domingo, 30 de mayo de 2010

Primeras páginas de La memoria de Lucifer, de Patrick Ericson

¡Hola a todos!
Gracias al amigo Oriafontan supe que en la página web de Hera ediciones están disponibles las primeras páginas de La memoria de Lucifer, lo que incluye... el prólogo que escribí.
Con el permiso de Patrick concedido os pongo el enlace para que podáis echar un vistazo a las primeras páginas del libro.. ¡Qué ilusión!
Un abrazo.
Sergio.

http://www.heraediciones.es/fragmentosobras/fragmentolucifer.pdf

sábado, 15 de mayo de 2010

Prosofagia en El Escarabajo Palabrero


Los foros y blogs literarios han supuesto una extensión de los antiguos cafés tertulianos; Internet tiene cientos de ellos, pero si uno busca con ahínco puede encontrar auténticas joyas.
Hoy quisiera recomendaros el Foro Prosófagos, un foro que es más que un foro, y que está frecuentado por escritores noveles y no tan noveles, por voraces lectores, pero, ante todo, por amantes de la palabra escrita.
Prosófagos se inició allá por septiembre de 2007, y parece mentira todo lo que ha evolucionado desde entonces. Hoy por hoy es un lugar de visita obligada para quienes sufren de inquietudes literarias y, me atrevería a decir, existenciales. Unas inquietudes que alumbraron una revista imprescindible: Prosofagia.
A aquellos que sueñen con ser escritores, les aconsejaría encarecidamente que prueben a colgar algunos textos en la zona de prosa o poesía (donde corresponda) y dejen que los avezados prosófagos opinen sobre los mismos. Será una forma de medirse, de curarse en humildad… en definitiva, de saber si uno va por el buen camino. De cualquier modo, os aseguro, encontrará la alegría de sentirse acompañado en su viaje.

Con estas palabras, escritas en el boletín que elaboro mensualmente, presentaba el foro Prosófagos a mis amigos de la tertulia literaria El Escarabajo Palabrero. La tertulia propiamente dicha tuvo lugar el sábado pasado en la librería Escarabajal y estuvo centrada en la novela “Corazón tan blanco”, de Javier Marías, autor que crea admiración y animadversión a partes iguales. Personalmente la charla me dejó un buen sabor de boca, pues hasta con opiniones en contra uno aprende un poquito más acerca de la literatura. Marías, escritor profusamente literario, con giros y giros de lenguaje, pausas, comas, paréntesis, repeticiones, reiteraciones… encabeza un ala de la escritura muy particular, de la que, en mi opinión, se puede aprender mucho (para lo bueno y para lo malo).
Antonio Lois (creador de la tertulia) y un servidor en una foto retrospectiva.

Si queréis que os diga la verdad, cuando hablé de Prosófagos se me puso el vello de punta. Creo que es realmente hermoso que un grupo de personas anónimas, que no se han llegado a conocer en carne y hueso, de lugares tan lejanos como Argentina, Venezuela, Barcelona, Estados Unidos… hayan creado una revista literaria, a partir de su convivencia en un foro donde, entre otras cosas, cuelgan sus relatos y opinan sobre los demás, dan consejos, critican… pero sobre todo aprenden y dejan constancia de su amor a la literatura. Es una manera muy humilde y muy humana, cálida y nada impersonal, de demostrar al mundo que, de alguna manera, estamos interconectados, y que los sentimientos y las emociones pueden transmitirse a través del lenguaje, algo que bien pensado, es increíble.
Por último, se repartió entre los asistentes un detalle de Prosofagia: varios números impresos para que pudieran conocerla de primera mano. Estoy seguro de que mis amigos de la tertulia disfrutaron con ese presente pues muchos de ellos son escritores, o aspirantes a escritor (yo creo que pertenezco al segundo grupo, je,je..), y participan en talleres de escritura.
Sé que es una gota de agua en el océano, pero ¿no sería hermoso que todos, en la medida de nuestras posibilidades, habláramos de Prosofagia a la gente que conocemos?
Quizá el boca a boca lleve a esta estupenda revista a ser algo inmenso. Fijaros que no digo grande, porque grande ya es.
Ah! Y perdonad por la primera foto que, como soy un poco zopenco, la tomé cuando algunos tertulianos ya se habían ido. Pero los que están demuestran una cosa, ¡Prosófagos vive!
¡Salve, Prosofagia!

