con esta nueva revisión de SNEE. ¿Y qué diferencia tiene esta nueva revisión con las anteriores que hice? Pues destacaría varias, pero por encima de todo, una reducción de un 15% del número de páginas, lo que ha permitido la eliminación de subtramas románticas con personajes secundarios que en cierta forma lastraban el aspecto de thriller de la novela. En definitiva, me parece que ha quedado más limpia, más despejada. Obviamente, lo más difícil ha sido saber qué cortar y qué dejar, fue lo que más tiempo me llevó. Pero ahora, con el trabajo terminado, creo que ha merecido la pena.
¿Y ahora qué? Bueno, mientras las musas de la inspiración deciden visitarme, voy a dedicarme a leer un poco, pues tengo un buen puñado de libros pendientes. Me parece que no hay mejor forma para despejar la mente, y de paso aprender lo mucho que me queda por mejorar.
Ah, la imagen de cabecera no quiere decir nada, solo es una foto que hice en un barrio de mi ciudad porque me llamó mucho la atención. Los españoles no tenemos término medio: lo mismo encontramos calles sin un paso de cebra, y en cambio, esta callecita secundaria los tiene a docenas.
Un abrazo y buena (y calurosa) semana.

sábado, 24 de abril de 2010

¡¡Gracias, amigos!!


Bueno, pues ésta ha sido una semana turbulenta: a mediados de la misma recibí un rechazo de una agencia literaria.
Sé que ya os he hablado de mi retahíla de rechazos, que parece más larga que la cola del paro, pero últimamente percibo que estos rechazos son más “in extremis” que antes.
De hecho, la respuesta de esta agencia no fue estándar, lo cual ya es un logro, y, en varios párrafos, me señalaba diversos puntos que, desde su experiencia, podrían mejorar mi novela. Algunos de ellos los tengo claros y otros no tanto. La pregunta ahora es: ¿debo realizar esos cambios?
Aquí es donde las posturas de unos y otros autores se encuentran. Yo, que soy bastante tozudo, llevo unos días sopesando qué debo hacer. Ante mí tengo dos claros caminos: obviar los comentarios de la agencia y dedicarme a otra nueva obra, o meterme de lleno en una revisión de la novela.
En este punto hago un pequeño inciso para dar las gracias a las amigas y amigos escritores que me han apoyado, dándome consejos y opiniones.
Creo que, como autor novel, debo cuando menos escuchar a otros y no cerrarme en banda. Hace apenas unos años no hubiera pensado así, pero empiezo a modelar esa tozudez que me dio la genética y que me sale por naturaleza. Algunas de las cartas de mis amigas y amigos han sido bellísimas, explicándome su enfoque, su interpretación de mi rechazo, las opciones que tengo, y lo más curioso de todo es que ¡algunas opiniones son diametralmente opuestas! Pero como digo: son hermosísimas y defienden con pasión el amor hacia la literatura y todo lo que para ellas representa: ¡¡Muchas gracias!!
Una amiga en particular, cuyo periplo literario discurre paralelo al mío con ciertas diferencias, me ha descrito en apenas unas horas (en varios emails), toda una declaración de intenciones que sería para enmarcar en un cuadro. Ella, al igual que yo, piensa intentarlo: demostrarse a sí misma que puede mejorar como escritora.
Aunque sea como aferrarse a un clavo ardiendo, voy a hacer mía la máxima de “Descubriendo a Forrester” (de la que me habló mi amigo Ithur), donde Sean Connery le dice a su pupilo: “escribe con el corazón, y después re-escribe con la cabeza”. Mi manuscrito salió directo del corazón, y toca ahora, que la cabeza tome el control de la obra.
Esto que en principio, va en contra de mi forma de plantear la escritura, supone un reto para mí, pero creo que merece la pena intentarlo. No quiero convencer a nadie pero dado que he estado meditando sobre ello, he llegado a la conclusión de que en el fondo todo arte tiene mucho de oficio: el oficio nos proporciona herramientas para que lo que nuestro corazón tiene que contar fluya hacia el exterior, pero también tiene la misión de limar las asperezas de ese alumbramiento. Un director de cine, por ejemplo, puede tener inspiraciones maravillosas durante el rodaje pero existe un oficio del séptimo arte (el de “montador”) que es el que da el toque final, la estructura a la película.
Por eso, a vosotros que me habéis ayudado tanto y que me seguís ayudando: ¡os dedico esta entrada!
Escribir será una tarea solitaria pero genera un vínculo afectivo que se transmite por cables de red y por hojas impresas.
Y dicho todo esto, toca ahora meterse en faena: primero debo poner en claro qué tengo que hacer. No se trata de empezar sin orden ni lógica.
¡Ya os contaré!
Para rematar, os dejo un enlace de la Revista Románticas, a la que me invitó mi amiga Arlette Geneve, donde colgaron un relato mío (página 37 de la revista): Recuerda.

¡Besos! , ¡ya llevamos 20.000 visitas!!

sábado, 10 de abril de 2010

El territorio de lo que sentimos


Hoy quisiera compartir con vosotros una noticia que me ha hecho especial ilusión: El alma impresa se encuentra dentro del Top Ten de blogs de literatura, según el ranking Wikio.

La verdad es que lleva algunos meses dentro de él, y en concreto, en este mes de abril, se halla en el puesto 47. Quizá no resulte algo muy espectacular, pero siendo un blog joven, creo que tiene un mérito cuando menos gratificante, por lo menos para mí, que soy el papi. Por eso quisiera agradeceros vuestros comentarios, vuestras visitas, vuestro apoyo en definitiva, por ser tan grata compañía en este, mi peregrinaje literario y existencial.

Y, enlazando con esta breve entrada y con la anterior, quisiera hacer algo a lo que no suelo estar muy acostumbrado: publicar el artículo de otro escritor. Pero, preparando la información para la tertulia de este sábado me topé con un artículo que quisiera compartir con todos aquellos que no la hayais leído. Una auténtica maravilla, que renueva las ganas de dedicarse a esto de la literatura. Que lo disfrutéis.

El territorio de lo que somos, por Jose María Merino.
Publicado el 13 de diciembre de 2008, en ABC.

