sábado, 14 de noviembre de 2009

Alegato de un escritor novel

Hace unos días, Warkos (Francisco Moreno), autor de "Últimos suspiros", sugirió a los foreros de Bibliotecas Virtuales que hiciésemos un repaso de nuestra trayectoria literaria para ver en qué punto nos encontrábamos en la actualidad.
Esto fue lo que yo puse (por cierto, la idea de convertirlo en una entrada del blog me la dio la genial Malube).

Presentado por Deusvolt el 11 de noviembre:
Bueno, pues yo llevo escribiendo en serio, poco más de tres años.
Desde entonces he terminado cuatro manuscritos (novelas), una novela corta y algunos relatos. Tocando distintos géneros.
He aprendido muchas cosas por el camino. Me quedo con: 1) existe una cosa que se llama pulir textos (antes no lo sabía,je,je..), 2) publicar cuesta un huevo si no quieres pagar por ello, y, 3) puedes conocer gente genial en foros, blogs y demás recovecos de internet, que, a diferencia del mundo "real", están dispuestos a echarte una mano.

Creo, y lo digo sin pudor, que me han rechazado la mayoría de editoriales y agencias de este país. Ahora bien, esto hay que matizarlo con bastante prudencia: RECHAZO es una palabra que adquiere un significado particular y dramático en el mundo del novel. No creo que se pueda decir que a un escritor lo han rechazado si no han leído lo que ha escrito.
Básicamente, las editoriales y agencias tienen el terreno muy acotado, híper-restringido. Quedan pocos, poquísimos huecos y, claro, apostar por un novel es difícil porque (y esto es una definición de Malube muy acertada) en términos económicos, el novel, es una inversión de riesgo. Y la pasta, en este mundo, es la reina de las leyes universales.
Por tanto, amigos y amigas, no me doy por rechazado, me doy por IGNORADO. Ese sería un término más certero, ¿no os parece? Me quedo con la opinión de los escasos profesionales que sí me han leído y que me han dicho anotaciones muy positivas. Eso sí, todavía no he conseguido publicar.

Pero, ¿queréis que os cuente un secreto? Pues mirad, he llegado a una conclusión existencial en la que no había caído hasta ahora. Me refiero, a caer de verdad:
>>Escribir es maravilloso. Y mi preocupación ahora mismo, mi única preocupación de verdad es ser un buen escritor, un auténtico escritor. Perfeccionarme, instruirme, darme coscorrones contra la pared y no tener prisas. Por eso todavía ando corrigiendo mi cuarto manuscrito: leo unas pocas páginas al día, las subrayo (voy por la revisión 5) y escucho consejos de gente que me comenta acerca de él. Hago los cambios que creo convenientes, siendo respetuoso con todo el mundo. Hago lo que me pide una extraña Trinidad formada por: el corazón, las tripas y el cerebro. De ese mejunje salen mis libros, con mucho amor y cariño. Seguro que el mismo que les ponéis vosotros.
Por último, insisto en lo del desapego por publicar. Fijaos en quién os lo dice, ¿eh? Alguien que lo deseaba fervientemente hasta hace dos telediarios. Pero no, creo que ése no es el camino. El camino, el auténtico camino es escribir como Dios manda. Encontrar vuestra voz interior, vuestra alma, vuestro estilo. Yo aún lo busco. Y creo, que, poco a poco, mi estilo o mi ausencia de él, se percibe en mis novelas como las trazas del aceite en el agua. Puede ser, en estos momentos, una sola gota, pero se ve claramente.
Y dicho esto, os pongo una cita que coloqué en mi blog (del que estoy muy orgulloso, dicho sea de paso). Esta cita hace referencia al libro Martín Eden, de Jack London del que hice una reseña y que aconsejo a todo escritor novel. El libro cuenta las peripecias de un escritor en ciernes que lucha contra la maquinaria editorial.

―Pero, Martín; si eso es así, ¿cómo es que hay escritores que han triunfado?
―Llegaron a triunfar…, triunfando. Haciendo tales maravillas, tan gloriosas creaciones, que quemaban con su fuego y reducían a cenizas todo lo que se oponía a su triunfo. Y eso es lo que yo quiero hacer: triunfar.


