martes, 22 de junio de 2010

Psicosis, de Robert Bloch

Reseña publicada originalmente en Llegir en cas d´incendi.

http://www.llegirencasdincendi.com/2010/06/psicosis-robert-bloch.html



Psicosis
Robert Bloch
Traducción: Ester Mendía Picazo
Editorial: La Factoría de Ideas
1ª edición, abril de 2010
192 páginas
Género: Terror / Thriller
ISBN: 9788498005622

En 1957, varios agentes de policía de Plainfield (Wisconsin) registraron la propiedad de Ed Gein, granjero al que habían detenido como presunto culpable de la desaparición de Bernice Worden, la dueña de la ferretería del pueblo. Poco podían imaginar que además de cientos de desperdicios, Ed Gein almacenaba toda clase de restos humanos: cabezas intactas, muebles forrados en piel, huesos, mandíbulas…. Su granja era un verdadero museo de los horrores. A partir de ese momento pasaría a ser conocido como el carnicero de Plainfield y considerado como uno de los más brutales asesinos en serie de los Estados Unidos de Norteamérica. En las escasas declaraciones que hizo, confesó haber profanado varias tumbas de personas conocidas para llevarse sus cadáveres a casa.

El caso de Gein pronto despertó un profundo interés, sobre todo por su desconcertante y compleja personalidad donde confluían varias perversiones distintas: fetichismo, travestismo, voyerismo, canibalismo y quizá necrofilia. Los psiquiatras consideraron que una de las causas del origen de su patología estaba en la relación que mantuvo con su madre, una mujer fanática que no consintió que ni él ni su hermano se relacionasen con nadie externo que pudiera pervertirlos. Cuando la madre murió, Gein, que sufría un fuerte complejo de Edipo, se obsesionó con la figura materna. Declaró también que “madre” le hablaba en las duermevelas, y tal vez por esa misma razón mantuvo su habitación intacta y perfectamente ordenada.

En 1959, el escritor de ciencia ficción y terror Robert Bloch (1917-1994) publicó una novela inspirada en el caso de Gein. Los derechos fueron adquiridos por un director británico que la llevaría a la gran pantalla un año más tarde, en 1960. Ese director se tomó muchas molestias para que el público no conociera el desenlace de la trama: compró todas las copias de la primera edición del libro, obligó a sus actores a firmar un contrato por el que se comprometían a no desvelar el final, realizó las grabaciones en un entorno cerrado y prohibió los pases previos del film. Ahora se cumplen cincuenta años de esa película, titulada Pshyco (que fue mal traducida al español como Psicosis), dirigida por Alfred Hitchcock: una de las grandes obras maestras del cine.

La editorial La Factoría de Ideas ha reeditado la novela homónima de Bloch. Quizá ustedes se hagan la pregunta que yo me hice antes de leer el libro: ¿merece la pena cuando uno ya sabe de qué va la historia? Y sobre todo: ¿qué puede ofrecernos cuando planea sobre ella la gigantesca sombra del mito cinematográfico? Pues permítanme que les diga que Psicosis es una pequeña joya literaria, un círculo perfecto y cerrado que leerán en un santiamén.


La historia tiene apenas la extensión de un cuento largo, con una prosa sencilla, sin ornamentos pero tremendamente efectiva, efectista y poderosa. Además de la atmósfera, los giros argumentales son desconcertantes, pero, destaca por encima de todo la capacidad de Bloch para mantener el suspense y dejarnos con la miel en los labios al final de cada capítulo. Consigue algo que muy pocas novelas logran con muchas más páginas o tramas más enrevesadas: mantener el suspense, mimarlo y hacer que crezca el interés del lector.

Particularmente interesante es también la forma en la que Bloch resuelve la interacción de Norman Bates con su madre, con una prosa en tercera persona, diálogos sagaces, y un estilo indirecto donde el narrador se funde con el protagonista y nos hace leer lo que piensa, cómo piensa y por qué lo piensa.

Denostada por la crítica literaria de su tiempo, la novela quedó dilapida con el estrellato de la película, y Hitchcock se quedó con todos los honores. Quizá Robert Bloch, que fue amigo y admirador de Lovecraft, tuvo una trayectoria literaria irregular durante toda su vida (a pesar de haber recibido los premios Hugo, Bram Stoker y el premio Mundial de Fantasía), en la que cultivó cuentos, relatos y guiones de radio, cine y televisión, y también varias novelas. Sin embargo, creo que esa variedad de oficios quedaron impresos de alguna manera en Psicosis, una novela cerrada sobre una historia aparentemente sencilla que les atrapará hasta el final.


Sergio G. Ros

jueves, 17 de junio de 2010

Un premio para El alma impresa

¡Hola amigos!