sábado, 1 de mayo de 2010

Recuerda, un relato de Sergio G.Ros


Recuerda
de
Sergio G.Ros

Se levanta con el ánimo sombrío.
Vestida solo con una camiseta de tirantes, se acerca al cristal de la ventana. Ladea la cortina con una mano y se queda mirando la placita de enfrente, presidida por una palmera curvada, con sus hojas verdes colgando, impertérritas, sin que una brizna de viento las acose. De fondo, se escuchan los chillidos de las cotorras que viven en la copa y que comienzan un nuevo día entre los mortales.
La luz del amanecer hace su aparición rompiendo la enredadera de sombras. Suspira; todavía nota el latido desbocado que se originó en los sueños de los que acaba de huir. Durante un instante, el cristal le devuelve parte de su reflejo: los pechos caídos, las caderas ensanchadas, las raíces negras, los ojos cercados de arrugas. La mano tiembla en la tela de la cortina. Desde atrás, ahogando el estruendo de las cotorras, le llegan los ronquidos de Pedro, entrecortados, rotundos. Yace ocupando casi toda la cama; su reflejo no puede ser más desalentador: gordo, flácido, velludo. Otrora fue un hombre apuesto, musculoso, coqueto.
Piensa: el tiempo lo cura todo, hasta las ganas de hacer deporte.
Antes de ir al lavabo ojea de nuevo la plaza.

Durante la mañana, el ánimo no mejora. El jaleo que arman sus compañeras, correteando por los pasillos de la oficina, mascando chicle, aporreando los teclados y gritando para entenderse por teléfono, le recuerda a las cotorras de la palmera. En cierta forma, parte de ella sigue allí, en esa plaza de ladrillos apretados.
Antes de comer, la jefa la llama a su despacho: mala señal. No se equivoca, después de todo siempre fue buena intuyendo cosas. El discurso comienza sin paliativos, con la consiguiente mención a la crisis. Mientras escucha no puede dejar de mirarle las uñas; necesitan una manicura urgente. Recibe la noticia sin pestañear; podría haber sido peor, al menos le dan a elegir: reducción de jornada con pérdida de seiscientos euros (la mitad de su sueldo) o la calle. Contesta que se lo pensará, se levanta y sale del despacho sin despedirse; sabe que en parte ha decepcionado a su jefa, seguro que esperaba otro tipo de reacción: lagrimeos, lloros, pataleos… lucha. El placer subyugante de la humillación. Pero hoy no es día para luchar.