Cuando era niño, fascinado por las aventuras de los personajes de las novelas que leía, creía que lo sustantivo de la literatura se hallaba en los azarosos riesgos y en las recurrentes sorpresas de las tramas, de los argumentos. En aquellas lecturas fervorosas, las acciones de los intrépidos protagonistas que, a pesar de tantos y tan continuos peligros, llevaban a cabo sus propósitos, eran para mí el motivo principal de mi compenetración con ellos. El paso de los años me fue descubriendo cualidades literarias menos evidentes que mi poca edad no me había permitido vislumbrar antes, y profundicé en aspectos que entonces no pude siquiera imaginarme, aunque ya los cuentos populares escuchados y leídos me habían advertido de lo que era la sustancia de la ficción, por encima de las peripecias y más allá de que transcurriesen en espacios maravillosos o exóticos: un testimonio peculiar del modo de ser de la gente, de su manera de actuar, un panorama completo, minucioso, de las extrañas, diversas, innumerables, formas del comportamiento humano.
Maneras de sentir. Conforme me iba haciendo mayor fui teniendo cada vez más relación con los habitantes de la realidad, y muy a menudo me desconcertaban determinadas actitudes en los demás o en mí mismo, porque no era capaz de desentrañar de modo cabal su significado. Para mí era evidente que, frente a la opacidad de lo real que me rodeaba, a lo inescrutable o contradictorio de muchas conductas, el mundo de la literatura era diáfano, claro, y los personajes de las novelas me permitían entrar sin restricciones ni dificultades en su interior.
Así fue cómo, para empezar, descubrí que las páginas de las novelas que yo iba pasando, absorto en su lectura, eran puertas sucesivas que me daban entrada a un país único, incomparable, el territorio donde se mostraban con claridad todas las posibles maneras de ser y de sentir, con sus ambigüedades y matices: la lealtad y la traición, el heroísmo y la cobardía, la avaricia y la generosidad, el amor y el odio, la atracción y la repulsa, lo piadoso y lo cruel. De ese modo conocí la nostalgia de Heidi, la osadía de Jim Hawkins y de D?Artagnan, la lealtad de Gabriel Araceli y de Miguel Strogoff, la doblez de John Silver y de Uriah Heep, el afán científico y justiciero del capitán Nemo, la potencia imaginativa de Tom Sawyer y de Guillermo Brown, la perspicacia de Sherlock Holmes, la caballerosidad de Phileas Fogg, la melancolía de Mowgli.
Sutiles enlaces. Con el correr del tiempo, fui ya del todo consciente de que nunca podría entrar en los secretos del comportarse de los seres de carne y hueso, como yo mismo y quienes me rodean, con la diafanidad con que lo hago en los de la literatura: desde el colérico Aquiles hasta el desconcertado Gregorio Samsa, madame Bovary, Ana Karenina, Raskolnikov, doña Berta de Rondaliego, «Bola de Sebo», los Snopes, Hans Castorp, Francisco Torquemada, Segismundo, Oblómov, Humbert Humbert, Molly Bloom, Charles Bingley, Hamlet, un tal Hans Pfaall y tantos otros más, me han enseñado a conocer bastante a los seres humanos de la realidad y un poco mejor a mí mismo. Burla burlando, en un momento de El rojo y el negro, para explicar la confusión de madame de Rênal ante la persistencia del joven Julian Sorel en sus requerimientos amorosos, Stendhal cuenta: «Como madame de Rênal no leía novelas, no sabía lo que le estaba sucediendo?».
Además, la progresión, la abundancia y la riqueza de las lecturas me permitió saber que sutiles enlaces comunican a casi todas ellas, para ordenarlas en mundos característicos: comprendí que la búsqueda del tesoro que intenta La Hispaniola evoca aquella del vellocino de oro que emprendieron Jasón y sus argonautas, y la del Grial de los caballeros artúricos, como la aventura de Huck Finn intentando liberar a su compañero y ayudante, el esclavo Jim, o el ingenio de Kim para la supervivencia propia y del Lama a quien acompaña en busca del Río de la Flecha, no dejan de reproducir ciertas actitudes del ingenioso hidalgo y caballero don Quijote de la Mancha, ayudado por Sancho Panza en su lucha contra los hechiceros y las injusticias, del mismo modo que el mono Hanuman ayudó a Rama en su empresa de rescatar a Sita del poder de los demonios, y también cómo el esfuerzo perseverante de Robinson Crusoe para construir en la isla virginal de su naufragio un lugar de civilización, reproduce todos los mitos originarios sobre la creación del mundo desde la nada. Y muy a menudo, en las narraciones que releo o leo por primera vez, reconozco, disfrazado por el cambio de época, el eco de alguno de los episodios que vivió aquel varón de multiforme ingenio llamado Odiseo, a quien resultó tan complicado regresar a su casa.
El tiempo de la vida. Debo añadir algo que ahora también sé: esas puertas pequeñas, flexibles, de las novelas y de los libros de cuentos, no sólo me han permitido entrar en la médula de las conductas humanas, sino comprender en su verdadera atmósfera material y moral los ámbitos físicos donde vamos cumpliendo nuestro misterioso destino, desde las comarcas, aldeas y megalópolis que evocan las reales, hasta otras poblaciones y lugares solo construidos con materiales fabulosos. Y en todos ellos he percibido transcurrir el tiempo de la vida, el de la dicha y el del dolor, el de las esperanzas y el de las desilusiones, con una perspectiva y una lucidez que no me permite el fluir vertiginoso del tiempo de mi particular realidad.
Muchos creen, todavía en la falacia aristotélica, que sólo en la Historia está el archivo seguro de nuestras circunstancias, pero el más certero registro de lo que caracteriza a la especie humana, donde verdaderamente se encuentra la historia de nuestro corazón a lo largo de los milenios, es en la literatura, constituida desde la capacidad simbólica que nos identifica. Leer nos da acceso al gran espacio de la imaginación reveladora: el país de lo que somos, el territorio de lo que sentimos.