Arlette Geneve, escritora cuyo nombre estoy seguro que os sonará pues sus novelas están siempre entre los libros más vendidos (El carcelero de Isbiliya , La Rendición del Highlander , La última cita…), ha tenido la enorme gentileza de obsequiar a este blog con el Premio Superación. Sus palabras de halago me han tocado las fibras del corazoncito, y me han hecho una tremenda ilusión.
Y, aunque suene a falsa modestia, ¡qué leñe, me apetece ponéroslas!

Conozco muchos amigos que están luchando día a día para hacerse un hueco en el mundo literario, sin desfallecer, sin perder la esperanza, confiando a pesar de las negativas, sabiendo que tarde o temprano llegará el momento idóneo en el que un editor comprobará la enorme calidad literaria de sus escritos. Y cuando ese día llegue, que tiemble John Ronald Reuel Tolkien. Patrick Süskind. Robin Cook e incluso Stephen King. Los pongo como ejemplo porque son mis autores fetiches, lo que me han hecho enfadar, pasar miedo, deleitarme con su narrativa.
Y tras pensarlo mucho, he decidido que el blog que se merece un premio a la superación, es el de mi amigo Sergio G. Ros. Os pongo el enlace de su página para que disfrutéis de este magnífico escritor y crítico literario. Es un privilegio tenerlo entre mis amistades.

Tampoco puedo dejar de recomendaros que visitéis su página web, donde podréis conocer un poquito mejor a esta escritora bestseller: http://arlettegeneve.es/

¡Muchas gracias, Arlette!, ¡yo si que soy afortunado por tenerte como amiga!

Por otro lado, ahora me toca a mí elegir un blog para este premio. También lo he meditado bastante... y he decidido otorgárselo a “Aventuras y desventuras de un escritor novel”, el blog de Armando Rodera. Todos vosotros conocéis a Armando, sus enormes esfuerzos por publicar, su ilusión, su trabajo… Creo que se lo merece de largo. Estoy convencido de que tendrá su hueco. Por el momento, os recomiendo encarecidamente que disfrutéis de sus entrevistas, y sobre todo, de un tiempo a esta parte con sus excelentes crónicas del mundo editorial que son cercanas y muy provechosas (especialmente) para todos aquellos que no vivimos en las grandes capitales españolas. ¡Ah! Y además de escribir novelas, hace reseñas literarias.

¡Joer, editores y agentes, el chico es completito!

P.D. He elegido la foto de Nick Vujicik surfeando junto a Bethany Hamilton. Sobran las palabras, ¿verdad? Pero si tenéis curiosidad, en Internet podréis encontrar cientos de páginas dedicados a ellos.

sábado, 12 de junio de 2010

Las partículas elementales, de Michel Houllebecq.


El pasado jueves por la tarde me encontraba sentado esperando mi turno en la peluquería (sí, sí… hasta los que apenas tenemos pelo vamos a la peluquería). Entre mis manos un libro: Las partículas elementales, de Michel Houllebecq, la novela propuesta para la tertulia que se celebra este sábado; me quedaban unas cincuenta páginas por leer.
Esas páginas me dejaron completamente noqueado. Creo que es lo más bello que he leído en mucho tiempo.
Así que, cuando me llegó el turno, no intercambié ni una palabra con mi peluquero, cosa del todo inusual. Pienso que debió darse cuenta de que algo me pasaba porque tampoco intentó "romper el hielo" y me dejó estar.
Dice el filósofo-escritor Fernando Arrabal que a Houllebecq se le sambenita o se le escupe a la cara. De hecho, Houllebecq, autor francés (que reside en Almería), ha levantado a su alrededor opiniones extremas y encontradas, pero lo cierto es que sus libros no dejan indiferente a nadie porque socavan conciencias.
Las partículas elementales es un aglomerado de filosofía, ciencia y vulgaridad, pero me ha llamado poderosamente la atención que casi nadie, cuando opina sobre la novela, hable sobre la técnica, el estilo y sobre la belleza del mismo.
Argumentalmente, la novela presenta una dicotomía clara, marcada por sus dos personajes centrales: Bruno y Michel, dos hermanastros (misma madre, distintos padres) con estilos de vida totalmente opuestos: Bruno, obsesionado por el sexo y por todo lo carnal en proporción desmedida, Michel, obsesionado por el conocimiento y la ciencia hasta extremos metafísicos. La narración alterna la historia de uno y otro dibujando un fresco sobre la sociedad actual, heredera de la supuesta liberación impulsada por los jóvenes de los sesenta: Mayo del 68, época Hippy… y lo hace con precisión quirúrgica, desmontando una tras otra, todas las angustias que cercan al ser humano de estos días. Las opiniones que se vierten en el libro dan palos a tantos tipos de personas, filosofías, creencias o formas de entender o vivir la vida, que es imposible que alguno de ellos no te afecte, te roce, o te queme.
Por otro lado, muchos de los comentarios negativos que he leído sobre la novela esgrimen la narración pornógrafa de la misma: las descripciones explícitas sobre sexo. No en vano, la palabra “polla” aparece más de una treintena de veces, pero a mi entender, no es el sexo en sí mismo lo que irrita: lo que perturba es el papel del sexo como catalizador de las angustias de la sociedad actual, de las frustaciones que acarrea, de la esclavitud que genera como comunión indisoluble con el cuerpo del ser humano, ese aspecto tan importante e individual que nos pesa como un lastre.