Vuelve a casa caminando, siguiendo el recorrido que seguramente “él” hacía todas aquellas tardes hasta la placita. Pasa junto al mercado de frutas, compra una manzana que parece sacada de una película de dibujos animados y la muerde mientras contempla el paisaje. Algunos hombres la observan, pero ya no levanta la misma expectación que antaño. Ha perdido parte de ese poder magnético, casi animal, que hacía girarse las barbillas y recibir pescozones a los hombres casados.
Cuando alcanza la placita, de la manzana sólo queda el corazón; la tira en una papelera. Quizá todavía pueda salvarse el día: lo bueno de que Pedro esté desempleado es que no tienen que rendir cuentas a nadie; pueden coger el coche e irse al pueblecito en la sierra donde se encerraron un fin de semana, siendo novios, e hicieron el amor sin parar.
Se detiene junto a la palmera, protegiéndose del sol. Mira hacia lo alto, contando los pisos de su edificio para poder calcular qué ventanas corresponden al suyo. Se da cuenta de que, por primera vez, está mirando desde la misma posición desde la que él la observaba todos los días, durante aquel año en el que le hizo aquella promesa de amor.
La ventana de su dormitorio tiene las cortinas abiertas. Sólo dura un instante pero puede ver a una mujer desnuda, de grandes pechos, asomándose al cristal y que cierra las cortinas. Se queda sin aliento; parpadea. Trata de recomponer la imagen en su memoria. Siente que el corazón le oprime la garganta, traga saliva: cree reconocer a la chica. Podría ser la dependienta de la zapatería que hay en el bajo comercial. Sí, se dice, es ella.
Su mano busca el tronco de la palmera. Primero lo roza levemente, luego, descansa parte de su peso apoyando el hombro. Es un tronco rugoso, curtido con capas y capas que han crecido las unas sobre las otras, como viejas cicatrices.
Se asombra de que no pueda llorar. En cambio, siente un enorme vacío que se abre paso en su interior, a corte limpio entre las entrañas.
En algún momento descubre la inscripción en la corteza del tronco: J., 15 de septiembre de 1993.
¿Qué habrá sido de él?
Invadida por la desazón, cruza la calle; un coche tiene que frenar en seco para no atropellarla. Luego se adentra en un callejón pronunciado, de adoquines húmedos, apretando el paso y sin mirar hacia atrás, ni escuchar el claxon que la increpa.
Piensa: no quiero que las cortinas vuelvan a abrirse.
Tarda como cinco minutos en llegar a la estación; compra un billete. Durante el trayecto en autobús permanece abstraída, con la vista clavada en la ventanilla, ajena al discurrir de asfalto, de edificios primero, y campos de cultivo después. Atraviesan un puerto de montaña donde se ven los únicos atisbos de bosque en kilómetros. ¡Qué hermoso sería vivir en una casita, allá, en medio de la naturaleza, con alguien que te ame de verdad!
Se baja en la última parada, una estación que bulle de actividad. Hasta donde alcanza la vista, los bancos parecen ocupados por personas que llevan su equipaje a cuestas como si arrastrasen toda su vida en su interior. El murmullo que levantan resulta una jerigonza de babel imposible de interpretar. A trompicones, por pura intuición, consigue salvar los pasillos repletos, y salir fuera. Hasta el aire le parece distinto. El ruido de los coches la desvela de sus pensamientos; las colas se hacen interminables en los semáforos, los conductores protestan, los peatones tratan de cruzar la calle por dónde se les antoja, algunos niños se escapan de las manos que los retienen, el vendedor de cupones, que se busca la vida entre los vehículos, grita con estridente voz por encima de los cláxones.
Reanuda su marcha a grandes zancadas por la estrecha acera, sorteando a la gente, a sus hijos, a sus perros, a los carritos de la compra. Todo resulta paradójico para una persona que trabaja a jornada completa, de lunes a viernes, encerrada en una oficina. Se le descubre un mundo nuevo, palpitante de vitalidad. Eléctrico.
Cuando lleva varios minutos caminando, siente dolor en los talones y en los dedos de los pies. Por mucho que pasen los años no termina de acostumbrarse a los zapatos de tacón. No es el calzado más adecuado para caminar, pero tampoco lo tenía planeado. Piensa: qué estoy haciendo. Se detiene; duda. Pregunta una dirección a un anciano que espera junto a una marquesina. El anciano le indica el camino con amabilidad, sin dejar de sonreír. Tiene esa clase de sonrisas surcadas de arrugas que inspiran confianza.
Por fin, llega a un parque en cuyo centro hay una fuente de piedra blanca, atestada de palomas. El parque está rodeado de jardines salpicados de rosales, donde un césped recién cortado brilla bajo el cénit solar. Huele a hierba. Los aspersores lanzan finos chorros de agua, y las gotas son arrastradas al capricho de la brisa.
Encuentra un banco libre, a la sombra. El resto de bancos están ocupados por universitarios y hombres y mujeres con traje que almuerzan tomando el fresco. Es un lugar agradable, una especie de oasis en medio de la vorágine semanal.
Alza la vista. Comprueba el número en el portal del edificio que tiene ante sí: es el número que buscaba. Barre con la mirada los balcones de los pisos, uno a uno, hasta posarse en el sexto. No logra saber con exactitud cuál será el suyo. Solo estuvo una vez aquí, hace ya dos décadas. Ni tan siquiera puede saber si seguirá viviendo en el mismo sitio.
Pasa el tiempo, el sol pierde fuerza. Los usuarios de los bancos son reemplazados por otros, desaparecen los hombres y mujeres de traje, también los universitarios, llegan amas de casa y ancianos que se anticipan a la salida de los colegios en busca de los nietos, luego vuelven con los niños a dar cuenta de la merienda y a dar de comer a las palomas. Es como un oleaje de sonidos: silencio, brisa, jolgorio, arrullo de palomas; otra vez silencio, brisa, jolgorio, arrullo de palomas. Ella permanece ajena a todo. Incluso al tono de su teléfono móvil que suena varias veces en el interior del bolso.
Caída ya la tarde siente frío; las farolas se encienden.
Entonces repara en una figura que aparece en el balcón. Observa las volutas de humo que se pierden en el cielo nebuloso. La silueta del hombre ha ganado volumen y ha perdido gracilidad, pero los gestos y la pose siguen siendo los mismos.
Sonríe tratando, a pesar de la distancia, de escudriñar las añoradas facciones que un día fueron suyas.
Minutos después, un niño sale al balcón. El hombre le alborota el cabello, apaga el cigarrillo y vuelven dentro.
Ella se levanta, sacude los pies, y regresa a la estación de autobuses.
Ya no siente frío.
Le reconforta pensar que, una vez, alguien la amó de verdad.