jueves, 1 de abril de 2010

Horas bajas

Hoy hemos ido a ver a un amigo de mi padre al que apreciamos mucho y consideramos como de la familia. Tras ponernos al día, hemos conversado sobre todo tipo de cosas, y ya casi al final de la visita, sin saber exactamente cómo, ha salido a la luz lo de mi afición por la escritura. De hecho ha sido mi padre el que ha sacado el tema. Su amigo, que tiene una formidable preparación cultural, ha comenzado a hablar de libros actuales que yo no he leído; y cuando he comentado mis inquietudes literarias, las cosas que hago y que llevo en marcha, me he sentido pequeñito, casi insignificante. He comprendido que estoy muy alejado del arquetipo de escritor actual, por lo menos, el tipo de escritor español, o eso creo.
Siempre me he sentido una persona distinta, que nunca ha terminado de encajar en ningún sitio. Gracias a mis padres he recibido una enseñanza muy completa, pero en mi caso, debido a mi tipo de memoria, soy olvidadizo. Como estudiante me costó mucho esfuerzo y trabajo conseguir buenas notas, y pronto, me di cuenta de que cuando memorizaba algo no tardaba en olvidarlo. De hecho, mi tendencia me llevaba hacia las letras, pero, paralelamente, tampoco se me daban mal las ciencias. Digamos que siempre he caminado por un sendero no delimitado, sutil, que me ha causado problemas a la hora de tomar una decisión, y que, simultáneamente, no me deja ser todo lo bueno que mi nivel de autoexigencia me dice que debo ser en lo que emprendo.
Como os decía, esa conversación con este hombre, me ha hecho pensar qué tipo de escritor voy a ser. He comprendido que en España, la literatura va muy ligada al género histórico porque cuando se habla de literatura, se establece una relación indisoluble con lo que denominamos “cultura”. Y la asociación de cultura con historia es tan fuerte, que parece inevitable que una persona definida como muy culta es aquella que conoce perfectamente qué reyes manejaron los destinos de España en el siglo XVI, o en qué fecha tuvo lugar la batalla de Lepanto.
Pues bien, yo no soy así. Posiblemente, un día supe esas fechas, supe los nombres de esos reyes, pero ya los olvidé. Admiro a los escritores que trabajan el género histórico, pero lo que me atrae de una novela son los personajes, su profundidad y la propia historia que se cuenta. ¿Soy raro por ello?
Creo que hace tiempo leí a un escritor que decía que, en contra de lo que se piensa, es más difícil escribir sobre el presente que sobre hechos que ocurrieron hace siglos. Lo segundo, puede ser cuestionable por los historiadores y eruditos, pero lo primero (escribir sobre hechos que discurren en la actualidad) es más complicado por cuanto los lectores tienen formas con las que compararte, sensaciones con las que medir si eres honesto. Un lector actual no sabe exactamente cómo hablaba un caballero del siglo XVII, pero sí cómo habla un dependiente de un supermercado. El género histórico, aunque parezca mentira, ofrece más posibilidades de engaño, y requiere ser menos bueno en ciertos aspectos. Por contra, requiere una documentación exhaustiva, para establecer una estructura, y la historia que quieres contar, si pertenece a un momento concreto, debe encajar en él de una forma que obliga a una preparación previa, contraria, en principio, a mi forma de escribir. La fluidez narrativa de la que os he hablado en otras ocasiones, con la que choco frontalmente (lo he descubierto en los últimos tiempos) con otros autores y lectores, exige una idea de la que brota el resto de la obra, y que no puede ser dirigida, conducida, e impuesta por unos hechos que sucedieron de antemano. Trasladado a la filosofía china, y a las artes marciales (creo que comenté que mi segunda novela va sobre ellas), no se puede prever el resultado de un combate porque es algo que está vivo. Puedes adquirir técnica, establecer pautas, aprender comportamientos, pero luego, en el momento clave, tu naturaleza ha de seguir su curso. Lo duro, lo inflexible, no puede “fluir”. Trasladando esto a la novela, a la literatura, creo que un camino prefijado, una trama impuesta, perfectamente definida, rígida, será algo preparado. Podrá parecer bueno, pero sólo hasta cierto punto.
Yo no soy una persona culta, pero cuando leo, cuando leo de verdad, trato de dejarme ir por las sensaciones que me transmite el autor. Por eso, pienso, y perdonadme que pueda parecer vanidoso, que la gente se sorprende con mis reseñas. No soy un crítico objetivo, porque tampoco soy un escritor objetivo.
Sólo espero que, algún día, un editor o un agente, sepa apreciar esa verdad que vive en mis personajes, a los que pude fallar en la técnica, pero a los que doté con la libertad de ser ellos mismos, sin ataduras, sin marcos, ni puertas, ni alambradas.
Y, aunque estoy en horas bajas, acosado por mis limitaciones, por mi falta de preparación, por todo aquello que me queda por leer y aprender, siento que, al menos, fui honesto con ellos. Y los amé de verdad.

viernes, 12 de marzo de 2010

Popurrí de noticias

Como os decía en la anterior entrada, he empezado a colaborar con una página de reseñas bastante conocida: se trata de Llegir en cas d'incendi. Fue el amigo Xavier Borrell el que me lo propuso y de momento estoy contento porque es una experiencia nueva en la medida en que escribir reseñas para otros me produce una sensación cuando menos extraña. Si queréis echarle un vistazo a mi primera colaboración os dejo el enlace: reseña de Cadáveres, de Norbert Horst.
En otro orden de cosas, la semana pasada recibí una agradable sorpresa: Daniel de Cordova tuvo la amabilidad de regalarme un ejemplar dedicado de su obra “La estrella de David”, una novela corta centrada en la fuerza de la amistad en medio de la barbarie nazi. ¡Gracias, Daniel! La edición es una pequeña maravilla.
Por si os interesa, el siguiente libro que vamos a comentar en la tertulia “El escarabajo palabrero” (para abril) será “El gran Gatsby” de Francis Scott Fitzgerald. Creo que mi objetivo para este año de leer a grandes de la literatura está yendo por buen camino. Lo que me deja perplejo es comprobar la escasa calidad literaria en algunas novelas actuales y que, para colmo, consiguen increíbles cifras de ventas o han sido ampliamente premiadas. Por otro lado, pienso que el alternar en mis lecturas a grandes escritores (estoy leyendo también otros libros aparte de los de la tertulia y los de las reseñas) me está volviendo más riguroso y espero que sea bueno para mi formación literaria.
Lo que sí es cierto es que me he topado con un escollo: acuciado como estoy por la falta de tiempo, no puedo escribir. Sin embargo, me he marcado la meta de empezar con mi nueva novela a principios de julio, cuando termine de coordinar la tertulia literaria. Sé que para aprender a escribir es necesario escribir, pero de momento sólo puedo dedicarme a las reseñas y a relatos breves con los que saciar la “sed”. Para alguien que no vive de la literatura hay otras prioridades, la primera, claro está, la familia.
¡Ah!, ¡antes de que se me olvide! Lo que quería deciros en la entrada: realmente me estoy dando cuenta de que es crucial plantearse qué tipo de escritor se quiere ser. Cada vez estoy más decidido a ser un buen escritor. Uno puede plantearse publicar a toda costa, hacer “literatura comercial”, lo cual es muy respetable. Pero definitivamente esa no va a ser mi actitud. Ya os dije que soy una persona bastante terca, y quizá eso me cueste que no consiga publicar, por lo menos a corto plazo (sé que puede sonar presuntuoso o contradictorio). Lo cierto, es que mi nuevo manuscrito empieza a cobrarse los primeros rechazos, no en la fase de lectura, si no en la de propuesta. Hay poquísimos interesados, pero sobre todo lo que abunda es el silencio y la indiferencia. En España, por desgracia, hay muy pocas agencias literarias, y además en mi caso (y en el de muchos), si no me leen, es casi imposible publicar por esa vía.
Cambiando de tercio, quisiera señalar otras noticias (que me han llamado la atención).
Una es de Marta Querol, nuestra querida Malube, que ha conseguido que reediten su excelente novela “El final del Ave Fénix” en la editorial Aladena. Os invito a visitar su página web recientemente estrenada.
Otra, es la de un joven escritor del que ya os hablé hace tiempo, Juan Jesús Hernández, autor de la novela fantástica “La ira del Dios oscuro”, cuya segunda obra ha sido también escogida por la editorial Eldalie para ser publicada. Poco a poco va labrándose un gran camino. Os dejo un enlace donde podéis ver su puesta de largo ante el público.

Y por último, la noticia de Blas Malo Poyatos, compañero y amigo de aventuras literarias con el que compartimos (al igual que con Marta y Juan Jesús) un rinconcito forero en Bibliotecas Virtuales, creado por Montse de Paz, que hicimos nuestro, y cuya novela “El esclavo de la AL-HAMRA” será publicada en breve por una gran editorial (cuya identidad de momento no ha desvelado el muy jodío). A Blas ya lo seguís muchos de vosotros en su excelente blog.
Bueno, hay más noticias, pero también habrá nuevas entradas, no quiero cansaros.
¡Saludos, amigos!

domingo, 17 de enero de 2010

A la deriva.


