Hoy tocaba McDonald´s para comer. Así que he cogido el coche y he ido a un centro comercial cercano.A mi mujer y a mí nos encanta comer comida basura mientras vemos capítulos de Las chicas Gilmore en el DVD. Tiene que ser algo relacionado con el subconsciente porque las protagonistas de la serie, Lorelay y Rory (madre e hija), sólo comen porquerías -muchas y a todas horas-: pizzas, dulces, chocolate, hamburguesas, rollitos de primavera… je,je, lo que nos gusta a nosotros y, claro está, lo que en una dieta sana no se puede comer todos los días. Así que nos permitimos un homenaje de cuando en cuando, con el consiguiente arrepentimiento posterior, que no es muy sentido, todo sea dicho.
Bueno, el caso es que aparco en frente de la entrada del McDonald´s, me bajo del coche y empiezo a caminar, contemplando los nubarrones que se acercan por el este, tan negros como la tinta china. Camino deprisa, siempre lo hago, es una costumbre. Pero, para mi sorpresa, veo a un hombre que debe frisar los cuarenta, entrado en carnes, apretar el paso, y, con gran esfuerzo, ponerse a mi altura. De la mano, lleva a su hijita (supongo que debe serlo) de unos cinco añitos, linda y mofletuda, que a trompicones y sin protestar, sigue el ritmo de su padre. Durante unos instantes he sentido que manteníamos una especie de carrera por llegar a la entrada de la hamburguesería. Me ha parecido fuera de lugar que alguien quiera romperle los meniscos a su hija pequeña con tal de llegar antes a la fila de comida rápida, así que he frenado un poco para dejarles pasar primero. El tipo, con gran avidez, se ha colocado raudo en la única cola disponible en ese momento. Eran más de las tres de la tarde, y la punta de clientes había decaído.
Total, ahí estoy yo, tras padre e hija, y un hombre y su mujer, esperando turno. Lo bueno del McDonald´s (y os juro que no es por hacer propaganda) es la eficiencia con la que te atienden, por lo menos al que voy yo. El encargado ha abierto otra caja, y la cola se ha dividido en dos, para gran satisfacción del “padre destroza meniscos”. Bueno, ya me queda menos, pienso. Pero no las tengo todas conmigo. En esto, llega un viejo y se pone detrás de padre e hija. Un hombre mayor, de los de manual, ya sabéis: pantalones grises y rebeca de punto blanca. Terminan de despachar a padre e hija, pero la chica de la caja donde espera el viejo se ausenta un segundo. Al mismo tiempo, la pareja que está delante de mí también acaba de recoger su pedido. Como llevan una bandeja bastante voluminosa, cargada con todo el repertorio del menú, me hago a un lado para dejarlos pasar. Y ocurre. Claro.
El viejo da una zancada y se pone en mi cola, y pide. Y le atienden. Quiero un café cortado, dice.
Frunzo el ceño. Me pongo a su altura y le digo: Perdone, señor, iba yo primero. Repito la frase pero el viejo hunde la barbilla en el pecho, sin mirarme y hace como que no me escucha. Observo el audífono en su oreja derecha, su cara arrugada y la piel salpicada de manchas. Enarco una ceja y lo dejo estar. El encargado que pasa por ahí, me observa hosco, y me invita a hacer el pedido, pero de mala gana, con malas pulgas. Con una expresión flotando en su rostro que viene a decir “joder, tío, deja en paz a ese pobre viejo, no seas maleducado, ¿no ves que es un hombre mayor?” Eso también me joroba bastante.
Tras cinco minutos de espera, pago y recojo mi bolsa. Antes de irme, puedo ver de soslayo al viejo tomando café con su mujer en una de las mesas del fondo. Suspiro y me marcho.
Otro caso:
La historia comienza de forma parecida: estaciono el coche en una avenida aledaña, rebusco en mis bolsillos una moneda y me acerco a la máquina para sacar un tique de aparcamiento. Imaginaos la escena: las aceras están desiertas, hay un montón de plazas para aparcar, no se ve un alma a la vista, camino con la moneda entre los dedos y, de pronto, cuando apenas me quedan diez metros para llegar hasta la máquina, aparece un hombre –que debe rondar los sesenta- corriendo a todo lo que le permiten sus piernas. Me quedo perplejo, tardo en comprender que ese hombre se juegue (sus meniscos) por coger turno en la máquina. Total, que no me “pico” y le dejo alcanzarla antes que yo. No quiero ser cómplice de una muerte prematura, ni nada de eso. Bueno, pues el viejo se encorva delante de la máquina y mete tembloroso la mano en sus pantalones, saca un monedero todo pellejudo y empieza a buscar con impaciencia una moneda. Medio minuto, un minuto, minuto y medio, y yo detrás, esperando con mi moneda entre los dedos. Puro egoísmo, algo ridículo. No quiero pensar qué sería de nosotros si estuviéramos en la época de las cartillas de racionamiento. La de hostias que nos íbamos a dar por conseguir un poco de comida.
Lo que quiero resaltar con esta entrada es que ese tipo de cosas me pasan cada vez con más frecuencia. Ya no son hechos aislados. Lo curioso es que me ocurren con gente mayor, supuestamente educada, gente que ya olvidó lo que es tener acné hace mucho tiempo.
Cuando me ocurren me produce cierto desasosiego, cierta inquietud.
Entonces recuerdo el libro de Saramago: “Ensayo sobre la ceguera”, un libro muy escatológico pero que, a mi parecer, refleja muy bien la delgadísima línea que nos separa del embrutecimiento. Del palo, el fuego y las pinturas en las cavernas. Saramago describe a la perfección los rasgos más impíos de la sociedad, los rasgos más “humanos”. Tiene frases que dejan huella, y juega hábilmente con los refranes populares para poner al descubierto nuestros mayores defectos, lo ruines que podemos llegar a ser.
“Si no somos capaces de vivir enteramente como personas, hagamos lo posible para no vivir enteramente como animales”.
Como suele decirse, en situaciones límite o catastróficas, sale a la luz “lo mejor y lo peor del género humano”, es verdad, los hechos heroicos, pero no sé… últimamente parece haberse perdido algo de esa dignidad, de ese cultivo por las buenas maneras, o por lo menos, las mínimas maneras.
Es como si la mala educación se hubiera extendido como la mala hierba en un jardín, que nadie, o casi nadie, se preocupa por cuidar como es debido. Los políticos (sea del bando que sean) señalan con desdén a las plantas jóvenes, pero se olvidan con frecuencia, que el mismo descuido crece también alrededor de las viejas.
Por supuesto sería una falacia generalizar, pero me queda ese mal sabor de boca, ese resquemor. Siento que nuestros mayores han perdido tanto o más que los jóvenes. Porque solo puede perder algo quien alguna vez lo tuvo. Y lo tuvieron, porque en mis recuerdos no tan lejanos, las personas mayores eran la primeras en saludar cortésmente, las que cedían el sitio a las embarazadas, las que pedían permiso antes de entrar, o las que preguntaban el turno en la tienda… En definitiva, se mostraban dignas, se comportaban como “señoras y señores”. No era una cuestión de dinero, ni de rango social.
Por eso termino, esta entrada-reflexión, con otro refrán: “A quien buen árbol se arrima, buena sombra le cobija”.
Y me pregunto: ¿Dónde está el árbol ahora?