Todos los derechos reservados, © Sergio G.Ros

sábado, 24 de abril de 2010

¡¡Gracias, amigos!!


Bueno, pues ésta ha sido una semana turbulenta: a mediados de la misma recibí un rechazo de una agencia literaria.
Sé que ya os he hablado de mi retahíla de rechazos, que parece más larga que la cola del paro, pero últimamente percibo que estos rechazos son más “in extremis” que antes.
De hecho, la respuesta de esta agencia no fue estándar, lo cual ya es un logro, y, en varios párrafos, me señalaba diversos puntos que, desde su experiencia, podrían mejorar mi novela. Algunos de ellos los tengo claros y otros no tanto. La pregunta ahora es: ¿debo realizar esos cambios?
Aquí es donde las posturas de unos y otros autores se encuentran. Yo, que soy bastante tozudo, llevo unos días sopesando qué debo hacer. Ante mí tengo dos claros caminos: obviar los comentarios de la agencia y dedicarme a otra nueva obra, o meterme de lleno en una revisión de la novela.
En este punto hago un pequeño inciso para dar las gracias a las amigas y amigos escritores que me han apoyado, dándome consejos y opiniones.
Creo que, como autor novel, debo cuando menos escuchar a otros y no cerrarme en banda. Hace apenas unos años no hubiera pensado así, pero empiezo a modelar esa tozudez que me dio la genética y que me sale por naturaleza. Algunas de las cartas de mis amigas y amigos han sido bellísimas, explicándome su enfoque, su interpretación de mi rechazo, las opciones que tengo, y lo más curioso de todo es que ¡algunas opiniones son diametralmente opuestas! Pero como digo: son hermosísimas y defienden con pasión el amor hacia la literatura y todo lo que para ellas representa: ¡¡Muchas gracias!!
Una amiga en particular, cuyo periplo literario discurre paralelo al mío con ciertas diferencias, me ha descrito en apenas unas horas (en varios emails), toda una declaración de intenciones que sería para enmarcar en un cuadro. Ella, al igual que yo, piensa intentarlo: demostrarse a sí misma que puede mejorar como escritora.
Aunque sea como aferrarse a un clavo ardiendo, voy a hacer mía la máxima de “Descubriendo a Forrester” (de la que me habló mi amigo Ithur), donde Sean Connery le dice a su pupilo: “escribe con el corazón, y después re-escribe con la cabeza”. Mi manuscrito salió directo del corazón, y toca ahora, que la cabeza tome el control de la obra.
Esto que en principio, va en contra de mi forma de plantear la escritura, supone un reto para mí, pero creo que merece la pena intentarlo. No quiero convencer a nadie pero dado que he estado meditando sobre ello, he llegado a la conclusión de que en el fondo todo arte tiene mucho de oficio: el oficio nos proporciona herramientas para que lo que nuestro corazón tiene que contar fluya hacia el exterior, pero también tiene la misión de limar las asperezas de ese alumbramiento. Un director de cine, por ejemplo, puede tener inspiraciones maravillosas durante el rodaje pero existe un oficio del séptimo arte (el de “montador”) que es el que da el toque final, la estructura a la película.
Por eso, a vosotros que me habéis ayudado tanto y que me seguís ayudando: ¡os dedico esta entrada!
Escribir será una tarea solitaria pero genera un vínculo afectivo que se transmite por cables de red y por hojas impresas.
Y dicho todo esto, toca ahora meterse en faena: primero debo poner en claro qué tengo que hacer. No se trata de empezar sin orden ni lógica.
¡Ya os contaré!
Para rematar, os dejo un enlace de la Revista Románticas, a la que me invitó mi amiga Arlette Geneve, donde colgaron un relato mío (página 37 de la revista): Recuerda.