Ahora mismo ando un poco despistado, lo reconozco. Estoy pasando una época de deriva en el plano literario de la que confío salir pronto. La idea para el nuevo manuscrito sigue ahí, sin terminar de ver la luz. Soy partidario de los partos naturales, pero si se pone rebelde habrá que hacer cesárea.
Respecto a las lecturas estoy leyendo a Chèjov y a Raymond Carver, simultáneamente. Llegué a Carver porque en una entrevista H. Murakami consideraba a Carver como uno de sus maestros; lo cierto es que yo he encontrado grandes similitudes entre ambos. Y, casualmente, a Carver se le considera el Chèjov americano.
Por otro lado, estoy tentado de salirme un poco de la vía de clásicos que me marqué. Aunque vosotros mismos ya me comentasteis que debía alternar clásicos con contemporáneos para no perder perspectiva. Mis ojitos se han posado en un tocho que tenía desperdigado entre las baldas de mi despacho: Apocalipsis, de Stephen King. Dicen que es uno de sus mejores libros… umm.. Es una gran tentación. Pero creo que si me lo pide el cuerpo terminaré leyéndolo. ¿Por qué? Pues aunque no tiene relación alguna, el otro día vi un documental sobre alimentación donde se decía que las mujeres embarazadas experimentaban nauseas ante determinados alimentos, como una respuesta de su propio organismo contra los alimentos que podían sentar mal al bebé. Y también lo contrario: antojos sobre cosas que eran necesarias para la criatura.
Creo que mi musa interior está hambrienta de un libro del tito King, y le vendrá bien. Esa es la conclusión a la que he llegado.
Otra conclusión es que necesito hacer deporte. ¿Qué? Pues sí, creo que el ejercicio físico me vendrá bien para relajar tensiones y beneficiará mi escritura. No estoy loco, lo cierto es que muchos grandes escritores (más de los que pensáis) lo pusieron y ponen en práctica.
No quería cerrar esta breve entrada sin daros ánimos a vosotros, sí, a vosotros, amigos. Aunque el texto de hoy suene apático, es un simple bajón pasajero, pero por correos y mensajes que me habéis mandado, sé que muchos lo estáis pasando mal. Parece que este año, los editores y agentes han entornado un poco más la puerta que conduce a la publicación.
Así que os deseo que os recuperéis, que cicatricéis vuestras heridas y sigáis luchando por lo que tanto amáis. ¡¡Un fuerte abrazo!!

sábado, 26 de diciembre de 2009

BALANCE 2009

Hace un año, más o menos, acababa de terminar mi tercer manuscrito y daba mis primeros pasos por los foros literarios. Así, en noviembre, había descubierto el post abierto por Elisabet (Montse de Paz) en Bibliotecas Virtuales, conociendo a otras personas que, como yo, trataban de hacerse un hueco en el sector editorial.
Si intento recordar mis sensaciones de entonces, creo que me encontraba en un ficticio estado de gracia: Poseía una especie de ingenuidad que, supongo, rodea a todos los escritores en ciernes. Plenamente convencido de mis posibilidades, de mi obra, no podía siquiera imaginar que ésta tuviera fisuras o problemas de ninguna clase. Ni siquiera me había planteado el revisar en profundidad mis manuscritos. Este alarde de inconsciencia me llevaba en ocasiones, y debo confesarlo, a creer que “el problema” de no publicar era culpa, únicamente, de “otros”.
También recuerdo que por aquella época recibí varias cartas y llamadas de teléfono de supuestos editores que alababan mi obra pero que pedían, a cambio de la publicación, aportaciones económicas. Algunas parecían atrayentes, como la compra de un número pequeño de ejemplares, pero, todas, al fin y al cabo, no eran más que coediones o autoediciones malamente camufladas.
Por todo esto: por el despertar de mi inconsciencia y los consejos contra la coedición, os estoy muy agradecido compañeros.
Durante los primeros meses de 2009, mi tercer manuscrito empezó a interesar a algunas agencias y editoriales importantes, que tras recibir una propuesta y algunos capítulos, me pidieron el original completo. Paralelamente, el mismo manuscrito, recolectó un buen número de rechazos. No sé a vosotros, pero para mí, comprobar la bandeja de entrada de mi correo se había convertido ―ya por aquel entonces― en una rutina obsesiva. Fue en esa época cuando me zambullí de lleno en la escritura de mi cuarta novela, que había surgido de un paseo en el día de Navidad con mi perra Layka.
Además de Bibliotecas Virtuales conocí otros foros: Locus Literario, Prosófagos y Ábrete Libro! Aprendí que existe una cosa que se llama “Revisar manuscritos” y, en medio de esa creciente labor de aprendizaje a través de los vericuetos del mundo editorial, recibí una llamada de un agente literario para hablar de mi obra. Fui a Valencia, y aquella primera entrevista donde hablé de “literatura”, me gustó, por qué negarlo, pero luego, de regreso en casa, tras meditarlo tranquilamente, aconsejado por mi esposa y una buena amiga que había hecho en mi bagaje ciberespacial, me di cuenta de que esa agencia sólo vendía humo, y demostraba que hay mucha gente sin escrúpulos.
Poco después, recibí un email esperanzador de una gran agencia que se interesaba por mi tercer manuscrito, y que quería someterlo a más informes de lectura, pues al parecer había pasado ya algunos filtros. Con el ánimo renovado, seguí con mi cuarta novela, y la acabé en agosto. Todos los que escribís sabéis el gran vacío que te queda tras acabar una obra intensa. Yo estaba agotado, pero necesitaba distraerme con algo y no tenía intención de embarcarme en otra gran historia de momento. Fue entonces, cuando, a tientas, creé “El alma impresa”.
Gracias a ella, he hecho nuevos amigos y amigas. Y ese ha sido mi mayor orgullo: vuestra amistad y compañía. Es maravilloso encontrar tanta actividad, tantos sueños y esperanzas: algunos sois grandes escritores, noveles o experimentados, pero grandes, y también, grandes lectores, amantes todos de la literatura. Muchos tenéis increíbles páginas webs, blogs imprescindibles, y casi todos, más o menos, sois ciudadanos activos de foros virtuales.
Fruto de estas nuevas amistades, conocí a dos grandes amigas, que me brindaron su ayuda para encarrilar la corrección de mi nuevo manuscrito, con gran generosidad. Sólo puedo decir que aprendí mucho acerca del arte de la corrección, un nuevo enfoque de la obra, algo que, visto ahora, considero imprescindible.
También me animé a participar en una tertulia literaria (El escarabajo palabrero), que se celebra mensualmente en mi ciudad, donde conocí a más gente extraordinaria, y, de ese modo, me abrí un poco más a lo que ocurría ahí fuera, asistiendo por vez primera a presentaciones de libros.

Aunque, por supuesto, mi andadura no estuvo exenta de tristeza, ya que recibí dos malas noticias: la agencia literaria que me estuvo dando esperanzas durante casi todo el año, finalmente, no se decidió a contratarme, y, por otro lado, una de las grandes editoriales, respondió, tras mi insistencia, con unas frases demoledoras hacia mi escritura.