—La mayoría de los hombres prefieren la mamada —continuó—. La penetración les molesta, tienen problemas de erección. Pero cuando los chupas se vuelven como niños pequeños. Tengo la impresión de que el feminismo los ha marcado mucho, más de lo que les gustaría confesar.
—…. Los hombres que envejecen solos son mucho menos dignos de compasión que las mujeres en la misma situación. Ellos beben vino malo, se quedan dormidos, les apesta el aliento; se despiertan y empiezan otra vez; y se mueren bastante deprisa. Las mujeres toman calmantes, hacen yoga, van a ver a un psicólogo; viven muchos años y sufren mucho. Tienen el cuerpo débil y estropeado; lo saben y sufren por ello. Pero siguen adelante, porque no logran renunciar a ser amadas. Son víctimas de esta ilusión hasta el final. A partir de cierta edad, una mujer siempre tiene la posibilidad de frotarse contra una polla; pero ya no tiene la menor posibilidad de ser amada. Los hombres son así, eso es todo.

El cuerpo y el miedo a envejecer, que traiciona a los seres humanos que basaron una vida entera en la importancia de la juventud, de la salud extrema, física y superficial.

No obstante, las mujeres que tenían veinte años en torno a «la época del 68» se encontraron, al llegar a los cuarenta, en una enojosa situación. Por lo general divorciadas, casi nunca podían contar con esa conyugalidad —cálida o miserable— cuya desaparición habían acelerado todo lo posible. Formaban parte de una generación que había proclamado la superioridad de la juventud sobre la edad madura —la primera generación que lo había hecho hasta ese extremo—, y no era de extrañar que la generación que venía detrás las despreciara. El culto al cuerpo que habían contribuido tanto a establecer las llevaba, a medida que se marchitaban, a experimentar una repugnancia cada vez más viva hacia sí mismas; una repugnancia semejante a la que leían en las miradas ajenas.

...Ya me he dado cuenta hace un momento de que mi coño no te atraía mucho; ya es un poco el coño de una vieja. Con la edad, la pérdida de colágeno y la fragmentación de la elastina en la mitosis hacen que los tejidos pierdan de manera progresiva la firmeza y la elasticidad. A los veinte años yo tenía una vulva muy bonita; ahora, me doy perfecta cuenta de que los labios están un poco descolgados.»

Todo ello impulsado por la propia Sociedad donde vivimos, que ha hecho del deseo, un leit motiv que roza lo religioso. Es el deseo, en la actualidad, el motor de la economía (el capitalismo exacerbado), una economía que hay que apuntalar porque se derrumba, y que, peor aún, ha a atrapado en su declive, como los cascotes de un terremoto, a las peronas y sus esperanzas.

…la mutación metafísica operada por la ciencia moderna conlleva la individuación, la vanidad, el odio y el deseo. En sí, el deseo, al contrario que el placer, es fuente de sufrimiento, odio e infelicidad. Esto lo sabían y enseñaban todos los filósofos: no sólo los budistas o los cristianos, sino todos los filósofos dignos de tal nombre.

Y en ese desfile de opiniones punzantes, encontramos radiografías viscerales sobre hombres y mujeres, crueles y filosóficas, que cercenan espíritus y tendencias.

—Nunca he entendido a las feministas... —dijo Christiane a media cuesta—. Se pasaban la vida hablando de fregar los platos y compartir las tareas; lo de fregar los platos las obsesionaba literalmente. A veces decían un par de frases sobre cocinar o pasar el aspirador; pero su gran tema de conversación eran los platos por fregar. En pocos años conseguían transformar a los tíos que tenían al lado en neuróticos impotentes y gruñones. Y en ese momento, era matemático, empezaban a tener nostalgia de la virilidad. Al final plantaban a sus hombres para que las follara un macho latino de lo más ridículo. Siempre me ha asombrado la atracción de las intelectuales por los hijos de puta, los brutos y los cabrones. Así que se tiraban dos o tres, a veces más si la tía era muy follable, luego se quedaban preñadas y les daba por la repostería casera con las fichas de cocina de Marie-Claire. He visto el mismo guión repetirse docenas de veces.

Pero es indiscutible que muchas de esas opiniones que salen de las bocas de los personajes, o del propio narrador onmisciente, son reflejo de la realidad que nos rodea:

La fama cultural sólo era un mediocre sucedáneo de la verdadera gloria, la gloria en los medios de comunicación; y ésta, vinculada a la industria del entretenimiento, acumulaba más dinero que cualquier otra actividad humana. ¿Qué eran un banquero, un ministro o un empresario frente a un actor de cine o una rock star? Financiera y sexualmente, y desde todos los puntos de vista, cero. Las estrategias de distinción que Proust había descrito con tanta sutileza no tenían ningún sentido en la actualidad.