¡Besos! , ¡ya llevamos 20.000 visitas!!

sábado, 17 de abril de 2010

Amores inciertos, de Xavier Borrell.


Siguiendo con el camino trazado en anteriores entradas, os presento la ópera prima, recién salida de impreta, de un compañero escritor: Ámores inciertos, de Xavier Borrell (perteneciente a la cada vez más exitosa Generación del XXI).
Conozco "virtualmente" a Xavi porque, entre otras cosas, fue él quien me ofreció colaborar en la página Llegir en cas d´incendi, donde, como sabéis, he escrito ya algunas reseñas (la última: Desaparecida, de Harlan Coben).
A continuación os presento los principales datos del libro, que he extraído del blog de Xavier.

"Amores Inciertos" ha sido publicada por la editorial Letras Difusión, y tiene una magnífica portada, obra de Aurora Cano, que simboliza el poder oculto de la mujer, la verdadera protagonista de la novela.
Manel Haro, codirector de la web Llegir en cas d´incendi y del programa de radio del mismo nombre, ha colaborado con Xavier en la corrección de la novela (Manel es Licenciado en Filología Hispánica) y ha escrito un prólogo que, por lo que adelantó el propio Xavier, no dejará indiferente a nadie.
La editorial Letras Difusión, especialista en el mundo de los libros económicos y jurídicos (con incursiones en temas de ficción), ha realizado un excelente diseño y maquetación del libro.

Sinopsis de “Amores inciertos”.

En un pueblo de la provincia de Granada donde vivió su infancia Federico García Lorca, un joven heredero terrateniente tiene su vida perfectamente establecida tanto sentimental, como económicamente, sin más estímulos que bailar flamenco e investigar la vida y obras del poeta.
Un día cruza con una gitana vidente en las puertas de la catedral, siendo absorbido por sus predicciones, a pesar de tan solo haberla prestado atención por vergüenza de parecer estúpido a la vista de su amigo de toda la vida.
Debido a su afición a ir a bailar a las cuevas de Sacromonte e intentar ligar con las turistas asiduas que se pierden por su cuerpo de torero, da con una bella inmigrante dominicana de la que se enamora perdidamente, haciéndole temblar los cimientos de su amueblada cabeza.
Otro día quedan para salir, ella le confiesa que no tiene papeles, que se tendrá que volver si no encuentra algo. Pedro le propone darle trabajo y seguir con su relación, pasando así a ser los más felices del universo haciendo el amor a ojos de la Alhambra.
María, la chica que estaba predestinada a casarse con él se deprime al enterarse de todo y decide encerrarse en sus estudios, pese a todos los comentarios que le hacen la gente de alrededor de Fran, cree que tras sus escarceos amorosos volverá al redil.
Entre tanto en el relato se cuentan anécdotas de García Lorca y su vida en aquel pueblo rival de Fuentevaqueros, lugar de nacimiento y adoración oficial de sus fans, como su relación con los pobres del pueblo o la casa de Bernarda Alba auténtica.
Un día mientras Pedro y su amigo ayudante Salman están arando en el campo, la dominicana lo llama al móvil con urgencias desde Barajas, le dice que se vuelve a su país sin darle más explicaciones, dejándole destrozado.
Este decide ir a buscarla al otro lado del charco, se llevará con él a su fiel amigo Salman, un magrebí que le ha ayudado toda su vida y que es como un padre para Fran, aunque no sabe como encajará su vida de adoración a Mahoma en un mundo caribeño lleno de libertades, pero su devoción por su jefe-amigo le decidirá a emprender viaje junto a él.