Pero, si miro hacia atrás, y hago balance, éste ha sido un año muy bueno, porque he aprendido mucho. Ahora, mi objetivo prioritario consiste en convertirme en un buen escritor. Escribir bien es mi máxima prioridad, y la publicación, de darse, será una consecuencia de eso.
Tampoco puedo olvidarme de que este fin de año me ha traído otras cosas buenas: mi primera entrevista a cargo de la escritora Blanca Miosi, en la excelente Prosofagia, y también que Patrick Ericson me pidió escribir el prólogo de su nueva novela (gracias a la sugerencia de Oriafontan): “La memoria de Lucifer”, que hice encantado, y que al parecer le ha gustado tanto a él, como a su editor y agente.
Y, para terminar, debo decir que estoy orgulloso de este blog, que a pesar de comenzar con titubeante paso (mi miedo a la informática), ha supuesto una apertura aún mayor hacia el mundo literario que se mueve ahí fuera, ajeno, muchas veces, a la manipulación del mercado, a los gustos caprichosos de la oferta y la demanda; ese mundo poblado por vosotros, por vuestras ideas, por vuestros sueños, y, sobre todo, por vuestro amor por la literatura.
Por tanto, sólo me queda agradeceros vuestras palabras de aliento, vuestros consejos, vuestros toques de atención, vuestras discusiones, vuestra amabilidad, vuestras protestas, pero ante todo, vuestras continuas visitas, comentarios y opiniones, que son pequeñas joyas pendidas de este arbolillo construido con palabras que, poco a poco, y gracias a vuestra generosidad, se ha ido convirtiendo en un árbol alegre y fuerte que crece firme e impreso en esta maravillosa realidad virtual.



Os deseo un Próspero Año Nuevo:
Que vuestros sueños se cumplan y os desborde la felicidad.


P.D. Aunque aparece algún nombre propio en el texto, son excepciones necesarias para la comprensión del mismo. Realmente me hubiera gustado poneros a todos, peros sois tantos que tenía miedo de dejarme a alguno. No podría perdonármelo, así que espero que sepáis comprenderlo.

sábado, 21 de noviembre de 2009

Mayday, Mayday... Necesito ayuda.


―Capitán, hemos perdido el motor izquierdo.
―Mierda―mascullo.
Ni siquiera tengo tiempo de mirar a mi copiloto. El avión se sacude como un caballo salvaje y tenemos que aferrarnos a los controles. Caemos en picado.
El cielo límpido de África es sustituido por una tierra roja y polvorienta, sin un matiz de verdura ni una mota de sombra.
Nos faltan manos para apretar botones. La siguiente sacudida pilla al chico desprevenido y se golpea con la cabeza en el panel de alarmas. No me entretengo en ver cómo se encuentra. Aprieto los dientes y trato de elevar el morro del Hércules, sin conseguirlo.
Después, la panza metálica chirría, los pitidos se hacen ensordecedores y el polvo nubla los cristales.
Hemos aterrizado.

Dos horas más tarde, a la sombra de una de las alas, observo el horizonte anaranjado mientras empino una petaca llena de ron. El chico sale renqueando y se desploma junto a mí. Tiene una buena brecha en la frente, tamizada por una costra oscura y reseca de sangre.
―¿Y ahora qué hacemos? ―me pregunta.
Le ofrezco la petaca.
―Coño, pues sacar la caja de herramientas y ponernos manos a la obra.


Bueno, amigos.
Llevo unas semanas dándole vueltas a una idea. Veréis, hace cosa de unos días, una prestigiosa editorial me pegó un buen puntapié en el todo el culo. Perdonad que no sea más fino, pero fue exactamente lo que hizo. Y lo hizo muy profesionalmente, sin tapujos y sin adverbios acabados en –mente, del tipo "lamentablemente". Vino a decirme que mi tercer manuscrito tenía serias carencias según su punto de vista: que no conseguía mantener el interés y que mi escritura no sobresalía.
Por supuesto fue un golpe difícil de asimilar. Algo así como si te encuentras en el cuadrilátero y la rubia de la tercera fila descruza las piernas embutidas en una minifalda de infarto. Lo más probable es que no resistas mirarla y que por eso recibas un buen gancho en el hígado y te quedes sin aire.
Hasta ahora había tenido rechazos cariñosos (que dicho sea de paso no sirven para nada porque son como si la chica que te vuelve loco te lleva a la esquina de la discoteca y te dice: “siempre seremos amigos”). Esta editorial, quizá por mi insistencia, quiso darme una cura de humildad y un buen manotazo del tipo “espanta moscas”.
A esto se junta la opinión de una estimada amiga que ha leído las primeras páginas de mi último manuscrito y que no termina de convencerle mi estilo. Es duro de asimilar, claro que lo es. "Pero, chico", me digo, "no es el fin del mundo".
La corrección de mi último manuscrito me está dando serios quebraderos de cabeza y creo que ahora sé por qué. En los últimos meses he ido comprando de forma inconsciente algunos libros de autores “clásicos” que aún no he tenido tiempo de leer. Me parece que con esta corrección he llegado al límite mismo de mis actuales capacidades como escritor. No hay nada que frustre más que encontrar una y otra vez los mismos recursos, las mismas redundancias, las mismas expresiones. Eso no dice bien a favor de mi estilo, por supuesto. Es hora de dar un salto cualitativo y esto enlaza con mi anterior entrada titulada “alegato de un escritor novel”.
Siempre he sido un lector ecléctico, pero creo que es hora de dar un pequeño salto cualitativo y bucear entre los “grandes”. Tengo serias lagunas que debo solventar para poder ser un buen escritor, bueno de verdad. Básicamente necesito conocer dónde está el listón.
Evidentemente no me convertiré en un escritor divino, porque para eso debes nacer con unas cualidades especiales, pero si lucho y trabajo puedo llegar a ser bueno.
He estado releyendo el libro “Mientras escribo” de S. King y he encontrado esta curiosa clasificación:

Los escritores se ordenan siguiendo la misma pirámide que se aprecia en todas las áreas del talento y la creatividad humanos.
Los malos están en la base. Encima hay otro grupo, ligeramente más reducido pero abundante y acogedor: son los escritores aceptables, que también pueden estar en la plantilla del periódico local, en las estanterías de la librería del pueblo o en las lecturas poéticas a micrófono abierto. Es gente que ha llegado a entender que una cosa es que esté indignada una lesbiana y otra que sus pechos sean eso, pechos.
El tercer nivel es mucho más pequeño. Se trata de los escritores buenos de verdad. Encima (de ellos, de casi todos nosotros) están los Shakespeare, Faulkner, Yeats, Shaw y Eudora Welty: genios, accidentes divinos, personajes con un don que no podemos entender, y ya no digamos alcanzar.

Así que volviendo a los libros que he recopilado en estos meses os pongo la relación de los que tengo y os pido vuestra ayuda para completar una relación de buenas novelas de las que aprender:

-Madame Bovary , de Gustave Flaubert.
-Crimen y castigo, de Fiodor M. Dostoievski.
-Por quién doblan las campanas, de E. Hemingway.
-Adiós a las armas, de E. Hemingway.
-Las nieves del Kilimanjaro, de E. Hemingway.
-La impaciencia del corazón, de Stefan Zweig.
-El extranjero, de Albert Camus.
-Veinte mil leguas de viaje submarino, de Julio Verne.
-A sangre fría, de Truman Capote.
-El gran Gatsby, de F.Scott Firzgerald.
-Cuentos imprescindibles, de Anton Chéjov.
-Los viajes de Gulliver, de Jonathan Swift.
-El hombre invisible, de H.G. Wells.
-La montaña mágica, de Thomas Mann.
-Trópico de Cáncer, de Henry Miller.
-Grandes esperanzas, de Charles Dickens.
-El halcón maltés, de D. Hammett.
-Crónicas marcianas, de Ray Bradbury.
-Rayuela, de Julio Cortázar.
-El monje, de M.G. Lewis.
-La cartuja de Parma, de Stendhal.
-Guerra y paz, de L. Tolstói.
-El corazón de las tinieblas, de Conrad.