Por tanto, tened fe como yo la tengo. Si lucháis por ese sueño, si cambiáis el punto de mira y en vez de en soñar con publicar soñáis con escribir mejor, seréis tan grandes, tan fuertes, tan buenos, que nadie podrá pararos.

Un abrazo de un amigo que os quiere.

martes, 10 de noviembre de 2009

La carretera, de Cormac McCarthy



La carretera ha sido un flechazo literario: amor a primera vista.
Dicen que, a veces, no eres tú quien elige un libro, es el libro quien te elige a ti. Creo que eso es lo que me ocurrió con este librito de apenas doscientas páginas.
Ahora, cuando ya anuncian la película protagonizada por el genial Viggo Mortensen, no puedo cuando menos pensar lo afortunado que he sido de haber descubierto esta novela y haberla leído con la mentalidad intacta.
Porque "La carretera" es, sin duda, uno de los mejores libros que he leído nunca.
Representa el viaje del hombre a través de la oscuridad de los tiempos –en este caso futuros-, donde la vida se calibra por el hambre (la medida universal de la existencia). Ese viaje nos narra la historia de amor entre un padre y un hijo, el único hálito de luz en medio de un mundo entre tinieblas, cuya orientación para sobrevivir será el agrietado asfalto que surca la tierra y por donde también pisa el horror caníbal.
El libro posee una prosa desgarradora desprovista de artificios, que no sigue ninguna de las reglas convencionales que nos atan cuando escribimos y, más importante aún, cuando leemos. Frases cortas a base de punto y seguido, o frases largas sin comas, y párrafos segregados cual estrofas de un melancólico poema. Con ese estilo genuino de los grandes autores norteamericanos, de tintes autobiográficos, que ensalzan al “hombre” capaz de vivir al raso, hábil con sus manos, eminentemente pragmático y que, sobre todo, no se rinde jamás.
Y el dolor, siempre el dolor:

Todas las cosas bellas y armónicas que uno conserva en su corazón tienen una procedencia común en el dolor.

Es para mí una lección única e irrepetible, un rayo de esperanza.
Porque, después de leerlo, te darás cuenta de lo triste y gris que se había vuelto el mundo de los libros.

jueves, 5 de noviembre de 2009

Panorama literario


Una gran escritora, hace escasos días (¿o fueron horas?), me dio un buen consejo acerca de la mentalidad positiva.
Sea porque es una persona a la que admiro y considero una amiga, o por mis propias circunstancias actuales, trato de poner en práctica ese consejo, y me encuentro en un período de relativa calma literaria. Desconozco si los avatares del destino me llevarán a que se desencadene la tormenta tras la calma, pero lo cierto es que, ahora mismo, contemplo mi futuro literario desde una óptica distinta y distante. Corrijo, escribo, leo, comento. No estoy para nada preocupado por las contestaciones de editoriales y agencias. En definitiva, de algún modo, me he dado cuenta (pero de verdad) que "tengo que ir a lo mío". Como una hormiguita que trabaja sin prisa, pero sin pausa.

Quería deciros estas palabras antes de lo que expongo a continuación: la respuesta de una joven editorial que me ha contestado al cabo de unos cuantos meses. Ofrece una visión deplorable de la situación editorial y, me apetecía compartirla con vosotros a ver qué opináis. Pero, sin deprimirse, ¿vale?
Porque me parece que el Dan Brown va a poder comprarse unas cuantas castañas asadas estas Navidades sin problemas.
Un saludo.

>>Cuando …creamos la editorial…., teníamos un proyecto en mente que desgraciadamente en estos momentos no podemos llevar a cabo…
…Como le indico, una cosa son las ideas y otra bien distinta la realidad. En nuestro caso el choque con la realidad ha sido verdaderamente decepcionante: Escasos puntos de venta, porcentaje de devoluciones altísimo, poca o nula rotación del fondo, elevados margen para los distribuidores y las grandes superficies, elevadísima presión en los puntos de venta de los grandes grupos editoriales, espectaculares caídas de las ventas y del número de visitantes en librerías, poquísima profundidad de los fondos en las librerías, escasa visibilidad de títulos de poca rotación, etc.

Ante este panorama y antes de rechazar todos los libros que nos habían ofrecido, decidimos apostar por un nuevo formato, el del libro electrónico o ebook con posibilidad de impresión a medida.