Lo cierto es que Houllebecq va desmenuzando al ser humano que somos, que fuimos, de una manera muy peculiar: ahí es donde entra su estilo. La voz narrativa alterna una gran variedad de registros que tienen su propio tempo, registros que van desde la vulgaridad más exacerbada y molesta, hasta tesis científicas de lo más incomprensibles para los neófitos. Lo curioso de ese estilo es que no hay una división clara en el texto cuando se produce el relevo entre uno y otro lenguaje, las aseveraciones científicas aparecen de pronto, en un punto y seguido, lo que dota a los párrafos de una objetividad racional de tal calibre que embriagan todo el texto, de modo, que, queramos o no, lo hacen compacto y terriblemente realista:

En el silencio que siguió a esta demostración vocal, se oyó claramente una mosca que cruzó la habitación antes de posarse en la cara de Jane. Los dípteros se caracterizan por la presencia de un solo par de alas membranosas implantadas sobre el segundo anillo del tórax, de un par de balancines (que sirven para mantener el equilibrio en vuelo) implantados sobre el tercer anillo del tórax, y piezas bucales chupadoras. Cuando la mosca se aventuró sobre la superficie del ojo, Michel sospechó algo.

—Tienes recuerdos de distintos momentos de tu vida —resumió Michel—, y estos recuerdos se presentan bajo diversos aspectos; vuelves a ver ideas, motivos o caras. A veces te acuerdas sencillamente de un nombre, como el de esa Patricia Hohweiller de la que me acabas de hablar y a la que ahora no serías capaz de reconocer. A veces te acuerdas de una cara sin poder asociarle ni siquiera un recuerdo. En el caso de Caroline Yessayan, todo lo que sabes de ella se concentra en esos pocos segundos de precisión total en los que tenías la mano en su muslo. Las historias coherentes de Griffiths se introdujeron en 1984 para reunir las medidas cuánticas en narraciones verosímiles. Una historia de Griffiths se construye a partir de una serie de medidas tomadas más o menos al azar en momentos diferentes. Cada medida expresa que una determinada cantidad física, diferente de una medida a otra, se encuentra comprendida, en un momento dado, dentro de una determinada escala de valores. Por ejemplo, en el momento t1, un electrón tiene cierta velocidad, determinada con una aproximación que depende del modo de medida; en el momento t2, el electrón está situado en cierto sector del espacio; en el momento t3, tiene cierto valor de espín. A partir de un subconjunto de medidas se puede definir una historia, lógicamente coherente, de la que en cambio no puede afirmarse que sea verdadera.; simplemente, puede sostenerse sin contradicción. Entre las historias del mundo que son posibles en un marco experimental determinado, algunas pueden reescribirse en la forma normalizada de Griffiths; se llaman, entonces, historias coherentes de Griffiths, y en ellas es como si el mundo se compusiera de objetos aislados, dotados de propiedades intrínsecas y estables. No obstante, el número de historias coherentes de Griffiths que pueden reescribirse a partir de una serie de medidas es, por lo general, bastante superior a 1. Tú tienes conciencia de tu yo; esta conciencia te permite emitir una hipótesis: la historia que eres capaz de reconstruir a partir de tus propios recuerdos es una historia coherente, que justifica el principio de narración unívoca. Como individuo aislado, empeñado en existir durante cierto lapso de tiempo, sometido a una ontología de objetos y propiedades, no te cabe la menor duda sobre este punto: se te puede asociar, necesariamente, una historia coherente de Griffiths. Esta hipótesis a priori te sirve para la vida real, pero no para el mundo de los sueños.

Ahora bien, el libro sorprende por dos cosas: primero, porque en último término se comporta estrictamente como una novela de ciencia ficción, con un final aplastante comparable quizás al de Soy Leyenda, de Matheson. La segunda, se debe a esas últimas páginas con las que iniciaba esta entrada (las previas a la tercera parte), despojadas tanto de vulgaridad como de ciencia, donde hay un narrador puro, sin artificios, de una sutileza conmovedora que te rompe el corazón. Unas páginas que valen una novela entera.
Así que digan lo que digan, yo me quedo con la historia de Bruno y Michel, y las mujeres que los acompañan, Christiane y Annabelle, cuatro seres que viven en dimensiones distintas, que viven intensamente sus pasiones, pero que durante años no llegar a rozarse. Causas y efectos existenciales, donde la traición y la fidelidad cobran tintes dramáticos y conmovedores.
Retazos de seres humanos sumidos en la tristeza de la vida y de la muerte que apuntan directamente a la eternidad.