Como podéis ver es una selección bastante variada (y tal vez nada razonable). Además faltan muchos autores como Poe, Lovecraft, Kafka, Borges, Stevenson, Galdós… y sobre todo autores en lengua castellana (muchos los leí en mi adolescencia, pero me gustaría que me aconsejarais de todas formas).
Así que espero vuestra ayuda (podéis repetir obras de un mismo autor si lo deseáis): ¡¡¡Muchas gracias!!!

sábado, 14 de noviembre de 2009

Alegato de un escritor novel

Hace unos días, Warkos (Francisco Moreno), autor de "Últimos suspiros", sugirió a los foreros de Bibliotecas Virtuales que hiciésemos un repaso de nuestra trayectoria literaria para ver en qué punto nos encontrábamos en la actualidad.
Esto fue lo que yo puse (por cierto, la idea de convertirlo en una entrada del blog me la dio la genial Malube).

Presentado por Deusvolt el 11 de noviembre:
Bueno, pues yo llevo escribiendo en serio, poco más de tres años.
Desde entonces he terminado cuatro manuscritos (novelas), una novela corta y algunos relatos. Tocando distintos géneros.
He aprendido muchas cosas por el camino. Me quedo con: 1) existe una cosa que se llama pulir textos (antes no lo sabía,je,je..), 2) publicar cuesta un huevo si no quieres pagar por ello, y, 3) puedes conocer gente genial en foros, blogs y demás recovecos de internet, que, a diferencia del mundo "real", están dispuestos a echarte una mano.

Creo, y lo digo sin pudor, que me han rechazado la mayoría de editoriales y agencias de este país. Ahora bien, esto hay que matizarlo con bastante prudencia: RECHAZO es una palabra que adquiere un significado particular y dramático en el mundo del novel. No creo que se pueda decir que a un escritor lo han rechazado si no han leído lo que ha escrito.
Básicamente, las editoriales y agencias tienen el terreno muy acotado, híper-restringido. Quedan pocos, poquísimos huecos y, claro, apostar por un novel es difícil porque (y esto es una definición de Malube muy acertada) en términos económicos, el novel, es una inversión de riesgo. Y la pasta, en este mundo, es la reina de las leyes universales.
Por tanto, amigos y amigas, no me doy por rechazado, me doy por IGNORADO. Ese sería un término más certero, ¿no os parece? Me quedo con la opinión de los escasos profesionales que sí me han leído y que me han dicho anotaciones muy positivas. Eso sí, todavía no he conseguido publicar.

Pero, ¿queréis que os cuente un secreto? Pues mirad, he llegado a una conclusión existencial en la que no había caído hasta ahora. Me refiero, a caer de verdad:
>>Escribir es maravilloso. Y mi preocupación ahora mismo, mi única preocupación de verdad es ser un buen escritor, un auténtico escritor. Perfeccionarme, instruirme, darme coscorrones contra la pared y no tener prisas. Por eso todavía ando corrigiendo mi cuarto manuscrito: leo unas pocas páginas al día, las subrayo (voy por la revisión 5) y escucho consejos de gente que me comenta acerca de él. Hago los cambios que creo convenientes, siendo respetuoso con todo el mundo. Hago lo que me pide una extraña Trinidad formada por: el corazón, las tripas y el cerebro. De ese mejunje salen mis libros, con mucho amor y cariño. Seguro que el mismo que les ponéis vosotros.
Por último, insisto en lo del desapego por publicar. Fijaos en quién os lo dice, ¿eh? Alguien que lo deseaba fervientemente hasta hace dos telediarios. Pero no, creo que ése no es el camino. El camino, el auténtico camino es escribir como Dios manda. Encontrar vuestra voz interior, vuestra alma, vuestro estilo. Yo aún lo busco. Y creo, que, poco a poco, mi estilo o mi ausencia de él, se percibe en mis novelas como las trazas del aceite en el agua. Puede ser, en estos momentos, una sola gota, pero se ve claramente.
Y dicho esto, os pongo una cita que coloqué en mi blog (del que estoy muy orgulloso, dicho sea de paso). Esta cita hace referencia al libro Martín Eden, de Jack London del que hice una reseña y que aconsejo a todo escritor novel. El libro cuenta las peripecias de un escritor en ciernes que lucha contra la maquinaria editorial.

―Pero, Martín; si eso es así, ¿cómo es que hay escritores que han triunfado?
―Llegaron a triunfar…, triunfando. Haciendo tales maravillas, tan gloriosas creaciones, que quemaban con su fuego y reducían a cenizas todo lo que se oponía a su triunfo. Y eso es lo que yo quiero hacer: triunfar.


Por tanto, tened fe como yo la tengo. Si lucháis por ese sueño, si cambiáis el punto de mira y en vez de en soñar con publicar soñáis con escribir mejor, seréis tan grandes, tan fuertes, tan buenos, que nadie podrá pararos.

Un abrazo de un amigo que os quiere.

jueves, 5 de noviembre de 2009

Panorama literario


Una gran escritora, hace escasos días (¿o fueron horas?), me dio un buen consejo acerca de la mentalidad positiva.
Sea porque es una persona a la que admiro y considero una amiga, o por mis propias circunstancias actuales, trato de poner en práctica ese consejo, y me encuentro en un período de relativa calma literaria. Desconozco si los avatares del destino me llevarán a que se desencadene la tormenta tras la calma, pero lo cierto es que, ahora mismo, contemplo mi futuro literario desde una óptica distinta y distante. Corrijo, escribo, leo, comento. No estoy para nada preocupado por las contestaciones de editoriales y agencias. En definitiva, de algún modo, me he dado cuenta (pero de verdad) que "tengo que ir a lo mío". Como una hormiguita que trabaja sin prisa, pero sin pausa.

Quería deciros estas palabras antes de lo que expongo a continuación: la respuesta de una joven editorial que me ha contestado al cabo de unos cuantos meses. Ofrece una visión deplorable de la situación editorial y, me apetecía compartirla con vosotros a ver qué opináis. Pero, sin deprimirse, ¿vale?
Porque me parece que el Dan Brown va a poder comprarse unas cuantas castañas asadas estas Navidades sin problemas.
Un saludo.

>>Cuando …creamos la editorial…., teníamos un proyecto en mente que desgraciadamente en estos momentos no podemos llevar a cabo…
…Como le indico, una cosa son las ideas y otra bien distinta la realidad. En nuestro caso el choque con la realidad ha sido verdaderamente decepcionante: Escasos puntos de venta, porcentaje de devoluciones altísimo, poca o nula rotación del fondo, elevados margen para los distribuidores y las grandes superficies, elevadísima presión en los puntos de venta de los grandes grupos editoriales, espectaculares caídas de las ventas y del número de visitantes en librerías, poquísima profundidad de los fondos en las librerías, escasa visibilidad de títulos de poca rotación, etc.