Para evaluar la viabilidad comercial de la propuesta encargamos a una empresa auditora un estudio de mercado y el resultado nuevamente ha sido decepcionante. Nulas o escasísimas ventas, coste de la producción soportado por los autores, y en más del 97% de los casos el comprador final del libro es el autor o sus familiares y allegados.

Podríamos ofrecerle publicar su libro como ebook pero sentiríamos que le estamos engañando pues si bien el coste de dicha propuesta es nulo o muy bajo para ambas partes, la rentabilidad es también escasísima o nula...

lunes, 2 de noviembre de 2009

Una mañana de domingo


Ayer domingo recogí a mis padres y los llevé a dar un paseo en coche.
Antes, cuando mi padre podía conducir, era parte de su ritual semanal. Solían pasear por los mismos lugares todos los fines de semana, a saber: el muelle, la plaza del Ayuntamiento, el faro de Navidad… Nuestra ciudad, aunque pequeña, tiene un puñado de sitios acogedores, marineros, donde uno puede pasear mecido por la brisa, ensanchando los pulmones.
Los llevé al valle de Escombreras, para que vieran todo lo nuevo que se había construido en acero y hormigón. Entramos por Alumbres y no abandonamos la visión de las tuberías hasta que dejamos atrás los túneles que conducen a Cala Cortina.
Detuve el coche en el mirador, bajamos, y desde lo alto contemplamos la playa. Aunque el sol no terminaba de decidirse, hacía un día agradable. Debajo nuestra, un par de bañistas nadaban en aguas transparentes observados por la gente que tomaba el aperitivo en la terraza del restaurante.
Apenas hablamos. Estábamos sobrecogidos por la tranquila visión que ofrecía el mar.
Yo pensaba lo curioso que es el subconsciente. Aquella cala, como otros lugares que visitaríamos el domingo, habían servido de inspiración para mi nuevo manuscrito. Así, Cala Cortina se había transformado sobre el papel en Cala Marfil. Una playa que no era exactamente igual a la original, aunque recordaba vagamente a ella. Era, por decirlo de algún modo, el otro lado del espejo, aunque un espejo imperfecto, deslucido. El espejo particular de mi propia visión de las cosas.
Últimamente estar con mis padres me produce una desgarradora melancolía. De pequeño, no me detenía a pensar en el tiempo. Supongo que la vida, que el estrés laboral y la propia sociedad, te sumergen en la creencia de que lo importante sucede en los períodos vacacionales. Nos pasamos media vida pensando en las vacaciones y cuando las tenemos, nos pasamos medias vacaciones pensando en lo poco que nos queda. Cuando uno es niño no piensa en el tiempo, preciado y precioso, que disfruta junto a sus padres. En lo fuertes y seguros que se ven con los ojos de la infancia.
Por eso, cuando puedes disfrutar con ellos una mañana de domingo, sientes que el tiempo se ha detenido para ti y te ha guiñado un ojo. Como si fuera posible atraparlo en una cajita de música y reproducirlo siempre que quisieras. Aunque sabes que, eso, no mitigará el dolor cuando ya no estén.
Reproduzco ahora unos versos de Agustín, conde de Foxá, que encontré en el libro que me dejó mi amiga Isis: "La brújula loca", de Torcuato de Tena.

En los ojos de tu madre
serás niño hasta el final.

viernes, 23 de octubre de 2009

Tocado y hundido.


Las noticias más amargas se reciben a menudo cuando uno más espera, precisamente, recibir noticias buenas. Es otra paradoja de la vida. Como autor novel, o aspirante a escritor, o sólo como alguien que tiene un sueño, y que por tanto puede extrapolarse a cualquier propósito que os propongáis en la vida, el de hoy, amigos, ha sido un día amargo.
De nuevo giró el bombo, y, de nuevo, salió una bolita cuyo número no se encontraba en mi cartón.
Una prestigiosa agencia literaria ha valorado positivamente mi tercer manuscrito, calificándolo de muy bueno dentro del género en el que se encuadra –terror-. En resumen, ha pasado el temido filtro, cosechando un buen informe de lectura. Pero no ha sido suficiente. Al parecer, según la agencia, la situación económica está mal (eso no puede negarse), y las editoriales no dejan huecos, y mucho menos, si se trata de gente nueva.
Eso es lo que me han dicho.
Así que aquí estoy, flotando sobre una caja de madera que debía contener repuestos del barco donde navegaba, un acorazado alemán de los años treinta. Observo cómo el casco humeante cruje y se retuerce tragado por el río de la Plata.
Toso y me aferro a los tablones astillados, arrastrado por la corriente.
¿Será el fin?