Sergio G.Ros.
...Sobre Michel Houllebecq (extraído de la Wikipedia):

Michel HouellebecqMichel Thomas (Saint Pierre, Isla de Reunión, 26 de febrero de 1958 –certificado de nacimiento– o 1956), conocido como Michel Houellebecq, es un poeta, novelista y ensayista francés. Sus novelas Las partículas elementales y Plataforma se convirtieron en hitos de la nueva narrativa francesa de finales del siglo XX y comienzos del XXI. Ambas le otorgaron cierta consideración literaria pero también dieron lugar al llamado «fenómeno Houellebecq», que provocó numerosos y apasionados debates en la prensa internacional. Reside desde hace algún tiempo en el Cabo de Gata (Almería, España).

Hijo de padres atípicos que, al parecer, se desentendieron de él desde muy pequeño, pasó su infancia y adolescencia con su abuela paterna, de la cual adoptó su apellido como pseudónimo. De este hecho biográfico nacen algunos de sus temas recurrentes en su obra, como su fijación en las miserias afectivas del hombre contemporáneo. En 1980 se licenció como ingeniero agrónomo. Trabajó un tiempo como informático, experiencia que quedará reflejada en su primera novela.

Con la publicación en 1994 de Extension du domaine de la lutte, que se llegó a comparar con El extranjero de Camus, pasó del anonimato total a convertirse, gracias exclusivamente al boca a boca, en autor de uno de los libros más vendidos del año. La obra fue traducida a numerosas lenguas (entre ellas el español, con el título Ampliación del campo de batalla) y le dio a conocer al gran público. Algunos críticos, cogidos a contrapié, creyeron que su éxito sería flor de un día, pero ese vaticinio se disipó de golpe con la publicación de su segunda novela, Les Particules élémentaires, considerado el mejor libro francés de 1998 por la revista Lire y galardonada con el Prix Novembre. Ese mismo año obtuvo además el Premio Nacional de las Letras para jóvenes talentos. Su tercera novela, Plateforme, le convirtió definitivamente en estrella mediática, no sólo por traducirse a más de 25 lenguas sino por ser objeto de una agria polémica en torno a su supuesta islamofobia y por su visión amoral de la explotación sexual del Tercer Mundo.

A causa de la presión mediática, dejó Francia y vivió en Irlanda durante algunos años. Después se instaló en el sur de España, donde reside actualmente. En su obra se aprecia la influencia de autores tales como el Marqués de Sade, Howard-Phillips Lovecraft y Louis-Ferdinand Céline.

domingo, 30 de mayo de 2010

Primeras páginas de La memoria de Lucifer, de Patrick Ericson

¡Hola a todos!
Gracias al amigo Oriafontan supe que en la página web de Hera ediciones están disponibles las primeras páginas de La memoria de Lucifer, lo que incluye... el prólogo que escribí.
Con el permiso de Patrick concedido os pongo el enlace para que podáis echar un vistazo a las primeras páginas del libro.. ¡Qué ilusión!
Un abrazo.
Sergio.

http://www.heraediciones.es/fragmentosobras/fragmentolucifer.pdf

sábado, 15 de mayo de 2010

Prosofagia en El Escarabajo Palabrero


Los foros y blogs literarios han supuesto una extensión de los antiguos cafés tertulianos; Internet tiene cientos de ellos, pero si uno busca con ahínco puede encontrar auténticas joyas.
Hoy quisiera recomendaros el Foro Prosófagos, un foro que es más que un foro, y que está frecuentado por escritores noveles y no tan noveles, por voraces lectores, pero, ante todo, por amantes de la palabra escrita.
Prosófagos se inició allá por septiembre de 2007, y parece mentira todo lo que ha evolucionado desde entonces. Hoy por hoy es un lugar de visita obligada para quienes sufren de inquietudes literarias y, me atrevería a decir, existenciales. Unas inquietudes que alumbraron una revista imprescindible: Prosofagia.
A aquellos que sueñen con ser escritores, les aconsejaría encarecidamente que prueben a colgar algunos textos en la zona de prosa o poesía (donde corresponda) y dejen que los avezados prosófagos opinen sobre los mismos. Será una forma de medirse, de curarse en humildad… en definitiva, de saber si uno va por el buen camino. De cualquier modo, os aseguro, encontrará la alegría de sentirse acompañado en su viaje.

Con estas palabras, escritas en el boletín que elaboro mensualmente, presentaba el foro Prosófagos a mis amigos de la tertulia literaria El Escarabajo Palabrero. La tertulia propiamente dicha tuvo lugar el sábado pasado en la librería Escarabajal y estuvo centrada en la novela “Corazón tan blanco”, de Javier Marías, autor que crea admiración y animadversión a partes iguales. Personalmente la charla me dejó un buen sabor de boca, pues hasta con opiniones en contra uno aprende un poquito más acerca de la literatura. Marías, escritor profusamente literario, con giros y giros de lenguaje, pausas, comas, paréntesis, repeticiones, reiteraciones… encabeza un ala de la escritura muy particular, de la que, en mi opinión, se puede aprender mucho (para lo bueno y para lo malo).
Antonio Lois (creador de la tertulia) y un servidor en una foto retrospectiva.