Ante este panorama y antes de rechazar todos los libros que nos habían ofrecido, decidimos apostar por un nuevo formato, el del libro electrónico o ebook con posibilidad de impresión a medida.

Para evaluar la viabilidad comercial de la propuesta encargamos a una empresa auditora un estudio de mercado y el resultado nuevamente ha sido decepcionante. Nulas o escasísimas ventas, coste de la producción soportado por los autores, y en más del 97% de los casos el comprador final del libro es el autor o sus familiares y allegados.

Podríamos ofrecerle publicar su libro como ebook pero sentiríamos que le estamos engañando pues si bien el coste de dicha propuesta es nulo o muy bajo para ambas partes, la rentabilidad es también escasísima o nula...

viernes, 23 de octubre de 2009

Tocado y hundido.


Las noticias más amargas se reciben a menudo cuando uno más espera, precisamente, recibir noticias buenas. Es otra paradoja de la vida. Como autor novel, o aspirante a escritor, o sólo como alguien que tiene un sueño, y que por tanto puede extrapolarse a cualquier propósito que os propongáis en la vida, el de hoy, amigos, ha sido un día amargo.
De nuevo giró el bombo, y, de nuevo, salió una bolita cuyo número no se encontraba en mi cartón.
Una prestigiosa agencia literaria ha valorado positivamente mi tercer manuscrito, calificándolo de muy bueno dentro del género en el que se encuadra –terror-. En resumen, ha pasado el temido filtro, cosechando un buen informe de lectura. Pero no ha sido suficiente. Al parecer, según la agencia, la situación económica está mal (eso no puede negarse), y las editoriales no dejan huecos, y mucho menos, si se trata de gente nueva.
Eso es lo que me han dicho.
Así que aquí estoy, flotando sobre una caja de madera que debía contener repuestos del barco donde navegaba, un acorazado alemán de los años treinta. Observo cómo el casco humeante cruje y se retuerce tragado por el río de la Plata.
Toso y me aferro a los tablones astillados, arrastrado por la corriente.
¿Será el fin?

domingo, 18 de octubre de 2009

Perseverancia



El viernes fue un día extraño. Salí de casa algo más temprano para intentar evitar la larga caravana que se forma al ir hacia el trabajo. A pesar de eso, cuando tomé la salida de la autovía tuve que admitir que los minutos robados a mi sueño habían sido infructuosos. A través de la luna de mi coche observé la garganta luminosa que discurría frente a mí. Suspiré y subí el volumen de la música. Cada vez tengo menos ganas de escuchar las noticias.
Tras una lenta procesión, a base de segunda y pedal de freno, justo cuando iba a incorporarme a la última rotonda, me adelantó, por el arcén, una patrulla de la Guardia Civil. Los agentes cruzaron el vehículo con habilidad en medio de la rotonda y se bajaron. Sus chalecos reflectantes refulgieron entre tinieblas. En un santiamén desplegaron una suerte de conos cerrando el paso. Coño, justo cuando rozaba la entrada del curro con los neumáticos. Nos obligaron a seguir otro kilómetro de autovía hasta la siguiente rotonda. Como por arte de magia, el denso tráfico se descongestionó, y el motor de mi coche ronroneó alegre, harto ya de las marchas bajas, pero, claro, mis ánimos quedaron mermados.
A pesar de la música, y dependiendo de las canciones, cuando conduzco suelo meditar.
Recuerdo que una de las cosas en las que pensé fue en que los viernes son de los mejores días, porque traen la ilusión del fin de semana en ciernes y lo que eso conlleva: el dulce hogar, el fin de la dictadura del despertador, las comidas familiares, la lectura, en definitiva: la ausencia de otras obligaciones a excepción de las propias. Siempre que se tenga la suerte de no tener que trabajar los sábados o los domingos, que a veces también toca. Pero, paradójicamente, los viernes son también días lastrados. En ellos se sedimentan los cansancios de la semana, el estrés, los problemas sin resolver y los que amenazan con agrandarse.
Para un aspirante a escritor, el fin de semana resulta nefasto. Sabe que la bandeja de entrada del correo permanecerá ajena a ese mensaje quimérico. El que todos llevamos en mente, y que abrirá un hueco entre las nubes.

Tras la jornada de trabajo volví hecho polvo a casa. Tuve que aprovechar una tregua que concedió la lluvia. Ahora el asfalto se antojaba límpido, con un negro tan profundo y homogéneo como un trazo de pincel ejecutado con destreza.

Ya en mi casa, me tiré sobre la cama, quitándome los zapatos al mismo tiempo. Así de cansado estaba. El curro anduvo turbio como el día, con sensaciones contradictorias. Los datos, los números, los emails se amontonaban en mi cabeza, atropellándose.
Fue mi esposa la que me recordó que a las siete y media había una presentación de un libro en Cartagena. Le contesté que no tenía ganas, que estaba demasiado agotado como para pensar siquiera en ir. Ella entendió que me encontraba en esos días grises que me asaltan sin previo aviso. Fue muy tierna.
El caso es que me convenció. Volví a montar en el coche y salí pitando, temiendo llegar tarde como suele ocurrirme. Para colmo de males, la ciudad estaba hecha un desastre gracias al famoso "Plan E" que la mantenía más patas arriba que de costumbre. Las líneas divisorias de los carriles yacían amarillas indicando provisionalidad e improvisación, carteles de advertencia surgían cada poco, los sentidos del tráfico se invertían, y el trayecto se convirtió en un rally incierto e irritante. Dejé el coche en el aparcamiento del puerto, que ofrecía una estampa costumbrista con retazos de nubes grises sobre un mar agitado.
Cuando llegué a la veterana librería Escarabajal, subí los escalones de dos en dos, y pude comprobar que la presentación de “El secreto de Nicea” ya había comenzado. Me senté al final de la media docena de filas de sillas desplegables. Una treintena de personas escuchaba con atención a la dueña de la librería (Ana Escarabajal) comentar el currículum tanto del autor de la obra, Francisco Gijón, como el del hombre que iba a actuar de cicerone del mismo, Francisco Javier Illán.


Debo confesar, que hace cosa de unos meses ni siquiera se me hubiera ocurrido asistir a la presentación de un libro. Ahora, a base de rechazos y del lento despertar de mi ermitaña condición de escritor novel, he decidido hacer un esfuerzo por conocer qué hay al otro lado.
La presentación fue muy agradable. Francisco Javier Illán criminólogo de profesión, escritor, presentador y colaborador de revistas literarias, además de bloguer y un montón de cosas más que no recuerdo, resultó un tipo sencillo, campechano, y sin pelos en la lengua. Contó los avatares que le habían llevado a estar ese día allí, en el primer piso de Escarabajal presentando una novela, que, a priori, tocaba temas que se contraponían a sus propias creencias morales. Me resultó significativo que hoy en día, en el mundo de las letras, un hombre insertado en ellas plenamente, fuera capaz de reconocer sus tendencias sin maniqueísmos. Francisco Javier presentó con brillantez “El secreto de Nicea”. Pido disculpas por no colocar fotos del propio evento, pero el estrés diario me tenía noqueado aquel día.
Francisco Javier Illán
Luego, fue el propio autor, Francisco Gijón, quien tomó la palabra. Habló con una voz capaz de encantar a serpientes, de esas que dejan huella. Una voz sabia y madura, impropia de alguien tan joven. Eso, unido a su aplomo, me causó una profunda impresión de lo que significa ser escritor ante un público y hablar sobre literatura. Obviamente, yo, como aspirante, sentí un cierto retraimiento. Cuando estoy ante otros escritores tengo tendencia a empequeñecerme.
Francisco Gijón