domingo, 18 de octubre de 2009

Perseverancia



El viernes fue un día extraño. Salí de casa algo más temprano para intentar evitar la larga caravana que se forma al ir hacia el trabajo. A pesar de eso, cuando tomé la salida de la autovía tuve que admitir que los minutos robados a mi sueño habían sido infructuosos. A través de la luna de mi coche observé la garganta luminosa que discurría frente a mí. Suspiré y subí el volumen de la música. Cada vez tengo menos ganas de escuchar las noticias.
Tras una lenta procesión, a base de segunda y pedal de freno, justo cuando iba a incorporarme a la última rotonda, me adelantó, por el arcén, una patrulla de la Guardia Civil. Los agentes cruzaron el vehículo con habilidad en medio de la rotonda y se bajaron. Sus chalecos reflectantes refulgieron entre tinieblas. En un santiamén desplegaron una suerte de conos cerrando el paso. Coño, justo cuando rozaba la entrada del curro con los neumáticos. Nos obligaron a seguir otro kilómetro de autovía hasta la siguiente rotonda. Como por arte de magia, el denso tráfico se descongestionó, y el motor de mi coche ronroneó alegre, harto ya de las marchas bajas, pero, claro, mis ánimos quedaron mermados.
A pesar de la música, y dependiendo de las canciones, cuando conduzco suelo meditar.
Recuerdo que una de las cosas en las que pensé fue en que los viernes son de los mejores días, porque traen la ilusión del fin de semana en ciernes y lo que eso conlleva: el dulce hogar, el fin de la dictadura del despertador, las comidas familiares, la lectura, en definitiva: la ausencia de otras obligaciones a excepción de las propias. Siempre que se tenga la suerte de no tener que trabajar los sábados o los domingos, que a veces también toca. Pero, paradójicamente, los viernes son también días lastrados. En ellos se sedimentan los cansancios de la semana, el estrés, los problemas sin resolver y los que amenazan con agrandarse.
Para un aspirante a escritor, el fin de semana resulta nefasto. Sabe que la bandeja de entrada del correo permanecerá ajena a ese mensaje quimérico. El que todos llevamos en mente, y que abrirá un hueco entre las nubes.

Tras la jornada de trabajo volví hecho polvo a casa. Tuve que aprovechar una tregua que concedió la lluvia. Ahora el asfalto se antojaba límpido, con un negro tan profundo y homogéneo como un trazo de pincel ejecutado con destreza.

Ya en mi casa, me tiré sobre la cama, quitándome los zapatos al mismo tiempo. Así de cansado estaba. El curro anduvo turbio como el día, con sensaciones contradictorias. Los datos, los números, los emails se amontonaban en mi cabeza, atropellándose.
Fue mi esposa la que me recordó que a las siete y media había una presentación de un libro en Cartagena. Le contesté que no tenía ganas, que estaba demasiado agotado como para pensar siquiera en ir. Ella entendió que me encontraba en esos días grises que me asaltan sin previo aviso. Fue muy tierna.
El caso es que me convenció. Volví a montar en el coche y salí pitando, temiendo llegar tarde como suele ocurrirme. Para colmo de males, la ciudad estaba hecha un desastre gracias al famoso "Plan E" que la mantenía más patas arriba que de costumbre. Las líneas divisorias de los carriles yacían amarillas indicando provisionalidad e improvisación, carteles de advertencia surgían cada poco, los sentidos del tráfico se invertían, y el trayecto se convirtió en un rally incierto e irritante. Dejé el coche en el aparcamiento del puerto, que ofrecía una estampa costumbrista con retazos de nubes grises sobre un mar agitado.
Cuando llegué a la veterana librería Escarabajal, subí los escalones de dos en dos, y pude comprobar que la presentación de “El secreto de Nicea” ya había comenzado. Me senté al final de la media docena de filas de sillas desplegables. Una treintena de personas escuchaba con atención a la dueña de la librería (Ana Escarabajal) comentar el currículum tanto del autor de la obra, Francisco Gijón, como el del hombre que iba a actuar de cicerone del mismo, Francisco Javier Illán.