Si queréis que os diga la verdad, cuando hablé de Prosófagos se me puso el vello de punta. Creo que es realmente hermoso que un grupo de personas anónimas, que no se han llegado a conocer en carne y hueso, de lugares tan lejanos como Argentina, Venezuela, Barcelona, Estados Unidos… hayan creado una revista literaria, a partir de su convivencia en un foro donde, entre otras cosas, cuelgan sus relatos y opinan sobre los demás, dan consejos, critican… pero sobre todo aprenden y dejan constancia de su amor a la literatura. Es una manera muy humilde y muy humana, cálida y nada impersonal, de demostrar al mundo que, de alguna manera, estamos interconectados, y que los sentimientos y las emociones pueden transmitirse a través del lenguaje, algo que bien pensado, es increíble.
Por último, se repartió entre los asistentes un detalle de Prosofagia: varios números impresos para que pudieran conocerla de primera mano. Estoy seguro de que mis amigos de la tertulia disfrutaron con ese presente pues muchos de ellos son escritores, o aspirantes a escritor (yo creo que pertenezco al segundo grupo, je,je..), y participan en talleres de escritura.
Sé que es una gota de agua en el océano, pero ¿no sería hermoso que todos, en la medida de nuestras posibilidades, habláramos de Prosofagia a la gente que conocemos?
Quizá el boca a boca lleve a esta estupenda revista a ser algo inmenso. Fijaros que no digo grande, porque grande ya es.
Ah! Y perdonad por la primera foto que, como soy un poco zopenco, la tomé cuando algunos tertulianos ya se habían ido. Pero los que están demuestran una cosa, ¡Prosófagos vive!
¡Salve, Prosofagia!

sábado, 1 de mayo de 2010

Recuerda, un relato de Sergio G.Ros


Recuerda
de
Sergio G.Ros

Se levanta con el ánimo sombrío.
Vestida solo con una camiseta de tirantes, se acerca al cristal de la ventana. Ladea la cortina con una mano y se queda mirando la placita de enfrente, presidida por una palmera curvada, con sus hojas verdes colgando, impertérritas, sin que una brizna de viento las acose. De fondo, se escuchan los chillidos de las cotorras que viven en la copa y que comienzan un nuevo día entre los mortales.
La luz del amanecer hace su aparición rompiendo la enredadera de sombras. Suspira; todavía nota el latido desbocado que se originó en los sueños de los que acaba de huir. Durante un instante, el cristal le devuelve parte de su reflejo: los pechos caídos, las caderas ensanchadas, las raíces negras, los ojos cercados de arrugas. La mano tiembla en la tela de la cortina. Desde atrás, ahogando el estruendo de las cotorras, le llegan los ronquidos de Pedro, entrecortados, rotundos. Yace ocupando casi toda la cama; su reflejo no puede ser más desalentador: gordo, flácido, velludo. Otrora fue un hombre apuesto, musculoso, coqueto.
Piensa: el tiempo lo cura todo, hasta las ganas de hacer deporte.
Antes de ir al lavabo ojea de nuevo la plaza.

Durante la mañana, el ánimo no mejora. El jaleo que arman sus compañeras, correteando por los pasillos de la oficina, mascando chicle, aporreando los teclados y gritando para entenderse por teléfono, le recuerda a las cotorras de la palmera. En cierta forma, parte de ella sigue allí, en esa plaza de ladrillos apretados.
Antes de comer, la jefa la llama a su despacho: mala señal. No se equivoca, después de todo siempre fue buena intuyendo cosas. El discurso comienza sin paliativos, con la consiguiente mención a la crisis. Mientras escucha no puede dejar de mirarle las uñas; necesitan una manicura urgente. Recibe la noticia sin pestañear; podría haber sido peor, al menos le dan a elegir: reducción de jornada con pérdida de seiscientos euros (la mitad de su sueldo) o la calle. Contesta que se lo pensará, se levanta y sale del despacho sin despedirse; sabe que en parte ha decepcionado a su jefa, seguro que esperaba otro tipo de reacción: lagrimeos, lloros, pataleos… lucha. El placer subyugante de la humillación. Pero hoy no es día para luchar.