En este caso, en concreto, Gijón defendió a capa y espada un tipo de literatura histórica que sobresale de los cánones actuales. Historiador de formación, explicó el riguroso trabajo que hizo, basado en fuentes clásicas, para abordar un libro como aquel. La historia bien contada resulta fascinante, aunque como él mismo apostilló, el hecho de que esté profusamente asentada en escritos existentes no la hace más veraz, puesto que, en definitiva, se basa en palabras que otras personas escribieron, que no necesariamente, reflejan lo que realmente ocurrió. Y como también resaltó: los vencedores, que son al final los que escriben la historia, no añaden nada, en todo caso, borran.
Curiosa tertulia siguió después, pasando de puntillas sobre “la otra literatura histórica” o “pseudohistórica”. Dominada por esa especie de histrionismo que embarga al mercado editorial actual donde, forzosamente, todo hecho histórico debe ir acompañado por un misterio oscuro, y a poder ser, un misterio tan grande que sostenga él sólo la existencia de la humanidad.

Finalmente me quedo con la disertación sobre el Concilio de Nicea, sobre el que versa profusamente el libro. Fue realmente interesante puesto que yo desconocía que en aquel concilio se filtraron 270 evangelios, quedando los cuatro que todos conocemos. Esa criba produjo una “fusión” de los distintos caminos que había tomado el cristianismo hasta el siglo IV, y, en la práctica, dio lugar al asentamiento de una forma común de entender la sociedad a partir de ese momento, con la religión, una religión más homogénea, en costumbres y principios de fe, como centro motor de la sociedad. Y ese paso sí fue definitivo en la historia, por tanto que sus consecuencias han llegado hasta nuestros días haciéndonos ser lo que somos.
Lamentablemente, debido a lo tarde que se había hecho, se tuvo que cerrar la presentación. El autor comenzó su ronda de firmas y yo me acerqué a saludar a Francisco Javier Illán. Tenía muchas ganas de conocerlo, precisamente por una de las cosas que había leído sobre él: que era un hombre muy interesado en los nuevos escritores de la región de Murcia.
Fue una conversación breve. Básicamente me dio ánimos para seguir adelante, inculcándome la idea de que al final, seguro, publicaría. Comentamos acerca de cómo se las gasta el sector editorial, y, justo cuando íbamos a despedirnos, empleó la palabra mágica. La que debe acompañar a cualquier escritor en ciernes: Perseverancia.
Así que la repito de nuevo, desde este modesto blog, porque a mí su sonido me produce una especie de sugestión. Creo que "Perseverancia" es una de esas palabras nobles, rotundas, que crean un efecto de "poder" a quien las emplea.
Gracias, Francisco Javier, fue un placer conocerte.

lunes, 12 de octubre de 2009

Tiempo de espera

Esta semana se presenta como un tiempo de tránsito.
Me incomodan ese tipo de días donde uno espera recibir noticias, porque las sensaciones se aletargan y los suspiros se estiran como el queso mozzarella auspiciado por el calor del horno.
Os preguntaréis qué demonios espero. Bueno, soy un poco terco, así que sigo en mis trece, ya que estoy convencido de que la anterior entrada sobre la Feria de Frankfurt va a ser muy predictiva.
Mientras, echo la vista atrás y no dejo de sorprenderme con la gente buena que me he encontrado por el camino. En octubre hará un año desde que entré en Bibliotecas Virtuales y empecé a recibir prácticos consejos de compañeros y compañeras que estaban en una situación parecida a la mía.
A pesar de los reveses que da el mercado editorial, te topas con gente generosa que te brinda nuevas perspectivas y puntos de vista. Lo que más valor tiene, a mi entender, son sus propias experiencias porque hablan con conocimiento de causa.
Después de mi primer contacto, me abrí “al mundo literario”, visitando más asiduamente otros foros (Locus, Prosófagos...) y hallé, sin darme cuenta, el universo de los blogs. Fue otro gran paso porque mis contactos con gente estupenda aumentaron.
Cuando terminé el cuarto manuscrito y, mientras esperaba un mes para corregir, decidí crear el mío propio: “El alma impresa”. Me costó porque tengo un poco de respeto por todo lo informático. Pero sin duda, ha merecido la pena.
Esta entrada es para agradecer vuestra inestimable ayuda. Vuestras visitas, relatos, comentarios y opiniones. ¡¡Mil gracias!!
El siguiente pasito (aconsejado por Daniel de Cordova) ha sido crear una cuenta en Facebook. Jope, hay mucha gente ahí, ¿sabéis?

Y la guinda del pastel ha sido el mensaje de una compañera y amiga virtual de un foro muy conocido ofreciéndose a echarme una mano para detectar fallos en mi cuarto manuscrito. Le pasé unas pocas páginas y las ha comentado de forma brillante, haciendo un gran trabajo que no sé cómo corresponder, lo que me va a ayudar mucho para seguir puliendo. ¡Un millón de gracias!
Pero no acaba ahí. Otra amiga también se ha ofrecido para darme su visión profesional. Así que le he pasado las mismas páginas, de modo que tendré más comentarios.
Tener opiniones distintas y de gente de buen gusto es un lujo que no se puede pagar con dinero.
Recuerdo con una sonrisa a un compañero que me facilitó las direcciones de sendos escritores de mi región. Me presenté por email y les pedí ayuda para que leyeran unas pocas páginas de mis manuscritos: ¡¡salieron corriendo!! (Es un decir).
Aunque, por otro lado, le agradezco a ese amigo haberme hablado de una tertulia literaria que se celebra en Cartagena mensualmente (El escarabajo palabrero) de la que comentaré en otra ocasión.
Resumiendo: no pidas ayuda a ningún escritor, sobre todo si ya ha publicado, porque se alejará de tí a todo lo que den sus piernas. Es comprensible: tienen poco tiempo, y para ellos es oro, por lo que no van a perderlo con un desconocido. Pero eso no quita que haya gente maravillosa, que habita entre nosotros, y que te ofrecerá ayuda cuando menos te lo esperes (también de gente que ha publicado, pues acabo de recibir un mensaje de un notable escritor de mi región brindándome su ayuda). No las atosigues, ni presiones. Recuerda que lo que te ofrezcan es un regalo. Mientras, escribe, lee, escribe y lee. Comenta en los foros, en los blogs, infórmate y disfruta con lo que te gusta, ¿no amas la literatura?

Esa es mi conclusión:
A pesar de las distancias que nos separan, formamos una comunidad muy bonita. Un gran cuadro con matices variados de inexperiencia y sabiduría, que se complementan y crean, a su modo, una extraña y paradójica obra de arte. Porque, no podemos olvidarlo, la literatura es arte. Que en realidad viene a ser magia. Sí, magia pura. Pues la primera magia del mundo nació con la palabra y el pensamiento.
Y es la palabra, precisamente, la que forma ese hilo invisible que nos mantiene unidos.