DATOS DEL AUTOR:

Xavier Borrell

Nacido en 1971, Xavier ha estado rodeado de libros toda su vida a causa de la afición de sus padres a la literatura, a la música y el cine. Co-dirige un programa y un blog de literatura en Radio Cornellà y Radio Tiana llamado 'Llegir en cas d"incendi', además de ser el coordinador de literatura del diario digital www.elcampdeturia.com, donde publica entrevistas y críticas literarias. Actualmente, Xavier ultima su segunda novela, con el título provisional de 'Libros aclaradores'. Todo ello compaginado con el trabajo en una empresa de ingeniería de la construcción, que intenta sobreponerse a la crisis.
Podéis seguir sus críticas y aventuras en este blog:
http://relatan.blogspot.com/
Otro enlace donde participa:
http://www.llegirencasdincendi.com/
¡Mucha suerte, Xavier!
¡Que firmes muchos libros en Sant Jordi!

sábado, 10 de abril de 2010

El territorio de lo que sentimos


Hoy quisiera compartir con vosotros una noticia que me ha hecho especial ilusión: El alma impresa se encuentra dentro del Top Ten de blogs de literatura, según el ranking Wikio.

La verdad es que lleva algunos meses dentro de él, y en concreto, en este mes de abril, se halla en el puesto 47. Quizá no resulte algo muy espectacular, pero siendo un blog joven, creo que tiene un mérito cuando menos gratificante, por lo menos para mí, que soy el papi. Por eso quisiera agradeceros vuestros comentarios, vuestras visitas, vuestro apoyo en definitiva, por ser tan grata compañía en este, mi peregrinaje literario y existencial.

Y, enlazando con esta breve entrada y con la anterior, quisiera hacer algo a lo que no suelo estar muy acostumbrado: publicar el artículo de otro escritor. Pero, preparando la información para la tertulia de este sábado me topé con un artículo que quisiera compartir con todos aquellos que no la hayais leído. Una auténtica maravilla, que renueva las ganas de dedicarse a esto de la literatura. Que lo disfrutéis.

El territorio de lo que somos, por Jose María Merino.
Publicado el 13 de diciembre de 2008, en ABC.