Vuelve a casa caminando, siguiendo el recorrido que seguramente “él” hacía todas aquellas tardes hasta la placita. Pasa junto al mercado de frutas, compra una manzana que parece sacada de una película de dibujos animados y la muerde mientras contempla el paisaje. Algunos hombres la observan, pero ya no levanta la misma expectación que antaño. Ha perdido parte de ese poder magnético, casi animal, que hacía girarse las barbillas y recibir pescozones a los hombres casados.
Cuando alcanza la placita, de la manzana sólo queda el corazón; la tira en una papelera. Quizá todavía pueda salvarse el día: lo bueno de que Pedro esté desempleado es que no tienen que rendir cuentas a nadie; pueden coger el coche e irse al pueblecito en la sierra donde se encerraron un fin de semana, siendo novios, e hicieron el amor sin parar.
Se detiene junto a la palmera, protegiéndose del sol. Mira hacia lo alto, contando los pisos de su edificio para poder calcular qué ventanas corresponden al suyo. Se da cuenta de que, por primera vez, está mirando desde la misma posición desde la que él la observaba todos los días, durante aquel año en el que le hizo aquella promesa de amor.
La ventana de su dormitorio tiene las cortinas abiertas. Sólo dura un instante pero puede ver a una mujer desnuda, de grandes pechos, asomándose al cristal y que cierra las cortinas. Se queda sin aliento; parpadea. Trata de recomponer la imagen en su memoria. Siente que el corazón le oprime la garganta, traga saliva: cree reconocer a la chica. Podría ser la dependienta de la zapatería que hay en el bajo comercial. Sí, se dice, es ella.
Su mano busca el tronco de la palmera. Primero lo roza levemente, luego, descansa parte de su peso apoyando el hombro. Es un tronco rugoso, curtido con capas y capas que han crecido las unas sobre las otras, como viejas cicatrices.
Se asombra de que no pueda llorar. En cambio, siente un enorme vacío que se abre paso en su interior, a corte limpio entre las entrañas.
En algún momento descubre la inscripción en la corteza del tronco: J., 15 de septiembre de 1993.
¿Qué habrá sido de él?
Invadida por la desazón, cruza la calle; un coche tiene que frenar en seco para no atropellarla. Luego se adentra en un callejón pronunciado, de adoquines húmedos, apretando el paso y sin mirar hacia atrás, ni escuchar el claxon que la increpa.
Piensa: no quiero que las cortinas vuelvan a abrirse.
Tarda como cinco minutos en llegar a la estación; compra un billete. Durante el trayecto en autobús permanece abstraída, con la vista clavada en la ventanilla, ajena al discurrir de asfalto, de edificios primero, y campos de cultivo después. Atraviesan un puerto de montaña donde se ven los únicos atisbos de bosque en kilómetros. ¡Qué hermoso sería vivir en una casita, allá, en medio de la naturaleza, con alguien que te ame de verdad!
Se baja en la última parada, una estación que bulle de actividad. Hasta donde alcanza la vista, los bancos parecen ocupados por personas que llevan su equipaje a cuestas como si arrastrasen toda su vida en su interior. El murmullo que levantan resulta una jerigonza de babel imposible de interpretar. A trompicones, por pura intuición, consigue salvar los pasillos repletos, y salir fuera. Hasta el aire le parece distinto. El ruido de los coches la desvela de sus pensamientos; las colas se hacen interminables en los semáforos, los conductores protestan, los peatones tratan de cruzar la calle por dónde se les antoja, algunos niños se escapan de las manos que los retienen, el vendedor de cupones, que se busca la vida entre los vehículos, grita con estridente voz por encima de los cláxones.
Reanuda su marcha a grandes zancadas por la estrecha acera, sorteando a la gente, a sus hijos, a sus perros, a los carritos de la compra. Todo resulta paradójico para una persona que trabaja a jornada completa, de lunes a viernes, encerrada en una oficina. Se le descubre un mundo nuevo, palpitante de vitalidad. Eléctrico.
Cuando lleva varios minutos caminando, siente dolor en los talones y en los dedos de los pies. Por mucho que pasen los años no termina de acostumbrarse a los zapatos de tacón. No es el calzado más adecuado para caminar, pero tampoco lo tenía planeado. Piensa: qué estoy haciendo. Se detiene; duda. Pregunta una dirección a un anciano que espera junto a una marquesina. El anciano le indica el camino con amabilidad, sin dejar de sonreír. Tiene esa clase de sonrisas surcadas de arrugas que inspiran confianza.
Por fin, llega a un parque en cuyo centro hay una fuente de piedra blanca, atestada de palomas. El parque está rodeado de jardines salpicados de rosales, donde un césped recién cortado brilla bajo el cénit solar. Huele a hierba. Los aspersores lanzan finos chorros de agua, y las gotas son arrastradas al capricho de la brisa.
Encuentra un banco libre, a la sombra. El resto de bancos están ocupados por universitarios y hombres y mujeres con traje que almuerzan tomando el fresco. Es un lugar agradable, una especie de oasis en medio de la vorágine semanal.
Alza la vista. Comprueba el número en el portal del edificio que tiene ante sí: es el número que buscaba. Barre con la mirada los balcones de los pisos, uno a uno, hasta posarse en el sexto. No logra saber con exactitud cuál será el suyo. Solo estuvo una vez aquí, hace ya dos décadas. Ni tan siquiera puede saber si seguirá viviendo en el mismo sitio.
Pasa el tiempo, el sol pierde fuerza. Los usuarios de los bancos son reemplazados por otros, desaparecen los hombres y mujeres de traje, también los universitarios, llegan amas de casa y ancianos que se anticipan a la salida de los colegios en busca de los nietos, luego vuelven con los niños a dar cuenta de la merienda y a dar de comer a las palomas. Es como un oleaje de sonidos: silencio, brisa, jolgorio, arrullo de palomas; otra vez silencio, brisa, jolgorio, arrullo de palomas. Ella permanece ajena a todo. Incluso al tono de su teléfono móvil que suena varias veces en el interior del bolso.
Caída ya la tarde siente frío; las farolas se encienden.
Entonces repara en una figura que aparece en el balcón. Observa las volutas de humo que se pierden en el cielo nebuloso. La silueta del hombre ha ganado volumen y ha perdido gracilidad, pero los gestos y la pose siguen siendo los mismos.
Sonríe tratando, a pesar de la distancia, de escudriñar las añoradas facciones que un día fueron suyas.
Minutos después, un niño sale al balcón. El hombre le alborota el cabello, apaga el cigarrillo y vuelven dentro.
Ella se levanta, sacude los pies, y regresa a la estación de autobuses.
Ya no siente frío.
Le reconforta pensar que, una vez, alguien la amó de verdad.