Debo confesar, que hace cosa de unos meses ni siquiera se me hubiera ocurrido asistir a la presentación de un libro. Ahora, a base de rechazos y del lento despertar de mi ermitaña condición de escritor novel, he decidido hacer un esfuerzo por conocer qué hay al otro lado.
La presentación fue muy agradable. Francisco Javier Illán criminólogo de profesión, escritor, presentador y colaborador de revistas literarias, además de bloguer y un montón de cosas más que no recuerdo, resultó un tipo sencillo, campechano, y sin pelos en la lengua. Contó los avatares que le habían llevado a estar ese día allí, en el primer piso de Escarabajal presentando una novela, que, a priori, tocaba temas que se contraponían a sus propias creencias morales. Me resultó significativo que hoy en día, en el mundo de las letras, un hombre insertado en ellas plenamente, fuera capaz de reconocer sus tendencias sin maniqueísmos. Francisco Javier presentó con brillantez “El secreto de Nicea”. Pido disculpas por no colocar fotos del propio evento, pero el estrés diario me tenía noqueado aquel día.
Francisco Javier Illán
Luego, fue el propio autor, Francisco Gijón, quien tomó la palabra. Habló con una voz capaz de encantar a serpientes, de esas que dejan huella. Una voz sabia y madura, impropia de alguien tan joven. Eso, unido a su aplomo, me causó una profunda impresión de lo que significa ser escritor ante un público y hablar sobre literatura. Obviamente, yo, como aspirante, sentí un cierto retraimiento. Cuando estoy ante otros escritores tengo tendencia a empequeñecerme.
Francisco Gijón

En este caso, en concreto, Gijón defendió a capa y espada un tipo de literatura histórica que sobresale de los cánones actuales. Historiador de formación, explicó el riguroso trabajo que hizo, basado en fuentes clásicas, para abordar un libro como aquel. La historia bien contada resulta fascinante, aunque como él mismo apostilló, el hecho de que esté profusamente asentada en escritos existentes no la hace más veraz, puesto que, en definitiva, se basa en palabras que otras personas escribieron, que no necesariamente, reflejan lo que realmente ocurrió. Y como también resaltó: los vencedores, que son al final los que escriben la historia, no añaden nada, en todo caso, borran.
Curiosa tertulia siguió después, pasando de puntillas sobre “la otra literatura histórica” o “pseudohistórica”. Dominada por esa especie de histrionismo que embarga al mercado editorial actual donde, forzosamente, todo hecho histórico debe ir acompañado por un misterio oscuro, y a poder ser, un misterio tan grande que sostenga él sólo la existencia de la humanidad.

Finalmente me quedo con la disertación sobre el Concilio de Nicea, sobre el que versa profusamente el libro. Fue realmente interesante puesto que yo desconocía que en aquel concilio se filtraron 270 evangelios, quedando los cuatro que todos conocemos. Esa criba produjo una “fusión” de los distintos caminos que había tomado el cristianismo hasta el siglo IV, y, en la práctica, dio lugar al asentamiento de una forma común de entender la sociedad a partir de ese momento, con la religión, una religión más homogénea, en costumbres y principios de fe, como centro motor de la sociedad. Y ese paso sí fue definitivo en la historia, por tanto que sus consecuencias han llegado hasta nuestros días haciéndonos ser lo que somos.
Lamentablemente, debido a lo tarde que se había hecho, se tuvo que cerrar la presentación. El autor comenzó su ronda de firmas y yo me acerqué a saludar a Francisco Javier Illán. Tenía muchas ganas de conocerlo, precisamente por una de las cosas que había leído sobre él: que era un hombre muy interesado en los nuevos escritores de la región de Murcia.
Fue una conversación breve. Básicamente me dio ánimos para seguir adelante, inculcándome la idea de que al final, seguro, publicaría. Comentamos acerca de cómo se las gasta el sector editorial, y, justo cuando íbamos a despedirnos, empleó la palabra mágica. La que debe acompañar a cualquier escritor en ciernes: Perseverancia.
Así que la repito de nuevo, desde este modesto blog, porque a mí su sonido me produce una especie de sugestión. Creo que "Perseverancia" es una de esas palabras nobles, rotundas, que crean un efecto de "poder" a quien las emplea.
Gracias, Francisco Javier, fue un placer conocerte.