Cuando era niño, fascinado por las aventuras de los personajes de las novelas que leía, creía que lo sustantivo de la literatura se hallaba en los azarosos riesgos y en las recurrentes sorpresas de las tramas, de los argumentos. En aquellas lecturas fervorosas, las acciones de los intrépidos protagonistas que, a pesar de tantos y tan continuos peligros, llevaban a cabo sus propósitos, eran para mí el motivo principal de mi compenetración con ellos. El paso de los años me fue descubriendo cualidades literarias menos evidentes que mi poca edad no me había permitido vislumbrar antes, y profundicé en aspectos que entonces no pude siquiera imaginarme, aunque ya los cuentos populares escuchados y leídos me habían advertido de lo que era la sustancia de la ficción, por encima de las peripecias y más allá de que transcurriesen en espacios maravillosos o exóticos: un testimonio peculiar del modo de ser de la gente, de su manera de actuar, un panorama completo, minucioso, de las extrañas, diversas, innumerables, formas del comportamiento humano.
Maneras de sentir. Conforme me iba haciendo mayor fui teniendo cada vez más relación con los habitantes de la realidad, y muy a menudo me desconcertaban determinadas actitudes en los demás o en mí mismo, porque no era capaz de desentrañar de modo cabal su significado. Para mí era evidente que, frente a la opacidad de lo real que me rodeaba, a lo inescrutable o contradictorio de muchas conductas, el mundo de la literatura era diáfano, claro, y los personajes de las novelas me permitían entrar sin restricciones ni dificultades en su interior.
Así fue cómo, para empezar, descubrí que las páginas de las novelas que yo iba pasando, absorto en su lectura, eran puertas sucesivas que me daban entrada a un país único, incomparable, el territorio donde se mostraban con claridad todas las posibles maneras de ser y de sentir, con sus ambigüedades y matices: la lealtad y la traición, el heroísmo y la cobardía, la avaricia y la generosidad, el amor y el odio, la atracción y la repulsa, lo piadoso y lo cruel. De ese modo conocí la nostalgia de Heidi, la osadía de Jim Hawkins y de D?Artagnan, la lealtad de Gabriel Araceli y de Miguel Strogoff, la doblez de John Silver y de Uriah Heep, el afán científico y justiciero del capitán Nemo, la potencia imaginativa de Tom Sawyer y de Guillermo Brown, la perspicacia de Sherlock Holmes, la caballerosidad de Phileas Fogg, la melancolía de Mowgli.
Sutiles enlaces. Con el correr del tiempo, fui ya del todo consciente de que nunca podría entrar en los secretos del comportarse de los seres de carne y hueso, como yo mismo y quienes me rodean, con la diafanidad con que lo hago en los de la literatura: desde el colérico Aquiles hasta el desconcertado Gregorio Samsa, madame Bovary, Ana Karenina, Raskolnikov, doña Berta de Rondaliego, «Bola de Sebo», los Snopes, Hans Castorp, Francisco Torquemada, Segismundo, Oblómov, Humbert Humbert, Molly Bloom, Charles Bingley, Hamlet, un tal Hans Pfaall y tantos otros más, me han enseñado a conocer bastante a los seres humanos de la realidad y un poco mejor a mí mismo. Burla burlando, en un momento de El rojo y el negro, para explicar la confusión de madame de Rênal ante la persistencia del joven Julian Sorel en sus requerimientos amorosos, Stendhal cuenta: «Como madame de Rênal no leía novelas, no sabía lo que le estaba sucediendo?».
Además, la progresión, la abundancia y la riqueza de las lecturas me permitió saber que sutiles enlaces comunican a casi todas ellas, para ordenarlas en mundos característicos: comprendí que la búsqueda del tesoro que intenta La Hispaniola evoca aquella del vellocino de oro que emprendieron Jasón y sus argonautas, y la del Grial de los caballeros artúricos, como la aventura de Huck Finn intentando liberar a su compañero y ayudante, el esclavo Jim, o el ingenio de Kim para la supervivencia propia y del Lama a quien acompaña en busca del Río de la Flecha, no dejan de reproducir ciertas actitudes del ingenioso hidalgo y caballero don Quijote de la Mancha, ayudado por Sancho Panza en su lucha contra los hechiceros y las injusticias, del mismo modo que el mono Hanuman ayudó a Rama en su empresa de rescatar a Sita del poder de los demonios, y también cómo el esfuerzo perseverante de Robinson Crusoe para construir en la isla virginal de su naufragio un lugar de civilización, reproduce todos los mitos originarios sobre la creación del mundo desde la nada. Y muy a menudo, en las narraciones que releo o leo por primera vez, reconozco, disfrazado por el cambio de época, el eco de alguno de los episodios que vivió aquel varón de multiforme ingenio llamado Odiseo, a quien resultó tan complicado regresar a su casa.
El tiempo de la vida. Debo añadir algo que ahora también sé: esas puertas pequeñas, flexibles, de las novelas y de los libros de cuentos, no sólo me han permitido entrar en la médula de las conductas humanas, sino comprender en su verdadera atmósfera material y moral los ámbitos físicos donde vamos cumpliendo nuestro misterioso destino, desde las comarcas, aldeas y megalópolis que evocan las reales, hasta otras poblaciones y lugares solo construidos con materiales fabulosos. Y en todos ellos he percibido transcurrir el tiempo de la vida, el de la dicha y el del dolor, el de las esperanzas y el de las desilusiones, con una perspectiva y una lucidez que no me permite el fluir vertiginoso del tiempo de mi particular realidad.
Muchos creen, todavía en la falacia aristotélica, que sólo en la Historia está el archivo seguro de nuestras circunstancias, pero el más certero registro de lo que caracteriza a la especie humana, donde verdaderamente se encuentra la historia de nuestro corazón a lo largo de los milenios, es en la literatura, constituida desde la capacidad simbólica que nos identifica. Leer nos da acceso al gran espacio de la imaginación reveladora: el país de lo que somos, el territorio de lo que sentimos.

