A veces, cuando me resulta difícil escribir, leo mis propios libros para levantarme el ánimo, y después recuerdo que siempre me resultó difícil y a veces casi imposible escribirlos.
Por eso, si me lo permitís, os pongo un trocito de “Su nombre empezaba por E”, una historia que desde el punto de vista literario, creo, ha supuesto un salto cualitativo en mi escritura. En ella, alterno dos voces distintas: primera y tercera persona, en presente y pasado, con múltiples flashbacks. No puedo negar que me inspiraron -y mucho- dos de mis escritores preferidos: H. Murakami y Stephen King.
Os dejo el fragmento, donde aparece uno de los protagonistas: Jumba Jud, un mercenario congoleño.
Después, caminó un par de manzanas y esperó en una parada de autobús donde había algunos inmigrantes de rostros extenuados. De fondo, como si se tratase del sonido de una feria ambulante, se oían los estertores de las sirenas de ambulancias y bomberos.
Mientras esperaba se acordó del libro que llevaba en la otra mochila. Comenzó a leer “A sangre fría”. Un rato más tarde subió a un autobús que pasaba por los pueblos que circundaban la ciudad, pueblos que malvivían de la agricultura y donde se había producido un incremento notable de la población inmigrante. Jumba había estudiado a conciencia las líneas de autobuses. En aquel autobús rancio, pasó razonablemente desapercibido. Los pasajeros eran en su mayoría norteafricanos que venían de trabajar y volvían a sus casas.
El control de la Guardia Civil no les dio el alto. Los agentes tenían, sin embargo, retenidos a varios coches particulares junto al arcén.
El autobús hizo una parada en el mirador de Cala Marfil. Allí se subió un hombre con la piel curtida que iba vestido de camarero. Jumba le dejó pasar haciéndose a un lado en el pasillo y se apeó por la puerta delantera.
―¿A qué hora pasa el siguiente autobús, jefe? ―preguntó al chófer.
―Hay otro dentro de una hora, pero es el último.
―Gracias.
Nada más poner los zapatos sobre el asfalto sintió la punzada del viento frío que venía del mar. Caminó hasta la barandilla oxidada del mirador y se quedó un buen rato contemplando las olas enfurecidas. Lloviznaba a intervalos.
Conforme bajaba las escaleras de hormigón se notó terriblemente cansado. Las luces de las farolas hicieron un guiño, y durante unos segundos, se encontró solo en medio de la noche que había caído abruptamente. Su reloj de pulsera marcaba las nueve y cuarto. Se había hecho muy tarde para la cita.
‹‹¿Estará aquí?››.
Tosió y reanudó el descenso por las escaleras. Sus rodillas crujieron. ‹‹Antes, nunca crujían››, se dijo cabizbajo. Aquella oscuridad repentina le estremeció, como un mal presentimiento. Era como si arrastrase toda la tristeza acumulada en años.
Cruzó la cala en silencio, dejando atrás la cafetería, ahora cerrada. Sus ojos se habían acostumbrado a la tenue luminosidad de la luna. El vaivén de las olas se imponía sobre el sonido del viento y rebotaba una y otra vez contra las paredes siniestras de las montañas. Ni siquiera era capaz de oír sus pasos restallando contra las losas del paseo marítimo. Cruzó a la otra cala pasando a través del hueco que dejaba una gran piedra negra.
Se quedó absorto barriendo con la mirada la playa salpicada de rocas puntiagudas. No tardó en descubrir los estertores de una fogata, junto a la pared de la montaña. Se descalzó. Dejó los zapatos y la bolsa alejados de la orilla, y avanzó lentamente en dirección al resplandor.
A pesar de su corpulencia, Jumba Jud había aprendido a ser sigiloso.
Permaneció largo tiempo observando a la pareja que yacía dormida, desnuda, y protegida por un abrigo de pieles. El fuego perdió intensidad y se transformó en una pila de brasas humeantes. Jumba cayó de rodillas sobre la arena, sacó la Beretta de 9 mm y apuntó al rostro del chico.
De pronto, éste abrió los ojos. La pistola tembló en el aire.
Un rescoldo de viento hizo que sintiera lo frías que eran sus propias lágrimas.
Se levantó. Volvió tras sus pasos como un fantasma. Un fantasma al que habían despojado de cualquier rastro de felicidad.
Apenas llegó a tiempo para coger el último autobús. El viaje discurrió a través de una maltratada carretera nacional que le condujo a la costa. Durante la hora que duró estuvo despierto, observando impertérrito la oscuridad de la noche y la monótona visión de los campos de secano. Las escasas luces con las que se topaban le devolvían un rostro dolorido reflejado en el cristal. El corazón le ardía.
Se apeó en un pequeño pueblo costero. Caminó por la solitaria avenida donde las bolsas de plástico y los cartones eran zarandeados por remolinos de polvo. Luego, atravesó un callejón estrecho y salió al paseo que discurría junto a la playa. La luna brillaba en el firmamento; las nubes habían desaparecido. Las finas siluetas de las palmeras se torcían al ritmo caprichoso del aire.
Algunos chalets de primera línea de mar tenían las ventanas y puertas trincadas con maderas. Maderas que crujían. Él era, más que nunca, un fantasma que vivía en un mundo solitario. Sin embargo, aunque era invierno, se apreciaba el tintineo de algunas luces hogareñas. La gente de la ciudad que podía permitírselo pasaba las vacaciones en la playa.
Jumba se detuvo frente a una vieja casita de tejas marrones, empotrada en aquella hilera de viviendas. La casita tenía un diminuto porche donde había una manguera para lavarse los pies, unas macetas y una mesa y un par de sillas de plástico quemadas por el sol. Rebuscó en la mochila que guardaba en la bolsa y sacó una llave con la que abrió la puerta de la casa. La había alquilado dos meses antes.
No se molestó en abrir los portillos que clausuraban las ventanas. Dejó las llaves y la bolsa encima de la mesa del salón y fue directo al dormitorio. El mobiliario era vetusto, al igual que la instalación eléctrica. Olía a cerrado y a humedad. Jumba se sentó sobre la cama; los muelles chirriaron. Puso sus enormes manos sobre las rodillas. La ventana del dormitorio era la única que no tenía portillos de madera. Daba directamente a la playa.
Se quedó un buen rato de ese modo, concentrado en el mar. Las aguas se extendían hasta donde alcanzaba la vista como un gran manto negro. La piel se le erizó. Se estremeció por una emoción repentina que le asaltó con fuerza. No fue un déjà vu, fue más bien la seguridad de que aquel momento tenía que pasar. Tenía que ocurrir. Tarde o temprano su vida le conduciría allí, a ese pequeño pueblo costero, en un día de viento donde las ventanas crujían.
Y empezó a llorar, en silencio, otra vez. Las lágrimas resbalaron por sus mejillas curtidas y ásperas. Lloró y lloró sin consuelo.
De pronto, se había dado cuenta de que el paisaje que tenía ante sí le recordaba aquel pueblecito de México donde una vez fue feliz.
(Por Sergio G. Ros. Todos los derechos reservados)