lunes, 12 de octubre de 2009

Tiempo de espera

Esta semana se presenta como un tiempo de tránsito.
Me incomodan ese tipo de días donde uno espera recibir noticias, porque las sensaciones se aletargan y los suspiros se estiran como el queso mozzarella auspiciado por el calor del horno.
Os preguntaréis qué demonios espero. Bueno, soy un poco terco, así que sigo en mis trece, ya que estoy convencido de que la anterior entrada sobre la Feria de Frankfurt va a ser muy predictiva.
Mientras, echo la vista atrás y no dejo de sorprenderme con la gente buena que me he encontrado por el camino. En octubre hará un año desde que entré en Bibliotecas Virtuales y empecé a recibir prácticos consejos de compañeros y compañeras que estaban en una situación parecida a la mía.
A pesar de los reveses que da el mercado editorial, te topas con gente generosa que te brinda nuevas perspectivas y puntos de vista. Lo que más valor tiene, a mi entender, son sus propias experiencias porque hablan con conocimiento de causa.
Después de mi primer contacto, me abrí “al mundo literario”, visitando más asiduamente otros foros (Locus, Prosófagos...) y hallé, sin darme cuenta, el universo de los blogs. Fue otro gran paso porque mis contactos con gente estupenda aumentaron.
Cuando terminé el cuarto manuscrito y, mientras esperaba un mes para corregir, decidí crear el mío propio: “El alma impresa”. Me costó porque tengo un poco de respeto por todo lo informático. Pero sin duda, ha merecido la pena.
Esta entrada es para agradecer vuestra inestimable ayuda. Vuestras visitas, relatos, comentarios y opiniones. ¡¡Mil gracias!!
El siguiente pasito (aconsejado por Daniel de Cordova) ha sido crear una cuenta en Facebook. Jope, hay mucha gente ahí, ¿sabéis?

Y la guinda del pastel ha sido el mensaje de una compañera y amiga virtual de un foro muy conocido ofreciéndose a echarme una mano para detectar fallos en mi cuarto manuscrito. Le pasé unas pocas páginas y las ha comentado de forma brillante, haciendo un gran trabajo que no sé cómo corresponder, lo que me va a ayudar mucho para seguir puliendo. ¡Un millón de gracias!
Pero no acaba ahí. Otra amiga también se ha ofrecido para darme su visión profesional. Así que le he pasado las mismas páginas, de modo que tendré más comentarios.
Tener opiniones distintas y de gente de buen gusto es un lujo que no se puede pagar con dinero.
Recuerdo con una sonrisa a un compañero que me facilitó las direcciones de sendos escritores de mi región. Me presenté por email y les pedí ayuda para que leyeran unas pocas páginas de mis manuscritos: ¡¡salieron corriendo!! (Es un decir).
Aunque, por otro lado, le agradezco a ese amigo haberme hablado de una tertulia literaria que se celebra en Cartagena mensualmente (El escarabajo palabrero) de la que comentaré en otra ocasión.
Resumiendo: no pidas ayuda a ningún escritor, sobre todo si ya ha publicado, porque se alejará de tí a todo lo que den sus piernas. Es comprensible: tienen poco tiempo, y para ellos es oro, por lo que no van a perderlo con un desconocido. Pero eso no quita que haya gente maravillosa, que habita entre nosotros, y que te ofrecerá ayuda cuando menos te lo esperes (también de gente que ha publicado, pues acabo de recibir un mensaje de un notable escritor de mi región brindándome su ayuda). No las atosigues, ni presiones. Recuerda que lo que te ofrezcan es un regalo. Mientras, escribe, lee, escribe y lee. Comenta en los foros, en los blogs, infórmate y disfruta con lo que te gusta, ¿no amas la literatura?

Esa es mi conclusión:
A pesar de las distancias que nos separan, formamos una comunidad muy bonita. Un gran cuadro con matices variados de inexperiencia y sabiduría, que se complementan y crean, a su modo, una extraña y paradójica obra de arte. Porque, no podemos olvidarlo, la literatura es arte. Que en realidad viene a ser magia. Sí, magia pura. Pues la primera magia del mundo nació con la palabra y el pensamiento.
Y es la palabra, precisamente, la que forma ese hilo invisible que nos mantiene unidos.