jueves, 1 de abril de 2010

Horas bajas

Hoy hemos ido a ver a un amigo de mi padre al que apreciamos mucho y consideramos como de la familia. Tras ponernos al día, hemos conversado sobre todo tipo de cosas, y ya casi al final de la visita, sin saber exactamente cómo, ha salido a la luz lo de mi afición por la escritura. De hecho ha sido mi padre el que ha sacado el tema. Su amigo, que tiene una formidable preparación cultural, ha comenzado a hablar de libros actuales que yo no he leído; y cuando he comentado mis inquietudes literarias, las cosas que hago y que llevo en marcha, me he sentido pequeñito, casi insignificante. He comprendido que estoy muy alejado del arquetipo de escritor actual, por lo menos, el tipo de escritor español, o eso creo.
Siempre me he sentido una persona distinta, que nunca ha terminado de encajar en ningún sitio. Gracias a mis padres he recibido una enseñanza muy completa, pero en mi caso, debido a mi tipo de memoria, soy olvidadizo. Como estudiante me costó mucho esfuerzo y trabajo conseguir buenas notas, y pronto, me di cuenta de que cuando memorizaba algo no tardaba en olvidarlo. De hecho, mi tendencia me llevaba hacia las letras, pero, paralelamente, tampoco se me daban mal las ciencias. Digamos que siempre he caminado por un sendero no delimitado, sutil, que me ha causado problemas a la hora de tomar una decisión, y que, simultáneamente, no me deja ser todo lo bueno que mi nivel de autoexigencia me dice que debo ser en lo que emprendo.
Como os decía, esa conversación con este hombre, me ha hecho pensar qué tipo de escritor voy a ser. He comprendido que en España, la literatura va muy ligada al género histórico porque cuando se habla de literatura, se establece una relación indisoluble con lo que denominamos “cultura”. Y la asociación de cultura con historia es tan fuerte, que parece inevitable que una persona definida como muy culta es aquella que conoce perfectamente qué reyes manejaron los destinos de España en el siglo XVI, o en qué fecha tuvo lugar la batalla de Lepanto.
Pues bien, yo no soy así. Posiblemente, un día supe esas fechas, supe los nombres de esos reyes, pero ya los olvidé. Admiro a los escritores que trabajan el género histórico, pero lo que me atrae de una novela son los personajes, su profundidad y la propia historia que se cuenta. ¿Soy raro por ello?
Creo que hace tiempo leí a un escritor que decía que, en contra de lo que se piensa, es más difícil escribir sobre el presente que sobre hechos que ocurrieron hace siglos. Lo segundo, puede ser cuestionable por los historiadores y eruditos, pero lo primero (escribir sobre hechos que discurren en la actualidad) es más complicado por cuanto los lectores tienen formas con las que compararte, sensaciones con las que medir si eres honesto. Un lector actual no sabe exactamente cómo hablaba un caballero del siglo XVII, pero sí cómo habla un dependiente de un supermercado. El género histórico, aunque parezca mentira, ofrece más posibilidades de engaño, y requiere ser menos bueno en ciertos aspectos. Por contra, requiere una documentación exhaustiva, para establecer una estructura, y la historia que quieres contar, si pertenece a un momento concreto, debe encajar en él de una forma que obliga a una preparación previa, contraria, en principio, a mi forma de escribir. La fluidez narrativa de la que os he hablado en otras ocasiones, con la que choco frontalmente (lo he descubierto en los últimos tiempos) con otros autores y lectores, exige una idea de la que brota el resto de la obra, y que no puede ser dirigida, conducida, e impuesta por unos hechos que sucedieron de antemano. Trasladado a la filosofía china, y a las artes marciales (creo que comenté que mi segunda novela va sobre ellas), no se puede prever el resultado de un combate porque es algo que está vivo. Puedes adquirir técnica, establecer pautas, aprender comportamientos, pero luego, en el momento clave, tu naturaleza ha de seguir su curso. Lo duro, lo inflexible, no puede “fluir”. Trasladando esto a la novela, a la literatura, creo que un camino prefijado, una trama impuesta, perfectamente definida, rígida, será algo preparado. Podrá parecer bueno, pero sólo hasta cierto punto.
Yo no soy una persona culta, pero cuando leo, cuando leo de verdad, trato de dejarme ir por las sensaciones que me transmite el autor. Por eso, pienso, y perdonadme que pueda parecer vanidoso, que la gente se sorprende con mis reseñas. No soy un crítico objetivo, porque tampoco soy un escritor objetivo.
Sólo espero que, algún día, un editor o un agente, sepa apreciar esa verdad que vive en mis personajes, a los que pude fallar en la técnica, pero a los que doté con la libertad de ser ellos mismos, sin ataduras, sin marcos, ni puertas, ni alambradas.
Y, aunque estoy en horas bajas, acosado por mis limitaciones, por mi falta de preparación, por todo aquello que me queda por leer y aprender, siento que, al menos, fui honesto con ellos. Y los amé de verdad.