Todos los derechos reservados, © Sergio G.Ros

sábado, 24 de abril de 2010

¡¡Gracias, amigos!!


Bueno, pues ésta ha sido una semana turbulenta: a mediados de la misma recibí un rechazo de una agencia literaria.
Sé que ya os he hablado de mi retahíla de rechazos, que parece más larga que la cola del paro, pero últimamente percibo que estos rechazos son más “in extremis” que antes.
De hecho, la respuesta de esta agencia no fue estándar, lo cual ya es un logro, y, en varios párrafos, me señalaba diversos puntos que, desde su experiencia, podrían mejorar mi novela. Algunos de ellos los tengo claros y otros no tanto. La pregunta ahora es: ¿debo realizar esos cambios?
Aquí es donde las posturas de unos y otros autores se encuentran. Yo, que soy bastante tozudo, llevo unos días sopesando qué debo hacer. Ante mí tengo dos claros caminos: obviar los comentarios de la agencia y dedicarme a otra nueva obra, o meterme de lleno en una revisión de la novela.
En este punto hago un pequeño inciso para dar las gracias a las amigas y amigos escritores que me han apoyado, dándome consejos y opiniones.
Creo que, como autor novel, debo cuando menos escuchar a otros y no cerrarme en banda. Hace apenas unos años no hubiera pensado así, pero empiezo a modelar esa tozudez que me dio la genética y que me sale por naturaleza. Algunas de las cartas de mis amigas y amigos han sido bellísimas, explicándome su enfoque, su interpretación de mi rechazo, las opciones que tengo, y lo más curioso de todo es que ¡algunas opiniones son diametralmente opuestas! Pero como digo: son hermosísimas y defienden con pasión el amor hacia la literatura y todo lo que para ellas representa: ¡¡Muchas gracias!!
Una amiga en particular, cuyo periplo literario discurre paralelo al mío con ciertas diferencias, me ha descrito en apenas unas horas (en varios emails), toda una declaración de intenciones que sería para enmarcar en un cuadro. Ella, al igual que yo, piensa intentarlo: demostrarse a sí misma que puede mejorar como escritora.
Aunque sea como aferrarse a un clavo ardiendo, voy a hacer mía la máxima de “Descubriendo a Forrester” (de la que me habló mi amigo Ithur), donde Sean Connery le dice a su pupilo: “escribe con el corazón, y después re-escribe con la cabeza”. Mi manuscrito salió directo del corazón, y toca ahora, que la cabeza tome el control de la obra.
Esto que en principio, va en contra de mi forma de plantear la escritura, supone un reto para mí, pero creo que merece la pena intentarlo. No quiero convencer a nadie pero dado que he estado meditando sobre ello, he llegado a la conclusión de que en el fondo todo arte tiene mucho de oficio: el oficio nos proporciona herramientas para que lo que nuestro corazón tiene que contar fluya hacia el exterior, pero también tiene la misión de limar las asperezas de ese alumbramiento. Un director de cine, por ejemplo, puede tener inspiraciones maravillosas durante el rodaje pero existe un oficio del séptimo arte (el de “montador”) que es el que da el toque final, la estructura a la película.
Por eso, a vosotros que me habéis ayudado tanto y que me seguís ayudando: ¡os dedico esta entrada!
Escribir será una tarea solitaria pero genera un vínculo afectivo que se transmite por cables de red y por hojas impresas.
Y dicho todo esto, toca ahora meterse en faena: primero debo poner en claro qué tengo que hacer. No se trata de empezar sin orden ni lógica.
¡Ya os contaré!
Para rematar, os dejo un enlace de la Revista Románticas, a la que me invitó mi amiga Arlette Geneve, donde colgaron un relato mío (página 37 de la revista): Recuerda.

¡Besos! , ¡ya llevamos 20.000 visitas!!